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La política y el ciudadano medio

La política es el arte de gobernar a los seres humanos y suele ejercerse por parte de los líderes políticos. En esta tertulia nos plantearemos la política desde el punto de vista del gobernado, tratando de contestar a cuestiones como estas:

¿A quién se debe votar en las elecciones?
¿Qué puede hacerse cuando estamos en desacuerdo con la actuación del gobierno?
¿Cuál es la esencia de la democracia?
¿Qué es más decisivo en el bienestar de una comunidad: sus políticos o su ciudadanía?
Tal vez, y esa sería nuestra esperanza, en la búsqueda de respuestas a estas preguntas, consigamos revisar nuestras creencias y tomar conciencia de los cambios que tendríamos que realizar para ejercer con mayor eficiencia nuestro papel de ciudadanos.
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Yack:
Aunque existe unanimidad en la creencia de que la democracia requiere una ciudadanía bien formada, las opiniones divergen a la hora de describir qué se entiende por una ciudadanía bien formada.
En lugar de caer en el tópico de recomendar la formación en valores de un electorado asilvestrado por la televisión basura, voy a tratar de aportar algunas sencillas recomendaciones para el votante bien intencionado que sólo aspira a utilizar su voto para mejorar su país y hacerlo más habitable.
Veamos, en primer lugar, los tres errores conceptuales que hacen que un país democrático funcione mal.
  • No se respeta al gobierno electo.
  • No se vota al mejor programa político, sino al partido menos malo que puede ganar las elecciones.
  •  Se sigue votando a un partido que ha sido incapaz de mejorar la situación, por el simple hecho de que nos cae simpático o coincide con nuestras teorías políticas.

A continuación profundizaremos en la descripción de estos tres errores al tiempo que planteamos la actuación correcta para escapar de sus nefastas influencias sobre nuestro país:
Respetar al gobierno electo
La democracia es un sistema de gobierno que consiste en dejar que sea el pueblo quien elija, mediante elecciones libres, a sus gobernantes cada cierto tiempo. Pero esta prerrogativa implica el necesario acatamiento de las decisiones que tome el gobierno electo durante el periodo que dura la legislatura.
El error en el que incurre la mayoría de los ciudadanos y organizaciones políticas es creer que se puede presionar al gobierno electo para que haga o deje de hacer lo que a cada uno interesa. Es decir, que las elecciones sólo son una oportunidad para conquistar el poder, pero si no se gana en las elecciones, se puede seguir haciendo política activa mediante actos de sabotaje tales como huelgas, manifestaciones, bloqueo de carreteras, etc.
El problema es que este tipo de extorsiones, protagonizadas principalmente por los sindicatos, que son organizaciones mafiosas al servicio de las ideologías de izquierdas, impiden al gobierno poner en práctica su programa, que es el que ha sido elegido mayoritariamente. La extorsión no sólo se produce contra el gobierno, sino contra los ciudadanos que han elegido democráticamente un programa determinado y a unos gestores políticos para llevarlo a cabo.
Si queremos una democracia y no una dictadura del proletariado, lo primero que tenemos que tener claro es que hay que dejar al gobierno las manos libres, con la única restricción que impone la Constitución y la legislación vigente, y de eso debe encargarse el poder judicial y no el ciudadano convertido en juez y parte.
El ciudadano, una vez terminadas las elecciones, debe concentrarse en hacer bien su trabajo y respetar escrupulosamente las leyes. Si considera necesario denunciar alguna situación que él juzga injusta, debe hacerlo a través de los cauces legítimos y no recurrir en ningún caso a acciones basadas en la coacción.
En este sentido, los sindicatos se creen en el derecho y hasta en el deber de extorsionar a los ciudadanos y al gobierno mediante huelgas estratégicas que pongan en peligro el funcionamiento del país. Los sindicatos son la principal estructura de extorsión y sabotaje contra los gobiernos elegidos democráticamente (especialmente de derechas) y el ciudadano honesto, debería ignorar sus consignas y no contribuir a su mantenimiento o apoyo.
Votar al programa político más acorde con nuestras aspiraciones
Un error muy común del votante es dirigir su voto a alguno de los partidos que tienen opciones de ganar, pensando que así conjura el peligro de que gane el partido mayoritario que menos le gusta. Es decir, elije la opción menos mala que tiene posibilidades de ganar.
Teniendo en cuenta que un voto no va a cambiar el resultado electoral, el votante debe considerarse libre para votar la mejor opción para él, con independencia de que tenga o no opciones de ganar. Concretamente debe votar el programa que considere más eficaz para mejorar la situación de su país.
Si vota al partido menos malo, está validando su política y no habrá cambios porque los dirigentes políticos cuentan los votos y de ahí deducen qué es lo que quiere su electorado.
En el caso de España, por ejemplo, los únicos partidos que pueden ganar las elecciones son el PP y el PSOE. Si votamos a alguno de estos dos partidos como mal menor, estamos enviándoles el mensaje de que lo están haciendo bien y de que persistan en su línea actual.
Si consideramos que el programa político del PP o del PSOE no va a solucionar, ni de lejos, la problemática de nuestro país, deberíamos leer los programas políticos de todos los partidos que concurren a las elecciones, sin importar lo minoritarios que puedan ser, y votar al programa que nos parezca mejor.
Con este método no malgastamos el voto, sino todo lo contrario. Votando un programa estamos enviando a los políticos, a todos los políticos, un mensaje claro de lo que deseamos para que, en las próximas elecciones, se desplacen en la dirección de los votos. Los políticos son, por encima, sensibles a los votos, porque son lo que necesitan para llegar al poder.
El poder del elector está precisamente en votar el programa que él quiere y no en elegir entre la exigua oferta que le hacen los partidos con posibilidades de ganar.
Si afirmamos con nuestro voto lo que queremos, podemos estar seguros de que los políticos, migrarán hacia ese lugar. Es como si estuviésemos en un estanque lleno de pirañas. Si echamos la comida donde están las pirañas no se moverán, pero si la arrojamos en un lugar diferente, las pirañas de desplazarán allí guiadas por el aroma de la comida.
Votemos a los programas, haciendo abstracción de todo lo demás. Ignoremos circunstancias tales como que los partidos minoritarios carecen de equipos solventes y eficaces. En la medida que un partido se acerque al poder, los cerebros más brillantes del país acudirán a él para ofrecerles sus servicios y cuando finalmente accedan al poder, tendrán el nivel requerido para hacer una buena gestión.
Así que, votemos programas y cambiaremos la sociedad.
No seguir votando a un partido que ha sido incapaz de mejorar la situación, por el simple hecho de que nos cae simpático o coincide con nuestras teorías políticas
En el mecanismo de la evolución, la selección natural no se preocupa de interpretar por qué una especie o un individuo ha fracaso. Se limita a castigarlo (privándolo de continuidad) si no ha cumplido con las expectativas que se habían depositado en él o en ella.
La naturaleza no juzga las razones por la que un individuo ha fracasado, ya sea por mala suerte, por falta de apoyo, porque el ambiente no ha sido apropiado, etc. Simplemente lo elimina si no ha triunfado, o le renueva su confianza si ha alcanzado la meta.
Esta es la sencilla pero eficaz estrategia que debe seguir un votante en relación con el partido gobernante, en el caso de que fuese el que votó en las anteriores elecciones.
No deben buscarse explicaciones justificativas del fracaso. Siempre podremos hallar razones que exculpen a nuestros políticos favoritos. La oposición, la mala suerte, la acción de los sindicatos, la crisis mundial, etc. pueden convencernos de que el partido gobernante no es el responsable del empeoramiento de la situación.
Lo único que debe decidir nuestro voto es la constatación objetiva de si durante la legislatura ha mejorado o no la situación. Si percibimos mejoras reales en la situación del país (empleo, salarios, seguridad, justicia, etc.) volvamos a votarlo. Si el partido en el gobierno no ha conseguido ninguna mejora real, busquemos otro partido al que votar.
Un buen político debe ser capaz de mejorar la situación que encuentra al comenzar su mandato, en cualquier situación posible, porque esa sería su necesaria y mayor virtud: Ser capaz de integrar todos los factores relevantes y encontrar un camino compatible con su programa que lo lleve a una mejora real de la situación. Si no lo consigue es que no es un buen político o que su programa es incompatible con la realidad social.
En este sentido hay que tener en cuenta que un programa puede funcionar en un país y no en otro. El votante debe plantearse también la posibilidad de que el programa que él ha elegido, no pueda funcionar en su país y ser realista en cuanto a lo que se puede conseguir.
Si, por ejemplo, el elector profesa un marxismo extremo, vota a un partido marxista y comprueba que el país se empobrece, se pierden libertades y se produce un hundimiento generalizado, debería cambiar de opción política. Tal vez podría votar a un partido de izquierda moderada, si sigue creyendo que la ideología de izquierdas es compatible con la prosperidad de un país en el siglo XXI.
En resumen, el votante debe votar de nuevo al partido en el poder, sólo si objetivamente ha mejorado la situación del país. En otro caso debería cambiar de opción política. La clave está en considerar que los programas políticos, por encima de todo, deben funcionar bien en el país donde se intentan implantar. Hay que votar los resultados y no las intenciones, que siempre son buenas.
Y eso es todo. Añadiré que lo bueno de estas sencillas normas es que pueden aplicarse sin ser un experto en política o economía.
Sólo es necesario comprender que hay que respetar el resultado de las elecciones y votar programa en primera instancia y resultados en segunda.