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¿Tiene sentido la vida humana?


Tal vez una de las preguntas más recurrentes en el pensamiento filosófico ha sido y sigue siendo la que se refiere al sentido de la vida humana.


¿Estamos aquí por alguna razón o para algún fin que se nos escapa?
Admitimos con facilidad que un gato, un mono o un insecto existen "porque si" y que su vida no está amparada por ningún principio trascendente o un destino ineludible. Sin embargo, nos resistimos a admitir, tal vez por soberbia o pura ignorancia que nosotros sólo somos una especie de mono particularmente inteligente y que, en consecuencia, la respuesta no debería ser diferente a la que se acepta para el resto de criaturas vivientes.

En esta tertulia se tratará de contestar a esta trascendente cuestión en la esperanza de darla definitivamente por zanjada.
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Yack:
Comencemos afirmando que en el mundo real existen dos tipos de objetos: Los que responden a un proyecto o finalidad (los llamaremos teleológicos) y los que carecen de esa propiedad (los llamaremos intrascendentes).

Una piedra pertenece al grupo de los objetos intrascendentes y un tenedor, un libro o un ordenador pertenecen a la categoría de los teleológicos porque sí poseen una finalidad, un proyecto, un destino que da cuenta de su peculiar configuración estructural.

Es decir, unos objetos han sido modelados deliberadamente para que cumplan un fin específico y otros han sido abandonados a su suerte, a una existencia anodina carente de sentido y de finalidad.
Pero, ¿de dónde procede el sentido de los objetos teleológicos?

Evidentemente, en el caso de los objetos artificiales fabricados por el hombre, el sentido procede de la mente de su creador (un hombre) que ha querido remodelarlos consciente y voluntariamente para que cumplan una finalidad que sirva a su creador para llevar a buen término sus propios objetivos personales. Así, por ejemplo, un tenedor ha sido configurado con el propósito de facilitar la alimentación y la alimentación, a su vez, coadyuva al proyecto más elevado de sobrevivir que alienta en su creador.

Pero volvamos nuestra atención al mundo real para descubrir en él otra clase de objetos particularmente interesantes desde el punto de vista teleológico: los seres vivos.

Resulta obvio que los seres vivos responden a un objetivo predeterminado: Todas sus partes están organizadas y dispuestas para que al coordinarse entre sí realicen funciones orientadas a alcanzar un determinado fin. Pero, ¿qué fin?

A estas alturas ya sabemos, sin género de duda, cual es el fin de los seres vivos, de todos los seres vivos sin excepción: sobrevivir tanto tiempo como sea posible y, sobre todo, perpetuarse como estructura organizada (especie) a través del tiempo y más allá de la duración del individuo.

Sin lugar a duda nosotros, los seres humanos, respondemos a ese tipo de diseño en todas y cada una de nuestras funciones, órganos y sistemas, incluida la propia inteligencia que compartimos con los primates y otros animales superiores.

Así que ya tenemos parte de la respuesta que buscábamos: los únicos seres que tienen una finalidad, un proyecto, un destino son, de un lado los objetos artificiales construidos por el hombre y de otro los seres vivos. El resto de objetos carecen de objetivos, son intrascendentes.

La cuestión que nos queda por dilucidar es la de quién nos ha insuflado el proyecto de sobrevivir, quién ha configurado nuestro organismo para que cumpla ese objetivo compartido con el resto de los seres vivos.
Es fácil identificar al autor y la finalidad de los objetos artificiales (un tenedor, un libro, un lápiz, una silla), pero para buena parte de los habitantes del planeta no está tan claro quién es el autor y cual la finalidad de los seres vivos.

Hasta la entrada en escena de Darwin (1859), la mayoría de los pensadores creían que, de la misma forma que todo objeto artificial con sentido propio (un reloj, por ejemplo) requería necesariamente la existencia de un creador (un hombre), también los seres vivos, por ser teleológicos, requerían de la existencia de un creador y de un sentido, una finalidad.

Antes de Darwin la religión se creía capaz de ofrecer una explicación razonable y razonada a estos dos enigmas que, además, tenía la virtud de ser muy reconfortante para los intereses y temores humanos.
El autor de los seres vivos -afirmaban- es Dios, un ser con poderes a la altura de su grandiosa obra, y su intención la de crear unos seres (nosotros) que lo alabasen y admirasen su poder, inteligencia y buen gusto. Adicionalmente -pensaron- todo creador se enamora de su obra y siendo los hombres la joya de la corona de la creación, cabe esperar que el creador sienta por nosotros una especial predilección y nos proteja como si fuéramos sus propios hijos.

Sin embargo, la realidad de la muerte y la enfermedad parecía contradecir esta suposición tan optimista, así que el hombre, acuciado por el temor a un destino tan cruel, inventó la creencia de que, después de la muerte, viajaríamos bajo una identidad inmaterial (para hacerla compatible con la evidencia de la muerte y la corrupción) a un lugar maravilloso donde seriamos eternamente felices.

Así que, según este modelo, el propósito y destino del objeto llamado hombre era el de proporcionar a Dios la satisfacción de ver su obra valorada por criaturas medianamente inteligentes y, como justa recompensa, acceder a un paraíso en el que nos dedicaríamos casi exclusivamente a alabar a Dios y en el que seriamos eternamente felices. Por supuesto, por ser el propósito de los animales y las plantas de carácter decorativo o nutritivo no disfrutarían de ese paraíso especial para los seres humanos.

Pero hete aquí que aparece Darwin y explica que, en realidad, los seres vivos no han sido creados por nadie, sino que han surgido espontáneamente por perfeccionamiento progresivo a través del mecanismo llamado “evolución”.

Según este nuevo modelo explicativo, validado por evidencias incontrovertibles e inapelables, el viejo problema del destino humano queda iluminado por una inesperada y cegadora luz procedente de la razón humana.

Los seres vivos no tienen más destino ni objetivo que el de mantenerse vivos porque sólo aquellos que sobreviven el tiempo suficiente pueden trasmitir sus características a la próxima generación y evitar asi que la especie se extinga.

¿Y que pasa con nosotros, los seres humanos?

Pues evidentemente la explicación es la misma, solo que al poseer un cierto grado de inteligencia somos los únicos que nos hemos planteado la pregunta del sentido de nuestra existencia y la hemos respondido equivocadamente, extrapolando cándidamente a los objetos vivos la explicación que servía para los objetos artificiales.

Tuvo que hacer su aparición Darwin para sacarnos del monumental error en que habíamos incurrido y explicarnos que la extrapolación era incorrecta y que sólo somos animales capaces de formularnos preguntas sofisticadas aunque necesitemos siglos o milenios para dar con las respuestas correctas y algunos siglos más para que calen en la población.

La teoría de la selección natural tiene ya casi dos siglos, pero todavía una gran mayoría de la población sigue ignorándola y preguntándose por el sentido de la vida humana.

Bien, dejando el sentido trascendente de la vida humana que, como hemos visto, consiste en sobrevivir el tiempo necesario para perpetuar nuestra estructura corporal a través de nuestros descendientes como hacen el resto de las criaturas vivas, pasemos al sentido de nuestra vida individual.

¿Qué se supone que debemos hacer desde que nacemos hasta que morimos? ¿Qué espera de nosotros la madre Naturaleza, entendida esta como la encarnación antropomórfica de la evolución?

Bueno, la Naturaleza no confía mucho en nuestra inteligencia y por eso nos ha colocado un sistema de guiado automático para indicarnos en cada momento lo que tenemos que hacer para cumplir con el proyecto que tiene decidido para nosotros.

En sentido figurado, la Naturaleza nos ha colocado dos electrodos en el cerebro. Una produce dolor y otro placer. Nuestra única misión, nuestro único proyecto personal, es el de procurar en todo momento colocarnos en la posición en la que obtengamos mas placer o menos dolor y eso es todo lo que tenemos que hacer, todo nuestro proyecto de vida, nuestro destino personal, el sentido de nuestras vidas. El resto corre de cuenta de la Naturaleza cuyo único proyecto es que sobrevivamos y nos perpetuemos en el tiempo como especie.

Así pues, nuestro objetivo en esta vida, nuestro único objetivo, el único objetivo posible es ser felices, es decir, acercarnos al electrodo del placer y huir del electrodo del dolor. Y esto es algo más que una metáfora. Se ha comprobado que colocando un electrodo en una determinada zona del cerebro, productora del placer y aplicando una pequeña corriente eléctrica, el sujeto experimenta una sensación placentera cientos de veces mayor que las que jamás experimentó a lo largo de su vida.

Pero aquí suele surgir una confusión. Nuestro objetivo personal es la búsqueda del placer, pero el de la Naturaleza no es el de que seamos felices sino el de la perpetuación de la especie y la del individuo porque sin él la especie no existiría.

La estrategia que emplea la Naturaleza para conseguirlo es proporcionarnos placer cuando realizamos acciones que favorecen su proyecto que es la supervivencia de la especie y de nosotros mismos. Comer, beber, descansar, practicar sexo, aprender, relacionarnos, defendernos, superar a los demás, idear nuevas soluciones,,, responden en último término a la finalidad de sobrevivir el tiempo necesario para poder dejar descendencia que posibilite la perpetuación de la especie. El proyecto de ser felices está supeditado al de perpetuarnos, de la misma forma que el proyecto del tenedor está supeditado al de alimentarnos y este al de sobrevivir, que es el proyecto matriz de mayor rango.

En realidad, cuando educamos a nuestros hijos pequeños, seguimos el mismo procedimiento de la Naturaleza. Para enseñarles lo que deben y no deben hacer para triunfar en la vida, los premiamos o castigamos en función de la idoneidad de su conducta y lo hacemos explotando el mecanismo básico de guiado que la Naturaleza ha incluido en su cerebro.

Si analizamos nuestra conducta, constataremos que todo aquello que nos produce placer favorece de alguna forma nuestra existencia y los intereses colectivos de la sociedad en la que vivimos, a la que ayudamos y de la que dependemos para sobrevivir.

Así que, en resumen tenemos:

El objetivo general de la Naturaleza es perpetuar las estructuras vivas (especies) a través del tiempo.
El objetivo personal de cada hombre es ser feliz, es decir, buscar el placer y evitar el dolor a corto, medio y largo plazo.

El objetivo de la Naturaleza respecto a cada individuo es que realice acciones que le ayuden a sobrevivir a él y a su especie. La forma de coordinar el objetivo de la Naturaleza (supervivencia de las especies) y nuestro objetivo personal (ser felices) es condicionar y supeditar la obtención de la felicidad y el placer a la realización de acciones que ayuden a la consecución del objetivo de la Naturaleza.
Y eso es todo lo que se puede decir sobre el sentido de la vida humana.
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Al margen de estas consideraciones, podemos observar la evolución del Universo en su conjunto e imaginar, a partir de ella, el destino final al que se encamina. Desde esta visión cosmológica podíamos deducir, en clave de hipótesis, que la evolución del Universo está orientada a la formación de estructuras cada vez más inteligentes y conscientes. En esta evolución tendríamos los siguientes hitos: El Big Bang, la formación de los primeros átomos de hidrogeno, la formación de estrellas, la explosión de algunas de esas estrellas conteniendo en su interior átomos pesados como resultado de la fusión nuclear, formación de nuevas estrellas de segunda generación (como nuestro Sol) y planetas (como la Tierra) con los residuos sobrantes de esos átomos pesados, aparición de la vida unicelular en algunos de ellos, formación de los seres pluricelulares, aparición del hombre, desarrollo de una tecnología capaz de propiciar una evolución consciente fuera del modelo darwinista basado en los genes, formación de seres conscientes e inteligentes no biológicos, etc. etc.

Si la concienciación masiva del Universo es el objetivo final de la evolución cósmica, el ser humano tendría en ella un papel relevante en cuanto que representa una etapa clave en este proceso cómo último eslabón de la fase biológica.

Por un lado representamos el más alto exponente de la inteligencia y la conciencia sobre el planeta en su fase biológica y de otro estamos dando lugar a la nueva etapa de seres no biológicos con capacidad de evolución inteligente no darwiniana.

Pero el tema de la evolución postbiológica del Universo es demasiado amplio y especulativo como para tratarlo aquí y ahora.


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Warrior:
Considero que la vida tiene dos sentidos: Uno general o universal y otro particular o personal. Los seres humanos como especie somos un animal más y como éstos tenemos un sentido de la vida: el transmitirla. Para un gato, una hormiga, un elefante ¿tiene sentido la vida?, naturalmente que sí, aunque ellos no se pregunten si lo tiene. Desde Darwin sabemos que todos los animales procedemos unos de otros y que a esto se le llama evolución. Hoy la teoría darviniana no la niega ningún científico serio aunque haya alguno que crea en el creacionismo o en el diseño inteligente, apoyándose en que hay algún organismo complejo que no se puede explicar su funcionamiento, como por ejemplo, el ala de los pájaros. Aducen que para qué sirve medio ala con la que no se puede volar, y por lo tanto el ala ha tenido que ser diseñada entera para que los pájaros puedan volar. Pero esta tesis cae por su peso si pensamos que media ala es mejor que ninguna, ya que hay animales que aunque no vuelan si la utilizan para planear desde un árbol de 15 ó 20 metros de altura. Pero lo más absurdo de esto es que para explicar el diseño inteligente hay que crear a un diseñador, que naturalmente es un ser muy complejo y nos preguntamos ¿y al diseñador quién lo ha creado?, por lo que el problema lo trasladamos pero no lo resolvemos. Hasta ahora no hay otra tesis que explique el origen del ser humano que la de la evolución. Por consiguiente, el ser humano tiene el sentido general o universal de que tiene que transmitir sus genes para que la especie no desaparezca. (Para ampliar sobre este tema leer el libro El espejismo de Dios de Richard Dawkins)
Ahora bien, aunque somos animales, puesto que descendemos de ellos, en una etapa de la evolución hemos tomado conciencia de nosotros mismos, transformándonos en la especie ser humano. Este ser humano se distingue de los demás animales en la posesión de un cerebro extraordinario que le ha hecho un ser que pueda pensar. Esta facultad de pensar es la que nos hace preguntarnos ¿qué sentido tiene mi vida?
Creo que la religión es muy culpable de que nos hagamos esa pregunta. Si se nos enseña que hay un Dios que nos ha creado y nuestras vidas son de sufrimiento y frustraciones, pero que cuando nos muramos, si somos buenos, (según unas reglas que Él ha dictado) iremos al Cielo y allí disfrutaremos de otra vida más feliz y si somos malos iremos al Infierno, dónde sufriremos eternamente, si esto es lo que, como digo, lo que se nos enseña en lugar de decirnos que solamente por azar hemos llegado hasta aquí y que todo lo que nos pasa es simple azar no nos haríamos, para mí, esa pregunta tonta. ¿Es que no es bastante importante prolongar la especie para que no desaparezca?
Por lo habitual de la pregunta susodicha para muchas personas no es bastante esta tarea, por la que buscan darle un sentido a su vida más allá de la transmisión de los genes. A esto le llamaríamos darle un sentido particular o personal a la vida. Como es natural cada persona busca un sentido a su vida y se vuelca en aquello que más le guste o le llene. Uno será en el trabajo, otro será en la familia, otro en el deporte, otro en la cultura, etc. etc. y otros estarán siempre buscando sentido a la vida, pero todos sin darse cuenta que el único sentido de la vida es la transmisión de la misma, pues el día que se acabe el último ser humano habrá desaparecido nuestra especie.
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Jasón:
En primer lugar cabe preguntarse si tiene sentido plantear esta pregunta dado que la existencia humana es algo fáctico, está ahí en la realidad con independencia de que le encontremos o no sentido; es como la Naturaleza o la vida. En todo caso, la única y radical pregunta sería, parafraseando al filósofo,¿por qué hay ser y no nada? Pero si hacemos la pregunta por el sentido lo que intentamos aclarar es si hay alguna finalidad, en concreto en la existencia humana considerada individualmente. A esta pregunta contestan las religiones en un sentido creacionista: el Dios o los dioses han creado todo, manifestando así su omnipotencia, por tanto la existencia de cada hombre procede de él/ellos, pertenece a el/ellos y a él/ellos debe retornar; él hombre en todo momento debe seguir la voluntad del dios; esa es la orientación de su existencia. Pero desde un punto de vista metafísico, podríamos decir que en todo ello está el Ser, y que este Ser es intrínsecamente bueno y bello, y por ello la existencia humana sería intrínsecamente buena y bella, ya que el ser es la máxima perfección, aunque cada existencia tendría esa perfección de forma diferente y limitada; lo malo y lo feo vendrían de esa limitación.Así pues, existir es bueno y bello y cada existente tiene como finalidad radical conservar y desarrollar su ser de la manera más plena. Tal vez, prescindiendo del nivel de la conciencia, está finalidad estaría implícita en todas las especies. Pero en el caso humano lo importante es el cómo cada existente desarrolla su ser haciendo aparecer con ello también lo bueno y lo bello en la medida en que lo consigue. Y ello sólo es posible en la medida en que cada hombre va siendo capaz de de ir, primero, satisfaciendo sus necesidades primarias, y después desarrollando otras capacidades que le llevan a desear metas, valores y expectativas, consiguiendo por este camino satisfacer sus motivaciones afectivas, morales e intelectuales. Ahí está el sentido de la existencia de cada cual: complacerse con la realización de su ser en la mayor plenitud. Entonces el sentido de la existencia se halla implícito en su existir y no se hace la pregunta por el sentido salvo cuando este desarrollo se frustra y aparece la angustia ante la presencia del absurdo derivado del fallo de la realización del ser, lo que supone la necesidad de un cambio radical en la orientación de la propia existencia.