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El arte y la técnica del diálogo

Todos conocemos a personas con las que mantener una conversación resulta ser una experiencia placentera y otras, en cambio, a las que tratamos de evitar porque, aun antes de comenzar el diálogo, suponemos que vamos a vivir una mala experiencia.

Simplificando mucho podríamos afirmar que los malos conversadores son aquellos que nos proporcionan una experiencia desagradable o aburrida.
Dado que las relaciones sociales son cruciales para el progreso y el bienestar de los seres humanos y que la conversación es la piedra angular de esas relaciones, trataremos en esta ocasión de dilucidar qué hace que una conversación sea divertida, cuáles son los errores que convendría evitar y qué normas habría que seguir para aspirar a ser buenos conversadores.
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Yack:

Antes de entrar en las técnicas que podrían ayudarnos a ser mejores conversadores, conviene mencionar cuatro hechos probados, cuyo conocimiento nos ayudará a progresar hacia el objetivo que nos hemos fijado:

1.     La conducta humana, como la del resto de especies, tiene como finalidad principal la de resultar útil al individuo que la pone en práctica y a la especie a la que pertenece. Ejemplo de ello serían la conducta alimentaria para el beneficio del individuo y la reproductiva para los intereses de la especie.

2.    Al pertenecer nuestra especie al orden de los primates, somos, como el resto de nuestros parientes más cercanos, animales sociales, lo que significa que necesitamos relacionarnos con nuestros semejantes íntima y frecuentemente. Como ejemplo, citaremos el hecho de que la soledad y el aislamiento nos causan sufrimiento y que unas buenas relaciones sociales son una de las claves fundamentales de la felicidad.

3.     Somos la especie más inteligente, con diferencia, que habita este planeta, lo que nos proporciona habilidades y capacidades superiores que nos elevan por encima del resto de las otras especies animales.

4.     Poseemos, gracias al lenguaje hablado, la capacidad de intercambiar y compartir la información que contienen nuestros cerebros. El lenguaje hablado, que sólo se ha desarrollado en nuestra especie, constituye un avanzado sistema de comunicación a la altura de nuestro poderoso intelecto. Gracias a la capacidad de dialogar, hemos podido reunir la ingente cantidad de conocimientos que conforman la cultura humana, clave de nuestro éxito evolutivo.

Y comenzaremos nuestro análisis afirmando que las sociedades humanas se comportan como supermentes virtuales, constituidas por cientos, miles o millones de cerebros humanos interconectados entre sí.

Pero si las neuronas de nuestro cerebro se comunican entre sí mediante sinapsis, los cerebros humanos se conectan entre sí con la ayuda de sinapsis virtuales que denominamos "diálogos", siguiendo un protocolo de comunicación que llamamos "lenguaje".

Y gracias a nuestra capacidad para generar, almacenar y compartir información, la especie humana ostenta la supremacía absoluta sobre los millones de especies que pueblan el planeta Tierra.

Pero la combinación de una mente excepcionalmente inteligente y un lenguaje sofisticado no es condición suficiente para explicar la supremacía de la especie. Es necesario añadir un punto importante que suele darse por supuesto y que aquí nos interesa poner en valor.

En efecto, para que funcione este modelo de organización, basado en la formación de supermentes virtuales, se requiere que el intercambio de información entre los individuos de la comunidad sea continuado y eficiente. Y para conseguir este doble objetivo, la Selección Natural (SN) ha establecido un mecanismo automático de recompensa (nos sentimos satisfechos cuando establecemos un diálogo eficiente) y de castigo (sufrimos cuando quedamos aislados o no conseguimos establecer comunicaciones relevantes con nuestros semejantes).

En relación con la necesidad emocional de establecer conexiones eficaces no vale, por ejemplo, que un niño se conecte (hable) con un físico nuclear sobre la estructura atómica de la materia porque, en tal caso, ni los interlocutores ni la comunidad sacarían provecho alguno de ese diálogo. Es necesario, por tanto, que las conexiones (los diálogos) se establezcan selectivamente, buscando siempre la máxima eficacia: un niño con otro niño de su edad o un físico nuclear con otro físico nuclear o con un empresario que disponga de recursos para poner en marcha su costoso proyecto tecnológico.

En la misma línea de razonamiento, sería previsible que un científico que acaba de descubrir un nuevo fármaco revolucionario, no dispusiera de mucho tiempo para charlar con sus amigos y familiares sobre asuntos cotidianos porque sus compromisos profesionales se lo impedirían.

La interpretación correcta de lo que está ocurriendo en este supuesto es que en el interior del cerebro del científico se ha generado una información extraordinariamente valiosa para sus colegas y para la humanidad en su conjunto. A resultas de esta situación excepcional, un enjambre de mentes ávidas de adquirir esa información, relevante para ellas, competirán por conexionarse con el descubridor, y le dejarán poco tiempo libre para establecer conexiones triviales. 

También se dará el caso de que el científico de nuestro ejemplo, sentirá un fuerte impulso interior a priorizar los diálogos con sus colegas, en relación con los de ámbito privado y familiar, siguiendo el patrón natural e innato de optimización de la comunicación entre individuos del grupo. Incluso dentro del enjambre de colegas que pugnan por hablar con él, elegirá a aquellos que él considera más relevantes, con más prestigio social, más receptivos, más capacitados, más cercanos a sus tesis, etc. 

Y esto nos lleva a afirmar que en la mente de cada ser humano existe una facultad que le permite elegir entre todas las opciones disponibles de comunicación, aquella que es más relevante, evaluando automáticamente los distintos aspectos del problema. El veredicto final es percibido por el propio sujeto como "deseo" de establecer un diálogo con un determinado interlocutor, antes que con otro.

Como se verá, existen normas y protocolos complejos que regulan las conexiones entre los seres humanos, que determinan el momento, la duración, el estatus social de los interlocutores, la dirección en la que fluye la información, la edad, los conocimientos y otras muchas circunstancias de menor importancia.

Desde el punto de vista que aquí nos interesa, podríamos resumir este complejo protocolo de comunicación humana afirmando que un buen conversador es aquel que está en condiciones de establecer conexiones útiles, o al menos placenteras, con sus potenciales interlocutores. Y avanzando un poco más, añadiremos que una conexión relevante es aquella que interesa a ambos interlocutores.

Por ejemplo, un interlocutor que nos ofrece algún servicio útil o deseable sería un buen conversador, al menos durante el tiempo que estuviese proporcionándonos información relevante sobre el asunto que nos interesa. 

Consideremos, a título de ejemplo, el diálogo que se establece entre el presidente de un club de fútbol importante y una estrella del balompié que está buscando un contrato millonario.

Consideremos ahora otro dato importante: la Naturaleza recompensa todos los actos que contribuyen al beneficio del individuo o de la especie. Y esto nos induce a suponer que mantener una conversación relevante debe, necesariamente, tener asociada una recompensa que nos estimule a mantenerla y a repetirla siempre que nos resulte posible.

Entonces, si esto es cierto, y sin duda lo es, podemos asegurar que las conversaciones relevantes son, por lo general, divertidas y gratificantes para los participantes. Y una vez establecida esta correspondencia, podemos emplear el criterio de relevancia para identificar las claves que hacen que las conversaciones sean divertidas, que era nuestro objetivo inicial: aprender a mejorar nuestras habilidades en la comunicación oral interpersonal.

Repasemos ahora nuestra propia memoria para localizar las ocasiones en las que hemos tenido conversaciones divertidas. A continuación, apliquemos las conclusiones que hemos obtenido sobre la relevancia comunicativa y, por último, confeccionemos una relación con todas las normas y prevenciones que deberíamos tener en cuenta para ser buenos conversadores.

Supuesto que ya hemos realizado esta labor de introspección e identificación de patrones, ha llegado el momento de exponer los resultados para que el lector los coteje con sus propias experiencias y extraiga las conclusiones a que hubiera lugar.

El objetivo final de este esfuerzo de reflexión es el de ayudarnos a modificar nuestra conducta en la dirección de hacernos mejores conversadores. Y la finalidad última de hacernos mejores conversadores es la de ampliar nuestras oportunidades para establecer relaciones sociales exitosas y productivas, que por tanto sean -y esto es lo realmente importante- gratificantes, es decir, que nos ayuden a ser más felices.

Y sin más preámbulos, pasemos a analizar algunas de las conclusiones a las que hemos llegado:

1 ¡Deja hablar a tu interlocutor!

Lo mejor que podemos hacer mientras nuestro interlocutor habla con fluidez y entusiasmo es mantener la boca cerrada en tanto no dé muestras de agotamiento o solicite explícitamente nuestra intervención.

Conviene, además, potenciar nuestro silencio con ligeros asentimientos de cabeza, sonrisas, expresiones de espanto, sorpresa o aprobación, acompañados de comentarios rápidos del tipo "de veras", "¡No me lo puedo creer!", "¿Es posible?", "¿Y tú qué hiciste?", en consonancia con los contenidos del relato. 

Esta conducta, poco costosa para nosotros, incrementa la diversión de nuestro interlocutor al comprobar este que permanecemos callados (nos hemos quedado mudos de asombro), atentos a su relato y que la información que fluye desde su mente penetra en la nuestra y surte los efectos deseados (asombrar, sorprender, emocionar, divertir, etc.).

Visto desde el punto de vista antropológico, cabría decir que ese feed back positivo que le estamos proporcionando, confirma en nuestro interlocutor la creencia de que ha establecido una conexión relevante con otra neurona (nosotros) del gran cerebro colectivo al que pertenece. Sobra añadir que esta constatación intelectual, provoca en nuestro interlocutor una descarga automática de endorfinas que inducen una sensación placentera a corto plazo y una elevación de su autoestima a medio y largo plazo.

No debemos olvidar que nuestro interlocutor disfrutará de la conversación, solo cuando se den una de estas condiciones:
  • Que esté recibiendo datos muy valiosos para sus intereses individuales. Por ejemplo, información relevante sobre la persona con la que anhela establecer una relación amorosa.
     
  • Que esté proporcionando a su interlocutor información relevante para los intereses de este. Por ejemplo, que le esté sugiriendo cómo causar buena impresión en la importante entrevista de trabajo a la que se enfrentará al día siguiente. Nótese que hemos asumido, por ser el caso más frecuente, que el interlocutor es persona amiga, porque de ser un enemigo, el placer estaría en proporcionarle información que le causara sufrimiento.

Conviene ahora hacer notar que, en general, y dado que rara vez encontramos a un interlocutor con información realmente interesante para nosotros, lo que suele ocurrir es que se establece una pugna instintiva por tomar el uso de la palabra y conservarlo tanto tiempo como sea posible. De ahí que en las tertulias se requiera la presencia de un moderador que impida que todos hablen a la vez en un afán desmedido de emitir información antes que recibirla.

En realidad, el afán de hablar, aun a pesar de no tener nada interesante que decir, responde al deseo, que todos compartimos, por mostrar nuestras capacidades y habilidades ante los demás, con la finalidad implícita de proporcionarles motivos para que nos respeten, nos estimen y nos tengan en cuenta.

La posibilidad de sorprender o interesar a otras personas con la información que poseemos, es gratificante en sí misma, y además nos ofrece la oportunidad de elevar nuestro estatus social si conseguimos, por medio de nuestra habilidad dialéctica, erigirnos ante los receptores en una valiosa fuente de información de calidad. Es el mismo principio que explica el hecho de que los medios de información (periódicos, radios, cadenas de televisión, páginas Web, blog, etc.) dediquen sus mejores esfuerzos a reclutar usuarios a toda costa, dado que su propia autoestima dependerá del número y categoría de sus receptores.

Volviendo al tema inicial, cabe añadir que el único inconveniente de mantenernos callados y atentos al discurso de nuestro interlocutor sobre temas que no nos interesan, es que para ello debemos adoptar el papel de mártir (sufrir en aras del bien ajeno) y eso no suele ser agradable porque la pasividad comunicativa es penalizada por la propia Naturaleza, siguiendo el mismo criterio que aplica a la recompensa: la conveniencia de que nos comuniquemos eficientemente.

De ahí que lo que suele hacer un mal conversador ante un interlocutor cuyo discurso no le interesa, es interrumpirlo continuamente por todos los medios posibles para tomar la palabra e imponer al otro su propio discurso. Con mucha probabilidad tampoco su discurso interesará a su interlocutor, pues en otro caso, este se habría callado espontáneamente, seducido por una alocución interesante.

En definitiva, las malas conversaciones entre malos interlocutores suelen reducirse a luchas por el control de la palabra durante lapsos de tiempo tan prolongados como sea posible. Este tipo de conversaciones se basan en el pacto tácito de que ambos intervinientes están dispuestos a soportar el sufrimiento de escuchar un discurso aburrido a cambio del placer de emitir su propio discurso, igualmente de aburrido, para su sufrido interlocutor.

Pero de lo que se trata aquí es de mejorar nuestro estatus de conversador y no de caer en la repetición de los estereotipos ineficientes de dialogo que manejan el común de los malos conversadores. Vamos a ello.

Para convertirnos en buenos conversadores, deberíamos alcanzar el doble objetivo de mantener un silencio activo mientras habla nuestro interlocutor, y ser capaces de generar una alocución brillante que tenga la facultad de interesar al receptor por encima de su deseo de recuperar la palabra. Es decir, focalizar nuestros esfuerzos en conservar el uso de la palabra en virtud de un discurso que resulte interesante a nuestro interlocutor en lugar de recurrir al socorrido ardid de emitir una alocución rápida y atropellada, sin pausas ni fisuras por las que pueda "colarse" el indeseado discurso de nuestro oponente dialéctico.

Así, en lugar de luchar por conseguir la palabra por la fuerza bruta o por cansancio, habríamos de trabajar para el fin de subyugar a nuestro interlocutor mediante la elección de un tema que le interese, ejecutado con maestría y destreza. Es en ese noble objetivo en el que debemos invertir nuestra energía.

En el protocolo básico que regula las intercomunicaciones en el interior de la mente colectiva, la comunicación tiende a fluir desde el cerebro más eficiente al menos eficiente, del que posee la información de mayor calidad, al de menor calidad, del que cuenta con mejores dotes dialécticas y fluidez verbal al que menos. Y si queremos tomar la palabra, hagámoslo preparando algo que impresione y subyugue a nuestro interlocutor, si es que aspiramos a ser buenos interlocutores en lugar de interlocutores-plomo que basan su estrategia en no dejar hablar a nadie y además mantienen un interminable y aburrido discurso que no concede al otro la oportunidad de intervenir.

Podríamos decir, por tanto, que el peor interlocutor posible es el que rara vez emite contenidos interesantes y además no deja hablar a nadie con su cháchara interminable sin resquicios.

En resumen: Manténgase callado mientras su interlocutor habla con énfasis y fluidez. Si el discurso no le interesa, aproveche el tiempo para pensar en qué va a decir que pueda interesar a su interlocutor cuando usted tome la palabra. Hable cuando se produzca una pausa y termine su conversación cuando se le agote el tema o cuando advierta que su interlocutor desea hablar.
Evite a toda costa una costumbre muy generaliza típica de los malos conversadores, que consiste en interrumpir continuamente a su interlocutor, no dejarlo terminar las frases ni las ideas, y peor aún, cambiar abruptamente de tema e incurrir en cuestiones personales de autobombo o en asuntos que sólo le interesan a él mismo.

Ejemplo: 
A: Acabo de recoger mi coche nuevo en el concesionario. Es una maravilla, figúrate que tiene...
B: Pues mi cuñado se compró el mes pasado un Mercedes impresionante. Mañana precisamente vamos a probarlo en un viaje a La Coruña. Por cierto, aprovecharemos para tomarnos unos chopitos en el restaurante que tiene mi amigo Benancio, en el barrio viejo, a tres calles de la Plaza Mayor.....BLA, BLA, BLA.

Una última observación:
Si su interlocutor le interrumpe abruptamente sin que usted pueda preverlo, continúe hablando sin darse por aludido hasta terminar la frase o la idea, si cree que puede resolverla en menos de diez segundos. Es importante hacerse respetar y hacer llegar a nuestro interlocutor la idea de que aunque somos generosos en concederle el uso de la palabra, no nos gusta que nos la arrebaten arbitrariamente y sin previo aviso. Debemos enseñar a nuestros interlocutores, con nuestra conducta generosa, y al mismo tiempo enérgica, coherente y sistemática, el tipo de conversación que queremos tener. En la medida en que este no se atenga a ese modelo, hagámoselo saber mediante una actitud de indiferencia y silencio pertinaz, pero cuando, por el contrario, sea respetuoso con nuestro uso de la palabra, premiémosle con un feed back positivo, mientras él tiene el uso de la palabra.

2 No hable de sí mismo

No olvidemos algo muy importante: el tema favorito de los malos conversadores es hablar de sí mismos, de su vida feliz y plena, de su familia, de sus amigos, de su perro, de sus viajes, de sus gustos y así hasta el infinito. Y lo que puede ser aún peor, de sus penas, desgracias y frustraciones, repitiéndolas hasta la exasperación.

Lo que parecen ignoran este tipo de malos conversadores es que a nadie le interesa sus vidas, ni sus gustos ni sus aventuras y desventuras. Es más, cualquier relato de un éxito, ya sea real, exagerado o inventado, causa incomodidad en el interlocutor porque los seres humanos somos envidiosos por naturaleza. Y puesto que nos incomoda el bien ajeno (aunque lo disimulemos), un buen conversador debería renunciar al placer mezquino que obtiene al imaginar el sufrimiento que provoca en su interlocutor el relato de sus éxitos personales. Nuestros éxitos, aventuras o desventuras personales, la mayor parte de las veces son extremadamente aburridas para los demás, por lo que hay que evitarlas como norma, a menos que haya un buen motivo, y rara vez lo hay.

En cualquier caso, y si no podemos resistir la tentación malsana de contarlas, debemos hacerlo empleando poco tiempo y sin florituras, dejando que sea nuestro interlocutor el que decida si necesita, o no, más información. 

Solo procedería ampliar la noticia si detectásemos una inequívoca "avidez" en nuestro interlocutor por conocer más detalles, sin olvidar que a menudo su interés solo será una manifestación de cortesía y deseos de agradar, es decir, simulada.

También debemos considerar que, en no pocas ocasiones, su curiosidad será malsana y estará orientada a extraer información sensible que luego pueda utilizar, si se presenta la ocasión, para desacreditarnos o menoscabar nuestra imagen ante terceros.

Este afán desmedido de alardear que tanto afea al ser humano, suele ser fuente de nuestras peores y más perjudiciales indiscreciones.
Por ejemplo:

A: Por cierto, al fin me publicaron el libro del que te hablé. Ya te regalaré un ejemplar cuando me lo manden de la editorial.
(¡) No todos los días se publica un libro, y a todos nos gusta tener un amigo al que le publican libros, para presumir de ello, por lo que el planteamiento de A puede considerarse aceptable, sobre todo en la forma escueta en que lo plantea.

B: ¿De verás? Enhorabuena. Me alegro mucho de tu éxito.
A: Tampoco es para tanto. Todos los días se publican miles de libros, pero muy pocos llegan a ser conocidos. Esto de publicar es una lotería. Por ahora sólo tengo una papeleta, pero no cuento con que me toque...
(¡) Visto el escaso interés de nuestro interlocutor por los detalles, ponemos nuestro éxito en perspectiva para neutralizar el ataque de envidia que ha sufrido y cambiamos de tema.

A: Y hablando de otra cosa, ¿en qué quedó el asunto aquel que te tenía tan preocupado?
(¡) Le ofrecemos el uso de la palabra y dejamos que se explaye con sus pequeñas vivencias.

Pero ¿qué hacer cuando nos enfrentamos a un interlocutor que habla de sí mismo sin respiro, que nos cuenta un centenar de veces la misma historia, los mismos detalles de su anodina biografía?

No hace falta decir que lo mejor es evitarlo, si es posible. La norma general a seguir con los malos interlocutores es eludirlos, pero no siempre es posible aplicar esta solución y a veces nos vemos forzados a hablar con ellos por diversas razones (sería el típico caso del cuñado pelmazo).

La técnica paliativa que mejor resultados da en estas situaciones es mantenerse en silencio a menos que se nos reclame nuestra opinión, mostrar poco o ningún entusiasmo por lo que se diga, no hacer preguntas ni comentarios. Con nuestra conducta pasiva le estamos enviando el mensaje de que sus palabras no encuentran eco ni asentamiento en nuestra mente, o dicho de otro modo, que está hablando con una pared. Y si como ya se dijo, las conversaciones más divertidas son aquellas que consiguen trasladar información relevante a nuestro interlocutor (que inspiren emociones y curiosidad en él), con nuestra actitud pasiva estamos desincentivando su afán comunicativo, y con suerte, conseguiremos desembarazarnos de su incomoda conversación.

Si no vislumbramos una ocasión próxima para deshacernos de su plúmbea compañía, podríamos buscar mentalmente algún tema que pueda resultar interesante tanto a él como a nosotros mismos, para introducirlo cuando se produzca la primera oportunidad. Por ejemplo, sacar a la palestra alguna noticia sorprendente de índole política, económica o social, algún recuerdo de experiencias vividas juntos, o cualquier tema genérico del que todos tenemos una opinión formada sobre la que poder dialogar. Nuestra estrategia debe consistir en mantenerlo alejado de su tema favorito: él mismo.

En resumen, se trataría, de hacerle llegar subliminalmente, a través de nuestra actitud pasiva o activa, gratificante o punitiva, qué temas debería escoger y en qué forma debería conducirse cuando dialoga con nosotros, al margen de cómo lo haga con los demás.


3 Elegir un tema adecuado

Por lo general, los temas de una conversación surgen al azar, pero si se prevé que la conversación se va a prolongar, conviene desviarla hacia un tema que resulte divertido para nuestro interlocutor y, en la medida de lo posible, también para nosotros.

En todos los casos debemos evitar incurrir en el típico error de elegir un tema que sólo nos interese a nosotros. Si no conocemos a nuestro interlocutor, deberíamos explorar diferentes propuestas hasta descubrir qué puede interesarle.

También es buena idea dejar que él tome la iniciativa, lo que nos permitirá adivinar cuáles son sus áreas de interés. Manteniendo al principio una conversación variada y poco profunda que permita saltar de una cuestión a otra, será más fácil encontrar un tema en el que se pueda profundizar más.

Hay que tener en cuenta que, por lo general, las conversaciones más divertidas tienen lugar en torno a un tema interesante para ambos interlocutores, en el que se profundiza más allá de lo habitual, lo que produce un fuerte vínculo emocional y el deseo de repetir la experiencia. Sería un efecto parecido al de las fuertes emociones que embargan a dos exploradores que se adentran en un paraje inexplorado y descubren, juntos, secretos que sólo ellos conocen y comparten, frente al común de los mortales.

Ejemplo:
A: Vaya, que poca gente hay por las calles.
(Una forma poco comprometida de iniciar el dialogo)

B: Si. Debe ser las vacaciones. Todo el mundo se va a la playa.
(Aquí aparecen dos posibles temas: el trabajo y las vacaciones.)

A: Qué envidia ¿no? (A no se decide y pone una nota emocional, a ver por dónde tira B).

B: Dímelo a mí. Yo debería estar ahora en San Sebastian pero mi jefe me tiene secuestrado hasta Agosto.

(Aquí se podría optar por hablar de S. Sebastian y de las vacaciones que B pasa allí o del trabajo, que podría derivar en una queja insufrible o en una oportunidad para que B alardeara de lo importante que es para la empresa donde trabaja. También A puede pasar de puntilla por esas dos opciones y explorar otros temas más refrescantes, según sea el deseo de A en conocer la vida de B o de hacerle pasar un buen rato.

A: Así que veraneas en San Sebastian. ¿Qué tal es aquello?

A ha decidido dejar que B se explaye con historias sobre sus experiencias en S. Sebastian, lo que con seguridad proporcionará a B la doble satisfacción de presumir de disfrutar de una vida plena y feliz  y de revivir los mejores momentos de vacaciones anuales ante un receptor virgen, con su capacidad de asombro intacta. Seguramente repetirles las mismas anécdotas a sus conocidos y familiares ya no resulta gratificante porque ha dejado de ser una conexión relevante, al tratarse de una historia ya conocida por los receptores.

A: Muy cierto, es lo que tiene el trabajo. Cuando acumulas mucha responsabilidad, a veces tienes que renunciar a tu vida personal en favor de la empresa.
(A elige indagar sobre el tipo de trabajo de B y el estatus que posee en este ámbito. También aprenderá algo sobre su conducta moral, sus sueños, sus frustraciones, etc. Algo que puede ser útil si por alguna razón le interesa conocer mejor a B, o muy aburrido e incomodo en caso contrario.

A: Pues lo que acabas de decir me recuerda un artículo que leí ayer sobre lo difícil que es decidir en el día a día. Según decía el articulista, la vida en la ciudad estresa mucho por la cantidad de decisiones que tenemos que tomar continuamente, con el inconveniente adicional de no saber nunca cuál es la mejor opción.
(Aquí A ha optado por una conversación filosófica que puede dar más juego si discurre en la dirección correcta, es decir, si B no se lanza a contar una anécdota personal que ilustre su propuesta filosófica. Es el riesgo que se corre con los malos conversadores del tipo yoista).

Conviene recalcar aquí, que el máximo disfrute en la conversación se produce cuando se toma consciencia de que el interlocutor entiende y valora positivamente lo que decimos, lo que implica que haya demostrado previamente ser un experto en el tema a través de sus propias intervenciones. Por eso resulta tan conveniente elegir un tema que los dos dominen. De esta manera ambos pueden hablar en la seguridad de ser comprendidos y valorados por un interlocutor entendido. Una vez más, el objetivo es establecer una conexión relevante.

Las mejores amistades se dan entre personas entendidas y apasionadas por un mismo tema, y de ahí que existan tantos clubes y foros en los que se fraguan rápidas y productivas amistades. En tales casos, uno mismo percibe que ha encontrado una oportunidad de hablar de un tema que resulta aburrido a la mayoría de los semejantes, y en el que hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo. ¡Por fin alguien puede apreciar nuestra superioridad y valorarla en lo que vale!

Es importante recordar que un buen tema de conversación no es el que a nosotros nos apasiona, sino aquel que interese a, y sea conocido por, las dos partes, a fin de que exista un intercambio de opiniones fluido y coherente entre ambos extremos de la comunicación.

La conversación perfecta es aquella en la que podemos verificar que nuestras opiniones suscitan en nuestro interlocutor ideas y propuestas acordes con las nuestras, que demuestran que ha entendido hasta en sus últimas sutilezas, nuestros argumentos.

Para facilitar este clima mágico, conviene exponer opiniones o anécdotas que puedan expresarse en no más de 2 minutos, preferiblemente en torno a los 30 segundos, con el fin de dar la posibilidad a nuestro interlocutor de que tome la palabra con frecuencia.

Es decir, yo expongo una opinión o una anécdota de no más de dos minutos, me callo y mi interlocutor pregunta o cuenta otra al hilo de lo que le he contado, etc. Dicho de otro modo, habría que buscar un formato en el que se produzcan intervenciones alternadas por tiempos similares y, salvo casos excepcionales, de duración menor de dos minutos. Sin olvidar el precepto de no hablar de uno mismo ni de contar historias personales que por su propia naturaleza favorecen el monopolio de la palabra, ya que nuestro interlocutor no puede opinar de cuestiones que sólo nosotros conocemos. Es esta una vil estrategia de los malos conversadores-plomo para acaparar el uso de la palabra.

4 No llevar la discusión al terreno personal

Una de las razones principales del fracaso de la conversación, en su aspiración a convertirse en una experiencia agradable y productiva, es la tendencia generalizada a derivar las disputas hacia el terreno personal.

La causa que origina el deslizamiento desde el dialogo civilizado hacia la disputa personal se suele ignorar y de ahí la frecuencia con que se incurre en este error. La manera más eficaz de evitar esta deriva es, sin duda, conocer las causas, y es justo por esa importante cuestión, por la que vamos a comenzar.

El proceso al que nos referimos, y que hemos de tratar de evitar a toda costa, se atiene a este patrón general:

Se inicia una conversación sobre cualquier tema y al poco tiempo se llega a un punto de discrepancia.
En lugar de mantener el dialogo en el ámbito del intercambio de argumentos racionales, se pasa, sin ser consciente de ello, al terreno de la descalificación personal, cuando no al de la ofensa y el insulto, maquillado o no con palabras biensonantes. Lo que ha ocurrido en tales casos es que ante la falta de argumentos sólidos con los que defender el propio posicionamiento, se ha trasladado la disputa desde el terreno ideológico al ámbito personal. Y eso por dos motivos:
  • Sabemos mucho más de nuestro interlocutor que del tema objeto de debate y por eso suponemos que ahí la batalla se inclinará a nuestro favor. Es decir, trasladamos la batalla a terreno conocido.
     
  • Al tropezar con argumentos contrarios a nuestras creencias y afirmaciones, se dispara en nosotros las emociones propias de una agresión territorial y reaccionamos instintivamente agrediendo a nuestro oponente con el propósito de hacerle retroceder. Y nada más indicado para hacerle daño que los ataques directos a su persona, al núcleo mismo de su sensibilidad individual.

Por regla general, nuestro interlocutor al verse agredido en la personal contraataca en parecidos términos y antes de que nos demos cuenta, nos hallaremos sumergidos en medio de una disputa agria y personal que solo puede acabar mal o muy mal.

Añadiremos que, habitualmente, el que inicia esta deriva es quien tiene mayores posibilidades de ganar la batalla en el terreno de la confrontación personal. Esta circunstancia puede deberse a que el transgresor posee un mayor conocimiento, experiencia o habilidad en el ataque personal. Pero también puede explicarse por un mejor conocimiento de la víctima, por contar con un ascendente sobre ella o simplemente porque interiormente se sabe inferior en el tema que se está debatiendo. Y en cualquiera de estos supuestos, prefiere trasladar el escenario de la confrontación al del enfrentamiento personal, en el que se siente más seguro y con mayores opciones de éxito.

Ejemplo:
A: -¿Qué te ha parecido la película?

B: -Aburrida. Creo que ese director debería dedicarse a otra cosa.

A: -Ya... Basta con que me guste a mí para que le tomes manía.
(A ya ha entrado en el terreno de la confrontación personal. Podría haberle dicho, por ejemplo: Pues a mí me ha gustado. ¿Qué es exactamente lo que no te gusta de su trabajo?).

B: Sólo he contestado a lo que me has preguntado. Si quieres que te dé la razón, dímelo de antemano. A mí no me gusta discutir, pero a ti te encanta.
(B ha entrado al trapo. Ha aceptado (sin darse cuenta de que está siendo manipulado) que la conversación ha derivado al terreno de la descalificación personal y ahora ambos están enfrascados en una disputa que puede acabar muy mal.)
Una respuesta inteligente de A podría haber sido: Tienes razón en una cosa, y es en que le tengo manía. No me gusta la manera en que alarga cada escena hasta el aburrimiento, ni su afán de llevar los sentimientos hasta lo patético. Pero ese es solo mi punto de vista sincero. Es eso lo que querías ¿no?

Una vez que se entra en el terreno personal, la conversación se torna tormentosa y los reproches se suceden en incontrolable escalada, lo que suele acabar en un enfado que enturbia las relaciones de la pareja y que, repetido durante mucho tiempo, puede incluso acabar con la relación.

Para evitar esta deriva, causa de innumerables conflictos y rupturas, hay que mantener una vigilancia permanente para detectar cualquier intento de incursión en el terreno personal por parte de nuestro interlocutor. Solo así podremos inhibir a tiempo nuestra propia reacción instintiva de responder en el mismo nivel personal desde el que hemos sido agredidos.

Si deseamos poner en práctica esta estrategia, debemos asegurarnos de que ante la primera provocación, nuestra respuesta sea tranquila y bien meditada. Ignorar la reseña a lo personal y dar argumentos objetivos sobre nuestra última opinión, ignorando el ataque personal del que hemos sido victima. Si nuestro interlocutor persiste en la misma línea de descalificación personal, lo más indicado es hacer un largo silencio y si nos interrogará sobre la razón de nuestro repentino silencio, habría que darle una respuesta educada pero seca, sin apartarse de  esta línea:

- Creo que estás llevando la conversación al terreno personal y yo sólo quería hablar de cine.
Si quieres hablar de cine, estoy a tu disposición, pero si vas a continuar hablando sobre mí, prefiero no continuar con esta conversación.

En resumen, la fórmula es fácil de aplicar: no responder a ninguna de las provocaciones de índole personal, y si insiste en la misma línea, permanecer en silencio hasta que cambie de tema o de actitud. Si su avieso interlocutor le exige una explicación sobre su silencio, repita siempre este argumento, sin salirse ni un ápice de él, sin poner ejemplos, sin caer en cuestiones morales o personales. Repita variantes de esta idea:

Estás llevando la conversación al terreno personal y no estoy interesado en esta conversación.
Con el tiempo, y si mantenemos esta actitud, nuestro interlocutor evitará incurrir en esta nefasta práctica, en la medida en que llegue a la conclusión, por propia experiencia, de que la conversación se interrumpirá abruptamente tan pronto la derive hacia el terreno personal.

Como medida extrema ante el acoso continuado, y siempre que sea posible, aléjese de su  interlocutor sin dar explicaciones y no regrese antes de 2 horas. Esta acción le dará ocasión para reflexionar, calmarse y darse cuenta de que su actitud le ha hecho daño a usted, y lo que es más importante, que también tendrá consecuencias para él mismo.

5 Reproches, flash back y quejas

Una buena conversación, es decir, cualquier conversación que se plantee con el propósito de disfrutar de una experiencia agradable, debe excluir reproches, quejas y flash back.

Por reproches nos referimos a comentarios sobre algún aspecto negativo o criticable de la personalidad o de la actuación presente o pasada del interlocutor. Ejemplo:

A: No sé por qué tienes que aparcar siempre tan cerca de la acera. Vas a reventar los neumáticos.
(Por principio, hay que suponer que B no desea reventar los neumáticos y por lo tanto el reproche o la advertencia es innecesaria. Como máximo puede decirse una única vez en la vida, dado que no es una cuestión capital para nadie.

Los flash back son reproches sobre hechos pasados y que, por tanto, no tienen posible arreglo. El problema de los flash back es que pueden reeditarse sin límite, por lo que representan una munición inagotable para alimentar las ametralladoras de las disputas.

A: Qué lástima que no fuésemos de viaje el pasado fin de semana. Mi amigo Antonio me comentó que hizo un tiempo fantástico en la playa donde teníamos pensado ir.

B: Pues si no fuimos fue por culpa tuya. Ya te dije que no había que hacerle caso a los pronósticos meteorológicos que dan por la tele.
Aquí B reprocha a A una decisión pasada, que además resultó razonable en el momento de tomarse. Hay que tener siempre en cuenta que las predicciones pueden fallar tanto en un sentido como en el contrario. B podría responder con otro ejemplo similar imputable a A e iniciar una disputa interminable.

Para evitar la aparición de flash back es necesario hacerse el firme propósito de no criticar nunca sucesos del pasado y si lo hace el interlocutor, debe negarse a entrar en el juego, es decir, enrocarse en el silencio. Si el otro insiste, sólo debe insistirse en la idea de que discutir sobre algo que ocurrió en el pasado sólo sirve para fastidiar el presente y el futuro. O lo que es lo mismo: no voy a entrar en ese juego.

Las quejas se pueden definir como comentarios negativos, a veces lastimeros, a veces amenazadores, sobre algún aspecto de la realidad que consideramos injusto y que desearíamos cambiar. En todos los casos debemos tener presente que el concepto de "injusto" es subjetivo y de ahí que cualquier intento de convencer a nuestro interlocutor de su error o de nuestro punto de vista sólo sirve para iniciar una agria disputa.

Existen quejas sobre aspectos externos ("Vaya tiempo más malo que hace" o "De este atasco no salimos hoy"), sobre cuestiones presentes personales ("Ya estás otra vez diciendo tonterías" o bien "Pareces una coliflor con ese vestido" ), sobre cuestiones pasadas ("No sabes comportarte en sociedad" o bien "Eres un peligro conduciendo") y también sobre uno mismo ("No sirvo para nada" o bien "Con mi formación no voy a encontrar trabajo nunca").

En general, las quejas, de cualquier tipo, crean un ambiente lúgubre o depresivo ("Me parece que nadie nos libra del desastre" o "Estoy seguro de que me van a echar de la empresa"), irritante  ("No sé cuando aprenderás a ordenar tus cosas" o "A ver si puede ser que pongas los platos pequeños en el mismo montón").

Pero siempre, cualquiera que sea su naturaleza o intención, degradan el dialogo y la relación, por lo que hay que evitar incurrir en ellas y procurar no prestarle atención cuando vienen de nuestro interlocutor. Y podemos estar seguros de que con el tiempo, aprenderá a eliminarlas de su lenguaje, al comprobar que, una y otra vez, no tienen eco, ni más reacción que el silencio y la indiferencia, cuando no la huida física.

Únicamente son aceptables, aunque en pequeñas dosis y solo cuando están justificadas, aquellas quejas que se refieren  a elementos o situaciones externas y que constituyen elementos de acuerdo y mutuo refuerzo.  Por ejemplo:

A: Tengo ganas de que acaben las obras en la calle. No se puede ni oír la tele.
B: Dímelo a mí, ni siquiera puedo leer el periódico. Ojala sea cierto lo que me acaba de comentar Luis. Me aseguró que terminan el sábado.

Pero incluso en estos casos, al repetir el problema y hablar sobre él, se amplifica su efecto depresivo sobre los dos interlocutores. Como norma, no comenzar conversaciones que tengan como tema algún tipo de queja y si es el otro quien la inicia, sólo cabe ignorarla o sumarse a ella añadiendo un sesgo de esperanza o un punto de vista optimista que le quite hierro. 

Lo que nunca debe hacerse es criticar a nuestro interlocutor la acción de quejarse, porque eso constituiría en sí mismo un reproche particularmente irritante y peligroso para el mantenimiento de una buena comunicación.

En resumen, para frenar las quejas de nuestro interlocutor, la única estrategia es no darse por enterado y no entrar en el juego del enfrentamiento en ningún supuesto.

6 Diplomacia en la gestión de las discrepancias

Todos sabemos por propia experiencia que una conversación discurre por buen camino mientras no aparezcan discrepancias importantes. Por otra parte, aceptar como buena cualquier afirmación o creencia de nuestro interlocutor es una táctica difícil de aplicar y que, a largo plazo, puede volverse contra nosotros, haciéndonos quedar como vulgares corifeos, sin criterio propio ni personalidad. Un precio demasiado alto que ni siquiera nos concederá ese estatus por el que hemos sacrificado nuestra propia dignidad y autoestima.

Veamos algunas normas que pueden ayudarnos a manejar las discrepancias:

  • No emitir nunca expresiones que pongan de manifiesto la discrepancia. Con esto queremos decir que habría que suprimir del vocabulario expresiones como: "No estoy de acuerdo contigo", "No comparto tu opinión", "Pienso todo lo contrario", etc.

    Seamos conscientes de que una declaración inicial de desacuerdo no ayuda al dialogo ni aporta nada positivo a la argumentación. Podemos omitirla, y en su lugar desplegar la argumentación que corresponda, ganando con ello una actitud más receptiva y amistosa en nuestro interlocutor.

    Comenzar nuestra intervención, en el caso de no estar de acuerdo con lo que se acaba de escuchar, con expresiones neutras que denoten modestia y ausencia de agresividad. Por ejemplo:  "Mi opinión es que...", " Por lo que he tenido ocasión de ver, yo diría que...", "Hasta donde yo sé...", etc.
     
  • Actuar siempre desde la convicción profunda de que no es probable que consigamos convencer a nadie de nuestras tesis y que por lo tanto, cualquier esfuerzo en ese sentido será vano. Por esa razón debemos evitar a toda costa propiciar un clima de hostilidad dado que no nos jugamos nada importante.

    Recuerde siempre que un dialogo no debe tener como objetivo principal convencer a nuestro interlocutor de nuestras propias creencias, en especial cuando este se muestra reticente. El objetivo principal de una conversación debe ser el de tener una experiencia agradable, a través del establecimiento de una comunicación fluida de doble dirección con un miembro de nuestro grupo.

    Bien es cierto que el objetivo natural de toda conversación es convencer a nuestro interlocutor de nuestras tesis, porque eso responde al objetivo de la Naturaleza que consiste en enfrentar ideas diferentes para que se imponga la más eficaz. Sin embargo, no tenemos que ser esclavos de la Naturaleza.

    Al ser animales racionales podemos burlar los objetivos naturales en nuestro favor. El truco, en este caso, consiste en que cuando detectemos que nuestro interlocutor se muestra renuente, cambiemos el rumbo de nuestra actuación. Dado que el objetivo primario de convencer se ha vuelto inalcanzable, pasemos el plan B, es decir, divertirnos o al menos evitar una situación incómoda.

    Si, dejándonos llevar por nuestros instintos, persistiésemos en el plan A, aun a costa de comprometer nuestro bienestar, sólo conseguiríamos enfadarnos y deteriorar la relación con nuestro interlocutor, que podría proporcionarnos, más adelante, otros servicios y experiencias agradables.
     
  • Todos sabemos que las conversaciones más divertidas, con diferencia, son las que tratan sobre temas en los que hay acuerdo y coincidencia entre ambos interlocutores. Sólo hay una excepción a esta ley y es cuando conseguimos convencer a nuestro interlocutor, pero esta posibilidad es tan remota, que no merece la pena considerarla.

    Y si pese a todo, conseguimos que tenga lugar el prodigio, podemos dar por seguro que cuando volvamos a hablar sobre ese mismo tema, meses después, nuestro interlocutor habrá vuelto a su posición inicial.

    Una técnica muy potente para potenciar la experiencia positiva de nuestro interlocutor es aparentar un desacuerdo inicial y posteriormente ceder a sus argumentos proporcionándole con ello una sobredosis de endorfinas. Sin embargo no se debe abusar de esta técnica y reservarla para casos muy especiales, casi de vida o muerte.

    Y la razón es que nunca se debe repetir el mismo truco a la misma persona si queremos mantener la magia de su efecto. En otro caso se nos llegará a considerar como débiles mentales o bien se descubrirá nuestro ardid y perderemos el respeto de los demás porque se sentirán engañados y manipulados en lugar de sentirse inteligentes y grandes polemistas, por obra y gracia de nuestra maniobra oculta.

    Este sería el caso de dejarse ganar al ajedrez por nuestro oponente para proporcionarle una buena experiencia. Para que funcione, debemos ganarle de vez en cuando para que nos valore como buenos contrincantes y disfrute más sus victorias. Cuando descubra nuestro juego, perderá el interés de jugar con nosotros y nos considerará personas poco fiables.
     
  • Si manejamos bien el dialogo, podemos crear la impresión en nuestro interlocutor de que es inteligente, ocurrente y brillante. Y lo más importante es que nos asociará con esa sensación placentera y nos buscará como agua de mayo, pensando que somos seres deliciosos e inteligentísimos, cuando solo nos hemos convertido en espejos amables, como los que hay en los vestidores de las tiendas de ropa.

    Bien es cierto que la Naturaleza trata de condicionarnos para establecer diálogos relevantes para el bien de la comunidad. Y si entre dos mentes hay desacuerdo, es comprensible que se produzca una batalla para intentar establecer una verdad común, pero en la práctica, esto funciona pocas veces y de ahí que sea más conveniente renunciar a este objetivo en beneficio del más egoísta de pasar un buen rato y reformar los lazos de amistad, que también es una estrategia adaptativa.

    Al fin y al cabo, vivimos en un mundo donde son los científicos quienes se encargan de descubrir y establecer la verdad, por lo que nosotros, liberados de esta responsabilidad social, podemos y debemos concentrarnos en establecer buenas relaciones sociales. Si nuestro interlocutor se empeña en afirmar que la tierra es plana o que la homeopatía tiene valor curativo, hagamos un primer intento de sacarlo de su error, pero si comprobamos que no vamos a conseguirlo, es mejor optar por acabar con ese tema recurriendo a una solución de compromiso: Lo cierto es que yo no soy un entendido en este tema y no tengo una opinión fundamentada. Tal vez tengas razón dado que lo has estudiado en profundidad.
     
  • En el fragor de la discusión no hay que olvidar nunca que nuestro objetivo al conversar debe ser, prioritariamente, obtener una experiencia agradable, tanto para nosotros como para nuestro interlocutor. En la medida en que empiece a sentirse incomodo y malhumorado, se está saliendo de su objetivo.

    Un buen conversador nunca permite que su termómetro emocional sobrepase la temperatura de confort. Y para enfriar el ambiente, sólo tenemos que fijar nuestra atención en poner en marcha las maniobras y técnicas de apaciguamiento que ya se han descrito (cambiar sutilmente de tema, guardar silencio, expresar nuestro desconocimiento del tema). Lo que nunca debe hacerse es incurrir en reproches o criticas personales, por muy justificadas que estén, del tipo: "No tienes que ponerte así por tan poca cosa", "Ya has vuelto a perder los estribos", etc.

    En general, debemos aplicar frases de enfriamiento que no impliquen reconocimiento o sumisión hacia nuestro interlocutor, porque estaríamos enviándole el mensaje de que se puede salir con la suya perdiendo la compostura y eso sería a la larga contraproducente para él y para nosotros.

    Convendría emplear expresiones que no pongan en cuestión lo que él dice, pero sin por ello renunciar a nuestro posicionamiento ni al trato amistoso y respetuoso. Por ejemplo: "Si estás tan seguro, tal vez lleves razón, aunque yo no acabo de verlo así. Déjame un tiempo para que lo piense"o bien: "Bueno, creo que hemos mantenido una conversión en la que ambos hemos tenido ocasión de exponer con detalle nuestros respectivos puntos de vista sobre el tema. Me ha resultado muy útil conocer  todos esos argumentos que hasta ahora desconocía, y aunque sigo con mis convicciones, ha sido muy interesante oírte. Tenemos que repetir este debate cuando haya reflexionado un poco sobre todo esto.
     
  • No citar nunca lo que previamente ha dicho nuestro interlocutor, con la intención de poner en evidencia sus propias contradicciones. Esta es una de las tácticas que más irritan, tanto si la contradicción es real o si se trata de una interpretación sesgada por nuestra parte, voluntaria o involuntaria. Es una táctica peligrosa porque eleva la temperatura hasta el punto de que puede entrarse en un nuevo nivel de agresión.

    Debemos limitarnos a expresar argumentos autoevidentes, mientras seamos capaces de expresarlos con tranquilidad y sean recibidos por nuestro interlocutor sin irritación.

    En el caso de que sea nuestro interlocutor quien cite lo que nosotros hemos dicho, y lo haga sesgadamente, hay que evitar entrar en una discusión absurda sobre lo que hemos o no hemos dicho. Lo mejor en estos casos es ignorar la cita y si nuestro interlocutor insistiera en ello, limitarse a decir: " Si es eso lo que crees que he dicho, no he debido expresarme bien. Si quieres saber lo que pienso sobre este punto, no tengo inconveniente en decirlo".


7 No cuestionar las creencias

En el caso de que nuestro interlocutor manifestara creencias absurdas, religiosas, conspiratorias, etc. debemos ser muy prudentes en nuestras réplicas porque si hay algún tema inmanejable, ese es precisamente el de las creencias absurdas.

Nunca hay que intentar convencer a nuestro interlocutor de que sus ideas son estúpidas porque eso le ofenderá y hará aún más difícil que cambie sus ideas. Si existe alguna posibilidad, aunque sea minúscula, de cambiar las creencias de nuestro interlocutor, esta desaparecerá tan pronto provoquemos su enfado.

En el supuesto de que los intereses o el bienestar de una persona a la que apreciamos estuvieran en juego por razón de esa creencia estúpida, limitémonos a expresar con tranquilidad nuestras dudas razonadas, aportando opiniones de expertos y añadiendo ejemplos de lo que puede ocurrir si se confía y se aplican esas creencias. Sería recomendable, además, que nos ilustremos a fondo sobre el tema, en fuentes fiables, antes de abordar el desafío de hacerle entrar en razón.

Volviendo al caso más usual, es decir, aquel en el que esa creencia no va a tener repercusiones directas o indirectas sobre nosotros, conviene seguir estas normas:

Si nuestro interlocutor se muestra insensible a nuestros argumentos e insiste con vehemencia y convicción en los suyos, (completamente absurdos desde nuestro punto de vista), lo más práctico es dejarlo hablar y mantener un silencio educado hasta que se canse. Si nos pregunta sobre nuestra opinión, podemos salir del paso diciendo: "Lo cierto es que no tengo formada una opinión definitiva sobre este tema…", o  bien, "Es una cuestión muy complicada para poder opinar con fundamento. He leído artículos que apoyan lo que tú dices pero también he leído otros que expresan dudas fundamentadas. Por ahora no sé qué pensar aunque me resultado muy interesante conocer tu punto de vista".

En resumen, de lo que se trata es de convertir lo que podría derivar en una discusión acalorada y frustrante, en una experiencia agradable, al menos para nuestro interlocutor, y neutra para nosotros, lo que ya es todo un éxito.

En estos casos, siempre podemos adoptar la socarrona actitud de divertirnos oyendo los múltiples disparates que dice nuestro interlocutor, e incluso hacerle algunas preguntas para sondear la profundidad de sus errores conceptuales. Sería como convertirnos en un cirujano cargado de curiosidad que ante un enfermo desahuciado, se documenta en la naturaleza y extensión del mal para conocer el malfuncionamiento del cuerpo humano. Un conocimiento que nos resultará muy útil para relacionarnos con nuestros semejantes.

Es decir, en lugar de adoptar el papel de mártires ante el aluvión interminable de insensateces que surgen de la boca de nuestro contrincante, adoptaremos la actitud de un estudioso de la naturaleza humana y trataremos de divertimos desde ese rol, en tanto nuestro interlocutor se desfoga alegremente y se siente feliz al sentirse comprendido o al menos escuchado con respeto.

Tomemos el habito de considerar cualquier conversación que se plantee en el futuro como un reto personal, que consistirá en gestionarla de tal manera que resulte una buena experiencia compartida, antes que intentar a toda costa imponer dialécticamente nuestra tesis. Si intentamos esto último, solo conseguiremos, en el mejor de los casos, humillar a nuestro interlocutor y en el peor enfadarnos y debilitar las relaciones con nuestro ocasional oponente.

En resumen: adaptemos nuestro dialogo al nivel de nuestro interlocutor, pero controlando en todo momento que no se produzcan situaciones tensas de enfrentamiento agresivo ni de desprecio o falta de respeto. La consecución de este logro siempre nos reportará, como poco, la satisfacción personal de haber sido capaces de llevar a buen fin nuestro propósito inicial y sin perjuicios colaterales.

Cada conversación puede dar un fruto diferente. Lo importante es evaluar, al poco tiempo de haberla iniciado, qué es lo máximo que podemos esperar de ella e ir directamente a por ello.

8 Pensar por anticipado nuestra intervención

Por lo general, comenzamos a hablar arrastrados por una pulsión que surge desde lo más profundo de nuestra mente. El mecanismo cerebral encargado de la comunicación social nos impulsa a expresar nuestra propia opinión en relación con lo que oímos en cada momento, con independencia de que sea o no lo más adecuado para nuestros intereses.

Una de las tácticas más potente para mejorar nuestra intervención es pensar por anticipado lo que vamos a decir.

Esta técnica tendrá, entre otras, la virtud de reducir el número de nuestras intervenciones, lo que nos evitará decir imprudencias de las que luego podamos arrepentirnos. Además nos permitirá reflexionar sobre lo dicho anteriormente, y conformar un mensaje más claro, conciso y coherente.

Si nos obligamos a nosotros mismos a no dejar que escapen de nuestra boca las palabras bajo el impulso irreflexivo y placentero de soltar lo primero que se nos ocurre, mejoraremos considerablemente nuestra buena imagen como conversadores. 

Nuestros interlocutores nos juzgan por el número, calidad, coherencia y oportunidad de nuestras intervenciones, así que si hay una reflexión previa, nuestra imagen subirá muchos puntos en función del tiempo que dediquemos a preparar las contestaciones, que será el mismo que concedamos a nuestro interlocutor para desfogarse.

Los buenos conversadores hablan poco, pero cuando lo hacen dicen cosas que merece la pena escuchar, razón por la cual, todos guardan silencio y prestan atención. Los malos conversadores hablan mucho pero aportan poca información útil, por lo que nadie los escucha, dado que suponen que cuando comienzan a hablar sólo van a decir naderías o insensateces.

No debemos olvidar que la importancia de un emisor se mide por la calidad de la información que aporta, y que cada receptor se forma su propia opinión sobre el emisor, y emplea esa opinión para valorar por anticipado la conveniencia de escucharlo o no, de dejarlo hablar o de impedírselo. Crearse fama de mal conversador, garantiza que nadie nos escuche, en especial cuando hay más de un interlocutor disponible.

9 Calidad formal de la elocución

Elevar nuestro estatus de conversador, en su vertiente de emisor de contenido, es una necesidad  que no puede descuidarse, porque para ser un buen conversador no basta con ser un buen escuchador.

También resulta imprescindible hablar de vez en cuando y asegurarnos de que nuestras intervenciones sean de calidad, porque sólo así los demás tendrán interés en conversar con nosotros.

Ya vimos al principio que cada individuo intenta interaccionar con el interlocutor de mayor rango y calidad que sea posible, y para cumplir este requisito, se hace necesario demostrar nuestro estatus cada vez que tomamos la palabra. Esto significa que, si bien es cierto que nos gusta que nos dejen hablar, también lo es que no estamos dispuestos a perder nuestro tiempo con un interlocutor que está muy por debajo de nuestro nivel. Por ejemplo, el director de una gran empresa rara vez mantendrá una conversación con un mozo de reparto, por muy receptivo que este se muestre. Y la razón es que sólo son divertidas las conexiones relevantes, es decir, entre iguales o superiores, en cualquiera de los sentidos que puede entenderse el término "superior" en el ámbito de una conversación concreta (de mayor o menor edad, más rico, más simpático, más atractivo, con mayor capacidad de decisión, mejor adaptado, etc.).

La manera en que se conduce nuestro interlocutor, su vestimenta, su porte, su cargo, su estatus, su edad, su forma de hablar, la claridad, variedad y calidad de los contenidos, la gracia y dominio con que los expresa y otros muchos factores van a determinar el hecho de que obtener su atención nos resulte interesante o no.

Veamos algunas recomendaciones para mejorar nuestro estatus de interlocutor:

Responder pronto y con ingenio es una demostración de talento y de capacidad comunicativa, porque cuanto menos tiempo se tarda en realizar una tarea difícil, mayor es el mérito, el dominio y la capacidad que se demuestra.

Sin embargo, con frecuencia se cae en el error de replicar a nuestro interlocutor casi instantáneamente, porque es lo que vemos hacer a los demás y en especial a los triunfadores. Frente a este mal habito de contestar "al vuelo" cabe la estrategia contraria, es decir, la de habituarnos a responder pausadamente y difiriendo la respuesta dos o tres segundos por norma, incluso cuando ya conocemos la respuesta.

Esto nos concede un tiempo extra que nos libra de no pocas meteduras de pata y mejora la calidad de nuestras intervenciones. Si tenemos por costumbre contestar inmediatamente, a riesgo de decir insensateces, cuando difiramos la respuesta algunos segundos, estaremos indicando que nuestro cerebro no consigue encontrar una respuesta y eso transmitirá una imagen de debilidad a nuestro interlocutor. Sin embargo, si tomamos la costumbre de esperar dos o tres segundos antes de responder, esta peculiaridad será interpretada como un fuerte autocontrol sobre nuestras acciones y emociones, y si además viene acompañado de una respuesta inteligente, original y bien fundamentada, nuestros interlocutores esperarán con paciencia e interés la respuesta cuando finalmente nos decidamos a darla.

Las personas de mente rápida, lo que no significa necesariamente, profunda, juegan la carta de la velocidad, pero si poseemos una mente lenta, lo que es compatible con la profundidad y la excelencia, tendremos que habituarnos a una forma de dialogar que optimice esa circunstancia personal.

Adicionalmente hay muchos otros aspectos formales de nuestro discurso a los que tenemos que prestar atención para ir mejorándolos, porque de su perfeccionamiento y coordinación dependerá, en buena parte, la calidad de nuestras experiencias de relación con los demás. Veamos algunos puntos a considerar:

  • Vocalizar con claridad, para que el discurso resulte fácilmente legible. Si a los demás les resulta difícil entendernos, nadie se sentirá interesado por saber lo que decimos, dado que eso le va a suponer un esfuerzo adicional. Sería el caso de un texto escrito a mano y con una caligrafía poco legible. ¿Quién se tomaría la molestia de averiguar qué dice habiendo tantos textos perfectamente legibles?
     
  • Entonar adecuadamente para expresar con exactitud y claridad los sentimientos y emociones que acompañan al mensaje. Una buena entonación es esencial para el establecimiento de conexiones eficientes, porque las emociones son fundamentales para darle sentido e interés a los contenidos. Ayuda mucho prestar atención a los expertos (políticos, actores de doblaje, personajes públicos seductores, etc.) y realizar ejercicios de autoaudición para mejorar nuestras habilidades.

    Consideremos que hay personas que tienen un talento innato y sin esfuerzo consciente captan e incorporan a su propia forma de hablar, las técnica más eficientes que detectan en los demás. Sin embargo, no todos poseemos esas cualidades, pero sí que podemos compensarlas en buena medidas mediante un esfuerzo consciente y sistemático.
     
  • Es crucial termina las frases y las ideas durante nuestras intervenciones. A veces, mientras estamos desarrollando una idea, se nos cruza otra que consideramos más interesante y cortamos abruptamente nuestro discurso para reiniciarlo en otro punto distinto.

    Esta práctica denota inestabilidad mental, falta de fijación, ideas e intenciones poco claras y cambiantes, lo que nos convierte, por ese simple hecho, en un receptor/emisor de bajo nivel.

    Conviene habituarse a pensar por anticipado la idea que vamos a desarrollar, considerar si conviene exponerla, y si finalmente nos decidimos por salir a la palestra, pongamos toda la atención en expresarla con la mayor claridad y expresividad posible. Y tan pronto como la terminemos, guardemos silencio en lugar de recrearnos añadiendo vaguedades. Cada intervención nuestra sólo ha de contener una idea potente y clara y no una sucesión ilimitada de opiniones flojas y carentes de interés.

    De hacerlo así, nuestro interlocutor sacará la conclusión, basada en su propia experiencia, de que cada vez que tomamos la palabra, le convendrá callarse y escuchar con atención lo que vayamos a decir, sabiendo que será breve y que, por tanto, no tendrá que interrumpirnos para retomar la palabra.

    En este sentido, debemos acostumbrarnos a contar una historia o expresar una idea y callarnos. No enlazar una historia con otra hasta agotar la paciencia de nuestro interlocutor, como suele hacerse con frecuencia. Con esta conducta le estaríamos obligando a estar más atento a una pausa nuestra, para interrumpirnos y comenzar su perorata, que a lo que estamos diciendo.

    Una vez más, recordamos que una intervención normal debería estar en torno a los 30 segundos y no sobrepasar nunca los 2 minutos.

Cómo salir de la crisis económica

En los últimos años una nueva preocupación se ha instalado en la mente de los españoles, una preocupación que se alimenta día a día con la tertulias radiofónicas, la prima de riesgo, el IBEX 35 y las declaraciones de algún que otro gurú de las finanzas internacionales. 

Hablamos, naturalmente de la crisis económica, un fenómeno que no sólo amenaza a nuestra economía personal sino que también pone en riesgo de zozobrar al barco en el que hasta ahora habíamos navegado, sin poner en duda su solidez.

Ya no se trata, por tanto, de superar nuestros retos personales, sino que por primera vez en nuestras vidas, hemos tomado conciencia de que nuestro destino está indisolublemente unido al de España y al de Europa. 

Pero el problema que de verdad nos roba el sueño es que tanto España como Europa están sumidas en una tempestad económica de la que nadie está seguro de cómo salir.

Aunque es poco probable que en esta tertulia demos con la solución, no por ello renunciaremos a reflexionar sobre este trascendente tema en la esperanza de encontrar alguna luz que nos indique en qué dirección deberíamos navegar para mantenernos a flote, lejos de los afilados arrecifes del paro y la deuda.
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Yack:

Existen, al menos, tantas teorías sobre el origen de la crisis, sus causas y su solución como españoles pensantes. Y de todas esas teorías, creen una gran mayoría de ellos, la peor de todas es la que maneja el gobierno y sus más altos responsables económicos.

Pero este curioso fenómeno sociológico también se da en el fútbol y a estas alturas nadie se sorprende de que sea precisamente el entrenador de un equipo de fútbol el único que desconoce lo que ha de hacerse para ganar los partidos.

Este síndrome autocomplaciente forma parte inseparable de la condición humana y sírvanos este de excusa para proponer nuestra propia teoría, desde la tranquilidad moral que nos otorga el hecho de saber que no va a ser tenida en cuenta y, menos aún, llevada a la práctica, y que por tanto, podemos equivocarnos sin temor a causar daño alguno. Empecemos pues:

El origen de la crisis

¿De dónde viene la crisis? ¿Cuál es el origen?
Y por último: ¿quién o quiénes son los autores intelectuales de tamaño desaguisado?, si es que pertenecemos al nutrido grupo de los que buscan los orígenes en una insidiosa conspiración urdida por mentes perversas y maquiavélicas.

He aquí nuestra posición de entrada: Una sociedad avanzada, como es España, debe entenderse como un conglomerado hipercomplejo de personas, máquinas y recursos que interaccionan entre sí con el único fin de satisfacer los deseos y las necesidades de sus ciudadanos, hasta donde esto sea posible.

La mayoría de los bienes y servicios que se producen en una sociedad avanzada (digamos un 99%) son generados por las máquinas, y la mayor parte de la energía que mueve esas máquinas proviene del petróleo, el carbón, la energía atómica, los saltos de agua y, en menor cuantía, de otras energías alternativas.

Es decir, que los humanos sólo realizamos aquellas tareas (cada vez menos) que las máquinas aun no saben ejecutar, y en su realización solemos utilizar pequeñas cantidades de energía orgánica (pensar, teclear, rellenar impresos, atornillar, hacer la compra en el supermercado, desplazarnos al lugar del trabajo, etc.).

Y de lo anterior se sigue que la abundancia en la que vivimos (comparándonos con épocas pretecnológicas como la Edad Media o más remotas aún, como el Paleolítico) proviene de la interacción sinérgica entre máquinas, materias primas, energía e inteligencia. 

Entonces, si las materias primas y la energía no se han agotado y las máquinas siguen intactas, ¿dónde reside el problema? ¿qué causa la crisis económica? ¿por qué razón se producen periódicamente crisis en las economías avanzadas?

·      Contrariamente a lo que se suele creer, el origen de la crisis no hay que buscarlo en los políticos corruptos e incompetentes, ni en los codiciosos empresarios y ni siquiera en los malvados especuladores sino, como veremos enseguida, en una ancestral peculiaridad de la psicología humana.

Consideremos en primer lugar el hecho cierto de que la psicología básica de los habitantes del siglo XXI fue configurada y puesta a punto en épocas muy remotas. Épocas en las que no existían máquinas, combustibles ni tecnología avanzada más allá de sencillas herramientas de madera, piedra y hueso. 

En aquellos tiempos, el hombre se veía obligado a usar su fuerza muscular para extraer de la tierra el alimento que a duras penas le permitía sobrevivir, día a día, entre hambruna y hambruna.

En el entorno, escaso en recursos, en el que la especie humana se desarrolló, la norma básica de supervivencia era consumir durante los periodos de abundancia y ahorrar (consumir menos) en las épocas en que se sufría o se barruntaba escasez

Con la invención del dinero y la superación de la economía del trueque, se dio un gran paso hacia adelante para sentar las bases de una economía más próspera, basada en el intercambio rápido y fluido de bienes y servicios. 

Sin embargo, el dinero esconde en su interior una bomba de relojería que se activa cíclicamente, y que constituye la causa fundamental de las crisis financieras y monetarias que azotan periódicamente a las economías capitalistas más avanzadas.

El origen del problema hay que situarlo en el hecho de que cuando percibimos (o creemos percibir) el advenimiento de una época de vacas flacas, reaccionamos acaparando dinero, en lugar de trigo, carne en conserva o frutos secos, como se hacía antaño. 

La razón por la que acumulamos dinero en lugar de comida, hay que buscarla en el hecho de que confundimos el dinero, que sólo es papel, con un auténtico bien, como podría ser el trigo, el aceite o la carne ahumada. 

Pero, insistimos sobre este punto, porque es un concepto crucial para comprender la naturaleza de la crisis: el dinero no es un bien en sí mismo (aunque pueda parecérnoslo) sino una convención social que nos permite intercambiar bienes y servicios reales con mayor fluidez que la que haría posible el viejo sistema de trueque.

¡Atención a lo que sigue! Si en el seno de una sociedad basada en el dinero como medio de intercambio, un grupo mayoritario de ciudadanos presiente la llegada de un periodo de escasez, se activa automáticamente, en sus mentes paleolíticas, el modo "ahorro"

Este hecho crucial significa que, en lugar de continuar gastando su dinero (consumiendo) al mismo ritmo, activan la táctica del ahorro, es decir, de reducción del consumo, con el fin de afrontar la escasez que supuestamente se avecina. 

Y como respuesta inmediata a esta conducta, se produce una reducción del consumo de los bienes y servicios menos necesarios (relojes de oro, joyas, coches de lujo, restaurantes, viajes de placer etc.).

La consecuencia de la reducción masiva del consumo es que el sistema productivo se ve obligado a ralentizar su ritmo para acompasar la producción a la decreciente demanda. Pero la disminución del ritmo de producción tiene un efecto perverso: deja sin salario a muchos trabajadores, debido a que los ingresos de las empresas disminuyen como consecuencia de la política de ahorro de su clientela. Pero esto sólo es el comienzo de la crisis. 

A medida que se incrementa el número de parados, más se reduce el consumo y más aumenta la percepción de inseguridad en la población que aún conserva su empleo, lo que genera una espiral imparable de ahorro y de progresivo estrangulamiento del consumo y de la producción.

El resultado de este proceso circular es la formación de un ciclo de debilitamiento y frenado de la maquinaria económica cuyo efecto más grave es la generación de paro y pobreza. Y eso a pesar de que toda la maquinaria productiva sigue intacta, los trabajadores y los empresarios continúan interesados en incrementar la producción y las materias primas continúan disponibles.

Entonces, el conjunto de la sociedad, incapaz de comprender lo que está ocurriendo, en un intento desesperado de diagnosticar y dar solución a la crisis económica que se agrava día a día, pone en marcha un proceso de caza de brujas y de autos de fe. Se analiza con lupa la conducta de los individuos, de las empresas y de las instituciones públicas en busca de los responsables de la catástrofe. 

Inevitablemente se descubre corrupción, imprevisión, despilfarro y avaricia, e inmediatamente después, se inicia una cruzada contra los responsables y contra las estructuras involucradas.

En no pocos casos, la panoplia de acciones, castigos, persecuciones y reformas urgentes que se ponen en marcha, solo ayudan a desmantelar sistemas que funcionan y a sustituirlos por otros que son fruto de la improvisación y de modelos económicos trasnochados, que pueden agravar aún más la crisis al aumentar el caos, la inseguridad y la inestabilidad del sistema.

Y para empeorar aun más la situación, los medios de comunicación y los blogueros, en su afán de vender más o de aumentar el tráfico en sus tribunas digitales, buscan y publican las peores noticias, las amplifican y las distorsionan tanto como sea necesario para arrojarlas en las fauces insaciables de su clientela sedienta de sangre. Una clientela angustiada e indignada a partes iguales, que busca culpables en los que saciar su sed de venganza, comenzando por los poderosos que han caído a los pies de los caballos.

Es el momento perfecto para un ajuste de cuentas a gran escala que, en no pocos casos, ha degenerado en un baño de sangre multitudinario.

Pero no hay que dejarse seducir por la sugerente idea de que la crisis es responsabilidad de legiones de malvados especuladores y corruptos sin escrúpulos, y que la solución pasa por perseguirlos hasta darles su merecido. Y la razón de ello es que toda esa fauna ha existido siempre, tanto durante las crisis como en las épocas de prosperidad.

La auténtica razón de las crisis económicas en los países avanzados reside, en último término, en el acaparamiento de dinero y en el ahorro generalizado que se desata cuando la población "percibe" una reducción (real o imaginaria) en las expectativas de crecimiento y prosperidad.

Esta reacción en la dirección de reducir el consumo, que podría ser adaptativa en el seno de una economía preindustrial, se vuelve devastadora en una economía avanzada de corte occidental, basada en la producción sostenida de bienes y servicios no esenciales, generados en su mayor parte por máquinas y procesos industriales refinados.

Las economías occidentales son capaces de producir cantidades ingentes de riqueza con la única condición de que los consumidores mantengan o incrementen el ritmo de consumo, dado que el 99% del trabajo productivo lo realizan las máquinas y estas multiplican su capacidad día a día, al ritmo de los avances tecnológicos. 

Y además, y esta es otra clave para entender las crisis, una gran parte de la producción de las economías desarrolladas está dedicada a bienes y servicios completamente prescindibles (móviles de última generación, pantallas planas de alta definición o conciertos de rock) que facilitan una contracción rápida y significativa del consumo al menor signo de alarma. Es decir, los consumidores no reducen la cantidad de pan cuando aumenta la prima de riesgo, pero sí cancelan el viaje de vacaciones o la compra de un televisor inteligente de última generación.

Y si, como hemos visto, la razón última de la crisis económica mundial que estamos padeciendo es el retraimiento global del consumo, cabe preguntarse: ¿por qué se ha producido ese retraimiento?

La respuesta es similar a la que se daría a la pregunta ¿por qué, precisamente hoy, ha tenido lugar el alud de nieve o ha entrado en erupción el volcán?

En algún momento del pasado se produjo un pequeño cambio o un conjunto de pequeños cambios que, por casualidad, se combinaron y llegaron a crear un minúsculo decrecimiento puntual en un sector de la economía de EEUU.  

Esta reducción en las expectativas de crecimiento provocó un retraimiento preventivo del consumo sectorial que, a su vez, disparó algunas alertas macroeconómicas, lo que a su vez alertó a los omniscientes operadores del mercado especulativo que, anticipándose para evitar posibles pérdidas, retiraron inversiones a gran escala y sincronizadamente. 

En razón a la elevada conectividad y a los masivos sistemas de inteligencia artificial involucrados en la toma de decisiones en la economía actual, fuertemente interconectada a través de la Red, la situación se descontroló en muy poco tiempo. La desconfianza en el futuro se extendió como una mancha de aceite a Europa y a todos los países de economías avanzadas, dando lugar a una crisis mundial en toda regla, caracterizada por la reducción brusca del consumo y la consiguiente activación del peligroso ciclo de ahorro-paro.

La solución, desde esta perspectiva, parece obvia: inducir desde los Estados involucrados el cambio de las creencias pesimistas de los ciudadanos para que vuelvan a los niveles de consumo anteriores a la crisis, pero ¿cómo? 

El keynesianismo es una de las fórmulas más recomendadas (que no recomendables) para atajar el problema del estrangulamiento del consumo y de sus nefastas consecuencias.

La estrategia keinesiana prescribe que el Estado genere el monto de actividad económica que la ciudadanía ha reducido como consecuencia de la estrategia de ahorro que ha puesto en marcha. Y para conseguirlo, el Estado ha de seguir el procedimiento de auspiciar y financiar todo tipo de obras públicas tales como carreteras, infraestructuras, contratación de funcionariado innecesario, etc.

El objetivo de esta hiperactividad estatal es el de generar puestos de trabajo, pagar nuevos salarios y confiar en que los ciudadanos que reciben esos salarios incrementen el consumo y ayuden a restablecer el ritmo productivo anterior a la crisis. Sin embargo, esta estrategia no funciona por dos razones:
  • Los bienes y servicios que genera el Estado no son los que los consumidores demandan, por lo que, en realidad, no reactivan el consumo. La razón por la que el Estado no puede generar bienes y servicios demandados por los consumidores es porque si así lo hiciera, robaría puestos de trabajo a las empresas que aún siguen funcionando y en tal caso sólo conseguirían destruir puestos de trabajo en el sector privado que aun sobrevive, sin aportar nada positivo.
  • Los consumidores no volverán al ritmo de consumo anterior a la crisis hasta que vean con sus propios ojos que ha regresado la prosperidad real, es decir, que el futuro se ha vuelto prometedor y que ha llegado la hora de consumir y de arriesgarse a adquirir productos que no son estrictamente necesarios (un nuevo televisor, otro teléfono móvil de última generación, etc.).

    Y para que se produzca ese cambio en la mente de los consumidores, tienen que comprobar, por sí mismos, los signos reales de recuperación. Por ejemplo, que el vecino se compra un coche nuevo y se va de vacaciones, que las tiendas y los restaurantes están a rebosar, que sus hijos encuentran empleo y que nadie habla ya de crisis sino de prosperidad y de curvas de crecimiento generalizado. En pocas palabras, tienen que reconocer el paisaje característico de la prosperidad.
Otras alternativas para solucionar las crisis pasan por liberalizar la economía y dejar que sea el propio mercado quien arregle el desaguisado, pero el inconveniente de esta solución es que puede transcurrir demasiado tiempo hasta que se restablezca la prosperidad. Recordemos que la crisis no acabará hasta que la ciudadanía recupere su confianza en el futuro.

Y llegados aquí, debemos retomar nuestro modesto propósito que era, recordémoslo, sacar de la crisis a nuestro bendito país, España.

Pero comencemos nuestra titánica tarea haciendo un poco de historia para situarnos en el escenario actual. 

Establezcamos, en primer lugar, que la peculiar situación económica de España se explica, en parte, por un hecho nuevo que no había estado presente en crisis anteriores: pertenecemos a un club de países (la CEE) y compartimos con ellos una única moneda (el euro). 

Esto significa que no podemos aplicar las recetas keynesianas que recomiendan a los estados fabricar billetes con los que pagar los salarios de los trabajadores a los que ha contratado para realizar obras públicas innecesarias y de dudosa utilidad.

Recordemos que estos trabajadores "por decreto" no responden a una demanda real de la sociedad, sino que se les encomiendan trabajos que nadie necesita, y por lo tanto, no aportan valor real a la economía del país. Además, la ciudadanía en su conjunto, sigue rehacía a gastar su dinero en cualquier cosa que no sea estrictamente necesaria, aún en el caso de disponer de recursos suficientes.

Y si España no puede fabricar billetes, porque pertenece a la zona euro, el Estado se ve obligado a pedir prestado a otros países para pagar a esos trabajadores que ha contratado con el único fin de reactivar la economía estancada.

Esta fue la fórmula que aplicó Zapatero, y en su empecinamiento keynesiano acabó con las reservas monetarias del país y tras pedir prestado a todos los países europeos, nos endeudó hasta llevarnos a la quiebra y a la insolvencia. 

Cuando el crédito extranjero se agotó, dado que nadie se fiaba de prestarnos más dinero, Zapatero se vio obligado a dar por terminado el experimento keynesiano, pero para entonces habíamos acumulado una deuda gigantesca (que había que pagar con intereses) y un paro como jamás este país había conocido.

El inconveniente (o la suerte) de pertenecer a la CEE, impidió al gobierno poner a trabajar la máquina de fabricar billetes (pesetas) para continuar con el experimento keynesiano. Esta política probablemente nos habría llevado a una inflación descontrolada y a sucesivas devaluaciones de la peseta lo que tal vez nos hubiese conducido a un escenario aun peor del que ahora sufrimos.
Pero esto, como todo lo que no llega a ocurrir, es y seguirá siendo objeto de interminables polémicas teóricas en las que no vamos a detenernos.

Y volviendo a Zapatero, añadiremos que no pudo continuar con su táctica de crear empleo ficticio porque la máquina de fabricar billetes estaba en manos del Banco Europeo y sometida a controles muy estrictos. Y estas restricciones se habían establecido en la CEE para evitar que los países más endeudados, recurrieran al sencillo procedimiento de fabricar más euros para solucionar sus problemas de productividad, siguiendo el modelo keinesiano.
Y esto se comprende fácilmente si recordamos que el euro es la misma moneda en países tan diferentes como Alemania y Grecia. Si Grecia pudiera fabricar euros con la misma facilidad que antes fabricaba dracmas, el efecto de devaluación monetaria también lo sufriría Alemania, que no tiene problemas de productividad, de deuda ni de paro, porque los alemanes apostaron por la solución de trabajar más y mejor en lugar de aplicar las soluciones mágicas de Keynes, como hizo Zapatero jugando a aprendiz de brujo.

Volviendo a la crisis económica que padece España, cabe decir que se centra en dos aspectos fundamentales:
  • Una altísima tasa de paro que deja a muchos españoles sin ingresos suficientes para mantener un ritmo de consumo normal. Esta importante restricción del consumo, incrementa aún más el paro y potencia el temible circulo vicioso de menos consumo-más paro-más incertidumbre-menos consumo.
    Además, los ciudadanos que disponen de recursos, también se sienten inclinados a conservar en lugar seguro esos recursos en espera de mejores tiempos. Un ejemplo esclarecedor de lo dicho anteriormente se manifiesta en el hecho de que casi nadie, aún disponiendo de dinero suficiente para hacerlo, compra viviendas, dado que las expectativas apuntan a que los precios seguirán bajando.
  • Una deuda exterior gigantesca que hay que devolver con intereses y que al día de hoy sigue incrementándose. Esta deuda se ha producido como resultado de pedir préstamos a otros países con la vana ilusión de romper el círculo vicioso paro-ahorro, por el dudoso procedimiento de disparar las inversiones públicas, según el modelo keynes-Zapatero.

    Ahora ya sabemos con certeza que la solución keinesiana puesta en marcha por Zapatero no era buena y que además de haber incrementado el paro en lugar de reducirlo, ha agotado nuestra capacidad de endeudamiento, es decir, que nadie se fía de prestarnos más dinero porque no cree que se lo podamos devolver. Pero aún así, seguimos gastando más de lo que ingresamos, es decir, cada año nuestra deuda y los correspondientes intereses se incrementan aún más.
Y descrito ya el escenario actual de la crisis, consideremos algunas de las medidas que convendría aplicar en España para salir de nuestra particular crisis, aunque somos conscientes de que muchas de estas soluciones no son políticamente viables. 

Y con esto queremos decir, que de aplicarse, las fuerzas políticas y sindicales de izquierda tomarían la calle y extorsionarían al gobierno legitimo mediante sabotaje masivo para que no llevara a cabo estas medidas. Y no por razón de que les parecieran medidas inadecuadas, sino por todo lo contrario, es decir, porque temen que funcionen y eso acabe con sus escasas expectativas políticas, que dependen casi por entero, del nivel de malestar de la población.

Veamos, pues, esas medidas organizadas por temas:

Impuestos

En el imaginario colectivo, los ricos son los ciudadanos que ganan o poseen mucho dinero o bienes tangibles. 

Y dado que no es justo (según el imaginario colectivo) que haya individuos que acaparan cantidades desproporcionadas de la riqueza disponible, mientras otros apenas tienen lo necesario para sobrevivir, parece lógico y obligado, esquilmar continuamente a los ricos para redistribuir, entre los más desfavorecidos, el exceso de riqueza que acaparan.

De acuerdo con este modelo, los impuestos deben grabar a los que más ganan y aquí cabe recordar que el IRPF es un impuesto progresivo, pudiendo llegar a confiscar hasta el 56% del salario, cuando este rebasa los 300.000 euros al año.

Estos impuestos se emplearán en financiar los servicios que el Estado presta gratuitamente a los ciudadanos y en multitud de subvenciones y prestaciones de lo más variopinto que el Estado "estima" que conviene repartir según su propio criterio.

Pero enseguida veremos que este modelo de gestión de la riqueza adolece de graves errores que resultan, a la larga, contraproducentes para los intereses de la ciudadanía en su conjunto.

Consideremos que una sociedad, como sería el caso de España, genera anualmente una riqueza R (bienes y servicios) y que los ciudadanos C1, C2, C3...Cn, consumen esa riqueza en diferentes proporciones.

Provisionalmente, y a efectos de desarrollar la tesis con mayor claridad, llamaremos ricos a los que "consumen" mayor cantidad de bienes y servicios, con independencia de lo que ganen o posean

Además, definiremos "consumir" como destruir (comerse un kilo de caviar o de pan, por ejemplo) o usar (tener diez relojes de lujo en la mesilla de noche para cambiar de look cada día de la semana).

Ahora imaginemos dos ejemplos extremos que nos servirán para ilustrar nuestra tesis:
  • Un excéntrico millonario que posee 100 millones de euros en el banco, gana anualmente 2 millones de euros y, por ser un tacaño compulsivo, sólo consume 6.000 euros al año.
  • Un trabajador de clase media que no posee ningún patrimonio, gana 20.000 euros al año y consume exactamente esos 20.000 euros.
La pregunta que ahora trataremos de responder es: ¿quién de los dos ciudadanos debería pagar más impuestos? ¿Cual de ellos es más rico?

Recordemos que el trabajador de clase media consume 20.000 euros mientras que el supermillonario sólo consume 6.000 euros (tres veces menos).

En este ejemplo se aprecia con claridad que lo que se posee o lo que se gana no afecta al resto de ciudadanos españoles porque estas magnitudes sólo son billetes de papel, asientos contables en bancos, o bienes de producción, como por ejemplo, una fábrica de relojes, que destina su producción al resto de ciudadanos y no a su propietario.

Lo único que debe contar a la hora de redistribuir equitativamente la carga fiscal, ha de ser la cantidad de riqueza (bienes y servicios) que cada cual consume (destruye o acapara para uso propio) de la riqueza generada por el conjunto de la sociedad.

Naturalmente, debe darse un tratamiento diferente a un enfermo que consume un tratamiento médico costoso (algo obligado por las circunstancias) que a alguien que gasta su dinero en un coche de lujo, que representa un despilfarro innecesario que ha de asumir el resto de la sociedad. 

Si en lugar de un coche de lujo adquiriese otro que costase la quinta parte, la sociedad dispondría de esas cuatro quintas partes sobrantes para consumo sin que eso supusiese una diferencia significativa en prestaciones para el propietario-consumidor del automóvil. Tampoco un reloj de oro y diamantes, cuya utilidad es dar la hora, supone una ventaja relevante para el usuario respecto a un reloj de acero o incluso de plástico, 200 veces más económico.

Por otra parte, si esquilmamos a los ciudadanos que ganan más (porque son más productivos y generan más riqueza para la sociedad) estamos dándoles motivos para que trabajen menos, se trasladen a otro país con menos presión fiscal y oculten sus beneficios al fisco.

Si, además, gravamos con impuestos a las empresas en función de los beneficios que obtienen, estamos generando varios problemas graves:
  • Penalizamos a las empresas más competitivas y favorecemos a las menos eficientes, al reducir su carga fiscal.
     
  • Reducimos la competitividad de las empresas más eficientes y con ello lastramos su capacidad exportadora, estimulando con ello las importaciones, lo que provoca un aumento de la deuda externa.
  • Como efecto adicional, venderán menos, reducirán su actividad económica y tendrán que despedir empleados, lo que incrementará el paro.

Todos estos inconvenientes se reducirían o evitarían si se eliminaran los impuestos directos (por lo que se tiene o lo que se gana) y se sustituyeran por los indirectos sobre el consumo.

Y repetimos aquí que estos impuestos indirectos (IVA o similares) estarían tasados en función del nivel de lujo que supusiese cada tipo de recurso o servicio consumido. Por ejemplo, una barra de pan podría ser grabada con un IVA del 5% mientras que un coche de lujo lo sería en un 200%. 

Consideremos un caso diferente: Una vivienda destinada a alquiler no debería generar impuestos para el propietario, sino para el inquilino porque está siendo usada (consumida) por este y no por el propietario. A una segunda vivienda, sin embargo, sí se le impondría un fuerte impuesto, en función de su valor catastral, dado que estamos ante un claro ejemplo de despilfarro al ser usadas dos viviendas por un único propietario, cuando podría dar cobijo a dos familias por el mismo coste social.

La idea clave a tener en cuenta es que sólo se pagarían impuestos por el consumo (destrucción o uso personal de bienes y servicios) y el tipo aplicado estaría en función del grado de despilfarro que supondría en relación con el nivel medio de la economía del país. 

De esta manera, los impuestos al consumo tendrían un efecto disuasorio sobre el gasto suntuario y el despilfarro, que no es otra cosa que gastar los recursos sociales en bienes innecesarios (un collar de diamantes) o más costosos de lo necesario (un reloj de oro).

En resumen, gravemos el consumo en función del lujo que representa e ignoremos los ingresos de los individuos y de las empresas puesto que estos sólo son una medida de la cantidad de riqueza que han generado para el disfrute de la sociedad.

Esta forma de distribuir la carga impositiva atraerá inversión y empresarios, estimulará el trabajo productivo, evitará el fraude, reducirá la deuda y el paro y promocionará una mayor reinversión en los sectores productivos por parte de las empresas.

Adicionalmente, para optimizar el sistema impositivo, convendría grabar con mayores impuestos los artículos y servicios que importamos (electrónica de última generación, por ejemplo) y reducirlos en aquellos otros que se realizan en su totalidad en nuestro país (servicios turísticos, construcción, artesanía, etc.). En buena lógica, consumir productos de importación, supone un despilfarro en una economía con una fuerte deuda con el extranjero. 

En definitiva, de lo que se trata es de potenciar la actividad económica que utilice recursos del país y frenar el consumo de aquella que provenga del extranjero, con objeto de mejorar la balanza de pagos y el paro.

Una última observación: cuando se graba a un ciudadano rico, se suele pensar que se le está privando de parte de su inmensa riqueza y reutilizándola en servicios sociales gratuitos. 

Pensemos que los impuestos directos que pagan los ricos se detrae de sus inversiones en empresas productivas o del dinero que tienen depositado en cuentas bancarias. Pero, no debemos olvidar, que el banco invierte ese dinero en la economía productiva vía préstamos a empresas y particulares y al pagar sus impuestos, el rico reduce el saldo de sus cuentas bancarias y de sus inversiones en economía productiva. 

Es decir, que la recaudación que consigue el Estado a través de impuestos directos no se obtiene por el procedimiento de rebajar el consumo suntuario del rico, sino que se está extrayendo de la economía productiva (generando más paro y menos productividad) e inyectándolos, vía burocracia estatal, en subvenciones y servicios de dudosa utilidad y bajísima productividad.

Trabajo

Como herencia malsana del marxismo y de las diferentes teorías socialistas, la inmensa mayoría de los españoles siguen viendo al empresario como un explotador, egoísta y codicioso que abusa de una pléyade de trabajadores buenos y honestos, de acuerdo con el modelo de la Lucha de clases y de la explotación de la clase trabajadora por parte del empresariado.

Según este modelo, el Estado con la inestimable ayuda de los sindicatos, debe "proteger" a los desvalidos trabajadores para evitar, o al menos limitar, el abuso de poder que los empresarios ejercen sobre los asalariados, desde su posición de fuerza.

En respuesta a este modelo decimonónico tenemos una legislación extensa, compleja y costosa de aplicar que lastra la productividad de las empresas y disuade a muchos emprendedores de iniciar o continuar con su proyecto empresarial de creación de riqueza.

Un análisis objetivo de la realidad económica, definiría al empresario como alguien que tiene la visión necesaria para descubrir oportunidades de crear riqueza y la capacidad para poner su proyecto en marcha venciendo todas las fuerzas y dificultades que se oponen a su éxito, empezando por la competencia y terminando por la legislación laboral.

Idealmente, el mercado del trabajo debería ser tan libre como el de los tomates o el de las aspiradoras. El trabajador ofrece en el marcado laboral su trabajo, sus conocimientos y su tiempo, y el empresario acude al mercado para adquirir ese servicio laboral, pagándolo al precio de mercado, es decir, acordando libremente con el trabajador unas condiciones de intercambio libremente propuestas y aceptadas por ambas partes tras un proceso de negociación.

En un mercado libre de trabajo, los salarios aumentarán cuando crezca la demanda de trabajo y bajarán cuando la oferta se reduce, de igual manera que los tomates suben de precio cuando aumenta el diferencial demanda- oferta y bajan cuando se reduce, al margen de que el productor pierda o gane dinero en su negocio de explotación agrícola.

Si se aplicaran al mercado de los tomates los mismos principios que rigen el mercado laboral, cuando hubiese un exceso de tomates, en lugar de bajar los precios, el Estado obligaría a mantener el precio y el resultado sería que gran parte de la cosecha se pudriría en los estantes (el equivalente del paro).

Volviendo al mercado laboral, si un empresario no ofrece buenas condiciones a sus trabajadores, estos se irían a otra empresa de la competencia que les ofreciera contratos más ventajosos. Para evitarlo, los empresarios que ofrecen los salarios más bajos, se verían obligados a subirlos. Es lo mismo que ocurre de manera pública y notoria con el salario de los jugadores de fútbol en relación con los clubes.

Por otro lado si el trabajador no realiza bien su trabajo, el empresario lo sustituye por otro más eficiente, y como resultado de este proceso, se conseguiría que los buenos trabajadores reemplazaran a los más ineficientes y con ello se incrementaría la productividad, lo que aumentaría la generación de riqueza y la exportación, con el consiguiente incremento de los puestos de trabajo y la reducción de la deuda.

Y este simple mecanismo de despido libre, tiene el efecto benéfico de que los trabajadores despedidos se dirijan hacia los sectores económicos en expansión, que es donde existe mayor demanda, y abandonen aquellos otros en declive, en lugar de luchar por la conservación a toda costa de sus obsoletos puestos de trabajo. 

También motivaría a los trabajadores a formarse mejor para desempeñar aquellos trabajos donde existe más demanda en lugar de atribuir la culpa de sus males al Estado o a los empresarios.

Si dejáramos que los salarios se estableciesen libremente, habría trabajo para todos, aunque se cobrara menos. Pero si los salarios disminuyen, los bienes y servicios que generan las empresas serían más baratos, lo que facilitaría la exportación y se reduciría la deuda que pesa sobre la economía española. 

También a los propios españoles les sería más fácil adquirirlos, lo que compensaría en buena la reducción del salario, contando además con que el Estado tendría que pagar menos desempleo y, por tanto, podría reducir la presión impositiva sobre los ciudadanos que aun conservan su empleo.

Por el contrario, mantener salarios artificialmente altos mediante huelgas, extorsión sindical y leyes para regular el mercado, sólo genera paro, nos resta competitividad y lo único que se consigue es que sólo una parte de la población pueda trabajar. Además este afortunado sector tendrá que mantener con su esfuerzo a la legión de parados que no encuentran trabajo por razón de esa legislación "protectora". 

La mejor protección para un trabajador es un mercado libre en el que pueda encontrar y elegir trabajos, entre una amplia oferta, que se adapten a su capacidad y vocación.

En el supuesto de que hubiese una grave crisis económica y se generase paro coyuntural, pese a la liberación total del mercado laboral, el Estado prestaría a los parados una cantidad razonable para subsistir hasta que encontrasen un nuevo trabajo, momento en el cual comenzarían estos a devolver lo recibido en forma de una pequeña cuota que no incidiera significativamente sobre su economía doméstica. 

De esta forma, se acabaría con todo el fraude que envuelve al subsidio de desempleo y dejaría de ser un incentivo para que el trabajador rechace las ofertas de trabajo mientras disfruta de la prestación por desempleo, como ahora ocurre en un alto porcentaje de casos. En la actualidad muchos trabajadores se toman el paro como unas larguísimas vacaciones pagadas o como un suplemento a lo que ganan en la economía sumergida.

Y en cuanto a los sindicatos, cuya función es extorsionar a los empresarios, al gobierno y a la ciudadanía, so capa de defender a los trabajadores, habría que retirarle todo tipo de privilegios y subvenciones, dejándolos subsistir con el dinero de sus afiliados.

Por otra parte habría que promulgar una ley de huelga que acabara con la patente de corso con la que los sindicatos violan la ley, amenazan y extorsionan a los trabajadores, a los empresarios, a la ciudadanía y al Estado, investidos de una impunidad sacrosanta sustentada en el falso paradigma de que ellos están de parte de los trabajadores en la sempiterna Lucha de clases, según reza la desacreditada teoría marxista.

Adicionalmente, desde el Estado debe alentarse, a través de la legislación y de la estructura impositiva, los trabajos que cumplan estas condiciones:
  • Realizados por españoles, porque dar trabajo a inmigrantes no soluciona el problema del paro en España, sino que lo agrava, y además buena parte del salario que perciben los inmigrantes lo envían a los países de origen, impidiendo así que revierta en el bienestar de los españoles.
     
  • Que utilicen materias primas, tecnologías y conocimientos que están disponibles en nuestro país. Evidentemente no es igual de productivo para España vender un automóvil de importación, aunque se creen puestos de trabajo en el concesionario de la marca, que si el automóvil está diseñado y fabricado íntegramente en España. Para conseguir este objetivo, sería buena política reducir el IVA de aquellos productos en los que España es productor destacado e incrementarlos en los que somos importadores netos.
También la rebaja sustancial de impuestos a la empresa repercutiría en hacer más competitivos los productos españoles en relación con sus alternativas importadas.

Educación

La educación de la ciudadanía constituye uno de los aspectos más importantes y a un tiempo más descuidados e ineficientes en España. Nuestra sugerencia es que la educación debería replantearse desde los siguientes postulados:
  • Sólo debe enseñarse en la educación básica lo que resulta útil para la vida cotidiana, puesto que lo que no cumple esa condición, resulta difícil de aprender y se olvida a los pocas semanas o meses de haberlo aprendido. ¿quien recuerda la regla de Ruffini o las leyes de Kirchhoff?
  • Enseñar a los alumnos a comportarse socialmente, a dialogar y a expresarse con claridad y eficacia tanto en lenguaje hablado como escrito. Aprender bien el idioma español y el inglés y dejar a la iniciativa y financiación de los padres el aprendizaje de otros idiomas autóctonos o extranjeros de poca o nula utilidad.
  • En la formación profesional, el Estado debe proveer sólo las plazas que el mercado demande, tanto en carreras universitarias como en maestrías y oficios. Para seleccionar a los candidatos que optarán a ocupar las plazas disponibles, además del historial académico, deberían efectuarse exámenes de actitud y aptitud, a fin de evitar la entrada en la universidad y en la formación profesional de malos estudiantes sin motivación y sin talento, condenados al fracaso. Como alternativa a este modelo público, estarían las universidades privadas en las que los alumnos tendrían que pagar íntegramente el costo de la educación si bien podrían elegir la profesión que prefiriesen.
  • Erradicación total de la religión en las escuelas y centros de enseñanza financiados por el Estado, ya que todas las religiones representan un modelo falso de la realidad y los centros públicos sólo deben enseñar conocimientos ciertos y comprobados.
    La religión quedaría restringida al ámbito privado y su enseñanza, financiada íntegramente por los padres, aunque supervisada y controlada por el Estado para evitar sesgos ideológicos que atenten contra la constitución española y los derechos humanos.
     
  • Proporcionar a los alumnos un modelo sencillo pero profundo de la realidad en la que viven, facilitándoles el conocimiento y uso práctico de técnicas efectivas para indagar, valorar, discriminar lo falso de lo cierto, identificar el fraude, juzgar y calificar artículos de opinión, evaluar la fiabilidad de la información, etc.
  • Disponer de textos y material didáctico, idénticos para todos los alumnos españoles sin distinción de localidades ni regiones, así como de un programa sincronizado en todos los centros de enseñanza para facilitar a los alumnos el cambio de centro.
    Por otra parte, al exigir un temario específico y común en toda España, se acabaría con la arbitrariedad de profesores que imparten sus propias teorías y creencias, en muchos casos, demenciales. Lo ideal sería que este programa general se basase en las directrices de la CEE para evitar que cada nuevo partido que accede al poder cambiase los contenidos para adaptarlo a su ideología política y a sus intereses particulares.
  • Revalida oficial para todas las titulaciones. Así, aunque existiesen muchas universidades, institutos o escuelas privadas, sólo se obtendría el título oficial si se superan unas pruebas de reválida gestionadas por un cuerpo independiente de Examinadores del Estado. De esta manera se evitaría el fraude que tiene lugar cuando estas empresas de enseñanza privada emiten titulaciones fáciles de conseguir. Esta política genera una ciudadania mal preparada que no puede desenvolverse en un mercado internacional más competitivo y cualificado.
     
  • Prácticas reales en empresas, combinadas con los estudios académicos para obtener profesionales cualificados y con experiencia real que puedan incorporarse inmediatamente a sus puestos de trabajo.
Empresa

El Estado graba a las empresas con diferentes tipos de impuestos y gravámenes al tiempo que les concede toda clase de subvenciones, reducciones, incentivos y ayudas condicionadas a múltiples factores arbitrarios. 

Esta permanente tentación del Estado por asumir el papel de un ser omnisciente y sabio, sólo contribuye a distorsionar gravemente el proceso productivo, haciéndolo más costoso y menos eficiente y competitivo.

Al subvencionar a una empresa, ya sea para que ponga en marcha programas de investigación, para que renueve la maquinaria, para que contrate a más empleados, para que adquiera vehículos de empresa o para que sus directivos asistan a simposios en un país remoto, sólo se consigue que el empresario modifique su estrategia empresarial para obtener más subvenciones y pagar menos impuestos. 

El único objetivo de todo empresario debería ser el de concentrar toda su atención en producir más bienes o servicios con menos, es decir, aumentar la productividad de su empresa.

Por otra parte, se carga sobre las empresas elevados costes relacionados con sus empleados, como por ejemplo, el pago de una parte de la seguridad social, enfermedad, embarazos, así como fuertes indemnizaciones en caso de despido, además de aumentos automáticos de salario recogidos en los convenios laborales. Recordemos que los convenios laborales son obtenidos mediante extorsión y amenaza sindical amparada por la ley.

El resultado de estas imposiciones arbitrarias es que el empresario ve reducida su capacidad para optimizar el funcionamiento de su empresa, al no tener libertad para renovar la plantilla en función de la capacidad y actitud de cada trabajador. 

Otra consecuencia grave de esta política intervencionista es que el empresario se vuelve reacio a contratar a más personal desde el momento en que le resultará difícil y costoso despedirlo si así lo aconsejaran las circunstancias. 

Esta situación da lugar a un fraude generalizado, a acuerdos secretos entre empresarios y trabajadores, a despidos amañados y a múltiples figuras delictivas que no se darían si el Estado dejara de intervenir en las relaciones laborales y confiara en el libre juego de las leyes de mercado.

Entonces, y según esto, la solución que volvería más competitivas las empresas españolas, propiciando así la exportación (reducción de la deuda y del paro) y el consumo interno (menos paro), pasaría, idealmente, por eliminar todas las ayudas a la empresa y, al mismo tiempo, todos los impuestos y gravámenes que pesan sobre ella.

En resumen, las empresas deberían tener libertad para contratar y despedir a sus trabajadores libremente, sin indemnizaciones y a establecer libremente los salarios, con la única obligación de cumplir las cláusulas que se hubieran suscrito libremente entre las partes en el momento de la firma del contrato. 

Es lo que ocurre, por ejemplo, en el mercado de futbolistas, un mercado transparente a la curiosidad de la ciudadanía, que se rige por este tipo de contrato libre, sin condicionantes legales.

Con este modelo de contratación, las empresas se quedarían con los trabajadores más productivos (como ocurre en los equipos de fútbol) y los salarios se establecerían en función de la demanda y de la productividad en cada sector. 

En aquellos sectores productivos dónde se requiriesen más trabajadores el salario subiría y en aquellos en los que sobrasen, bajaría, que es la forma en la que el mercado regula y distribuye automáticamente los recursos para optimizar el rendimiento del conjunto de la economía.

Con esta política, disfrutaríamos de pleno empleo y de una mayor volatilidad laboral, lo que facilitaría que cada trabajador encontrase el mejor de los trabajos posibles en función de sus deseos, facultades, motivación y ubicación geográfica y a resultas de ello, disfrutase de una mayor satisfacción personal y de mejores emolumentos.

En cuanto a los ingresos que el Estado obtiene grabando la actividad empresarial, se compensarían al retirar las múltiples subvenciones a las empresas y al eliminar la costosa maquinaria burocrática que se emplea en inspeccionar, juzgar y castigar a los empresarios que caen en la tentación de defraudar al Estado. 

El déficit que pudiese producirse en la recaudación neta, se cubriría con el incremento de la recaudación por impuestos indirectos sobre el consumo.

Autonomías

Las autonomías surgieron en la España democrática para satisfacer las exigencias de políticos separatistas (principalmente catalanes y vascos) pensando, ingenuamente, que así se integrarían en el nuevo régimen constitucional y le darían mayor legitimidad.

Transcurridas varias décadas, hemos podido constatar que esta estrategia no sólo no alcanzó el objetivo de legitimar la Constitución a los ojos del separatismo, sino que ha supuesto un inmenso costo para todo el país, en ineficiencia, abusos, injusticia, corrupción y despilfarro.

Adicionalmente se ha inducido un enfrentamiento entre los ciudadanos españoles como consecuencia de organizarlos en supertribus autonómicas con identidad e intereses propios que odian, envidian y desprecian al resto de comunidades. 

Y lo peor es que se trata de una tendencia que crece día a día y necesariamente nos lleva hacia una disgregación explosiva que menaza con convertir a España en un grupo de estados minúsculos en conflicto permanente.

La solución obvia para este problema pasa por frenar y dar marcha atrás al proceso autonómico-separatista, mediante una legislación inteligente y sin complejos, formalizando pactos de estado entre las fuerzas políticas hegemónicas no separatistas y retirando progresivamente las competencias que por imprevisión e irresponsabilidad se les cedieron a las autonomías.

Sólo haciéndolo así, España podría recuperar la paz social y acabar con el chantaje permanente de políticos que trabajan para perjudicar a un país que odian por el simple hecho de que se opone a sus alucinaciones separatistas.

Es una tarea difícil que requerirá años pero que convendría iniciar ya, comenzando por la recuperación para el Estado central de la competencia educativa con el fin de eliminar el sesgo separatista que se introduce en las mentes vulnerables de los escolares hasta convertirlos en nacionalistas irreductibles.

El desmantelamiento progresivo de las autonomías reduciría el peso insoportable de un funcionariado sobredimensionado, redundante, con escasa o nula utilidad y poco eficiente, aliviando el gasto desaforado del Estado. 

Al mismo tiempo se transferirían trabajadores desde áreas redundantes e innecesarias de la administración pública a la economía productiva, reduciendo así el déficit público y haciendo más competitivo al conjunto del país.

Inmigración

En primer lugar, cabe señalar que existen tres tipos de inmigrantes: 
  • Los inmigrantes legales que son ciudadanos de los países de la CEE.
     
  • Los ciudadanos que proviniendo de países no comunitarios entran en España legalmente.
     
  • Aquellos otros a los que llamaremos "ilegales" que han entrado ilegalmente en España o bajo el subterfugio de una estancia transitoria para hacer turismo y se han quedado definitivamente, incumpliendo fraudulentamente su compromiso.

El fenómeno de la inmigración crea problemas a medio y largo plazo en la medida que los inmigrantes vienen acompañados por proyectos e intereses que no siempre son compatibles con los intereses y creencias de los españoles.

Los inmigrantes europeos, por razón de convenios con la CEE tienen derecho a establecerse y trabajar en nuestro país, aunque eso no signifique que haya que aceptarlos si no tienen un trabajo o una fuente de ingresos legal con la que puedan mantenerse. En muchos casos vemos a ciudadanos de países comunitarios dedicados a la mendicidad o a actividades ilegales cuando no delictivas.

Los únicos inmigrantes no europeos que cabria aceptar son aquellos que procedan de una cultura compatible con la nuestra (hispanoamericanos, por ejemplo), que sean jóvenes, disfruten de buena salud, no traigan familia con ellos, sean buenos profesionales en la especialidad que se demanda, y su estancia sea transitoria, hasta que cumplan el contrato que los ha traído aquí.

Todo extranjero que esté en situación ilegal en España debería ser devuelto a su país de origen, sin excepción alguna, porque sólo así se conseguirá que España deje de ser un destino preferente para las mafias que controlan el tráfico ilegal de seres humanos.

Es fácil comprender que cuanto mejor trato se dispense a los inmigrantes ilegales, más se incrementará su número y que, en la medida en que se obstaculice la legalización de los inmigrantes ilegales, antes se acabará con la lacra de la inmigración ilegal.

Por supuesto, cualquier inmigrante, legal o ilegal, que cometa alguna infracción de la legislación española debe ser expulsado inmediatamente, después de cumplir la condena a que hubiera lugar. De esta forma se frenaría la entrada masiva de delincuentes internacionales que se afincan en España pese a su largo historial delictivo, atraídos por la permisividad de nuestra legislación.

No tiene sentido alguno aceptar trabajadores extranjeros teniendo aquí millones de españoles en paro. Por otra parte, en no pocas ocasiones, los parados que cobran subsidio de desempleo se niegan a trabajar, y se hace necesario ceder a trabajadores extranjeros los escasos puestos de trabajo disponibles.

Para evitar esta situación absurda habría que convertir el subsidio de paro en un préstamo a devolver y sustituir plazas universitarias sin salida laboral por plazas de aprendizaje de oficios y maestrías que se adapten a las necesidades del mercado laboral actual y futuro. 

El hecho de contar con más universitarios de los que la economía puede absorber, se convierte en un problema desde el momento en que muchos de estos universitarios frustrados se niegan a ocupar puestos laborales que ellos consideran de menor categoría. 

Sin embargo, el hecho cierto es que al existir más títulos universitarios de los que la economía demanda, estos carecen de valor real más allá de las ilusiones de sus titulares.

La solución obvia es que las universidades públicas sólo ofrezcan el número de plazas que la economía demanda, desviando al resto de aspirantes hacia plazas de formación no universitaria en los distintos oficios y maestrías que requiere y demanda la economía del país.

Vivienda y construcción

Una de las teorías más difundidas y afincadas entre los españoles, tanto en políticos, economistas y ciudadanos de a pie, es la de que somos víctimas de la explosión de una superburbuja inmobiliaria, que se originó por la codicia desmedida de los especuladores.

En realidad, la auténtica historia de lo que aconteció con el próspero negocio inmobiliario fue que en Estados Unidos se inició una crisis financiera (falta de confianza en el futuro) que se contagió rápidamente a todos los países avanzados del planeta. 

Como consecuencia de este contagio, el entramado económico de cada país se ha visto afectado en función de sus características y circunstancias particulares.

En España, de no haber aparecido la supercrisis financiera mundial, el precio de la vivienda se habría estabilizado durante un periodo de tiempo y después hubiese vuelto a experimentar nuevas subidas como ha venido sucediendo desde hace muchos lustros, en respuesta a las fluctuaciones de la oferta y la demanda.

Sin embargo, en esta ocasión, la aparición de una supercrisis mundial, provocó una brusca caída en la demanda de compras y alquileres de viviendas por parte de los ciudadanos europeos, que inició una caída lenta de precios. 

Esta caída de precios frenó en seco la adquisición de nueva vivienda en España e incentivó la caída de precios en las viviendas que ya estaban a la venta, como consecuencia de la lógica prevención de los compradores ante la perspectiva de un mercado a la baja. 

Adicionalmente, el aumento brusco del paro hizo que muchas hipotecas dejaran de pagarse y se sacaran a subasta un considerable número de nuevas viviendas que saturaron aún más la oferta.

Todos estos procesos concurrentes que se reforzaban mutuamente, en el seno de una supercrisis mundial, tuvo el efecto inimaginable de dar la vuelta a la evolución del precio de la vivienda provocando, por primera vez en la historia, una descenso continuado y sostenido durante varios años.

Las previsiones especulativas de los potenciales compradores de viviendas, que antes de la crisis se concretaba en la creencia de que comprar viviendas era una manera segura de obtener grandes beneficios, se transmutó en su contraria, es decir, en que la compra de una vivienda era sinónimo de pérdidas millonarias.

En pocos meses, los españoles sustituyeron su inamovible creencia de que la inversión en ladrillo era la más segura y rentable, por la de que ésta era la más arriesgada y ruinosa. 

Y esta nueva creencia, no cambiaría hasta que se invirtiera la tendencia bajista de los precios, lo que creaba un círculo vicioso que se retroalimentaba sin que nadie supiera cuando se iba a detener.

Pero, aclarada la naturaleza de la crisis del ladrillo, nos queda por averiguar cómo salir de este bucle infinito que está devorando a nuestra economía y despojando a muchas familias de sus viviendas. Viviendas que pasan a engrosar el stock de pisos vacíos, que arruinan a los bancos y pone contra las cuerdas a la economía del país, además de ser una de las causas más importantes del paro, dada la importancia del sector económico vinculado a la construcción.

La clave para salir de esta situación pasa por conseguir, cuanto antes, que el precio de la vivienda toque fondo, momento en el cual, los potenciales compradores de viviendas tomarán la decisión de comprar. Los nuevos compradores estarán constituidos por aquellos que desean adquirir la vivienda para formar una familia o para independizarse de sus padre o de su pareja y también por los que buscan una inversión segura y rentable para sus ahorros. 

Todos ellos se lanzarán al mercado para posicionarse ventajosamente al comienzo de una subida histórica que sin duda se producirá con fuerza después de una caída tan drástica y prolongada como la que ha experimentado el precio de la vivienda en España.

Para propiciar la llegada de esta situación de cambio de signo y así reactivar el mercado inmobiliario, y con ello abrir una vía formidable de creación de riqueza en nuestro país, habría que aplicar las siguientes normas:
  • Reducir la construcción de nuevas viviendas por todos los medios posibles. Este objetivo se podría alcanzar, por ejemplo, dificultando la concesión de nuevas licencias e imponiendo fuertes tasas e impuestos a la construcción de vivienda nueva. La razón de esta política restrictiva está en el hecho de que cuanto antes se agote el stock de viviendas vacías, antes se iniciará la subida de precios. La construcción de vivienda nueva en la actual situación sólo ayuda a retrasar la llegada del cambio de tendencia hacia el alza en la actual evolución de los precios.
     
  • Sacar a la venta, como vivienda social protegida, los stock de viviendas a cargo de los bancos y de las constructoras, con el fin de acabar con las existencias de viviendas vacías, que son las que impiden que el precio toque fondo.
  • Derruir edificios de viviendas en mal estado y trasladar a los inquilinos a bloques de viviendas desocupadas. Con esta estrategia reducimos el stock de viviendas, saneamos el parque inmobiliario y creamos puestos de trabajo en el sector de la construcción.
     
  • Realizar inversiones en infraestructuras, embellecimiento y restauración de zonas turísticas para atraer e incrementar la llegada de turistas. Esta estrategia atrae más divisas y euros hacia el país, reduce el déficit, y crea puestos de trabajo con personal y materias primas autóctonas.
En resumen, cuando se acabe con el stock de viviendas, se iniciará una fuerte y sostenida subida de precios, que reactivará la economía, reducirá el paro, atraerá capital foráneo y nos ayudará a salir con fuerza de la crisis.

Y llegados aquí, y aun a sabiendas de que el análisis ha sido somero e incompleto, tenemos que dar por terminada esta receta apresurada en la esperanza de que, si no le convence, al menos invite al lector a elaborar o enriquecer su propia teoría sobre la crisis.