¿Somos todos iguales?
La pregunta que en esta ocasión trataremos de responder ha adquirido en los últimos tiempos fuertes connotaciones políticas y se ha convertido, por ende, en una pregunta crucial en el test de progresismo y de legitimidad democrática. Y esto es comprensible si recordamos que la democracia se basa en la máxima de “un ciudadano un voto”.
Sería suicida, desde el punto de vista político o social, sostener la hipótesis de que no todos somos iguales, porque esto significaría que unos son mejores que otros y eso enfadaría mucho a aquellos que se consideran o son considerados inferiores. Y si se enfadan no votan al que hace tal afirmación y sí al que hace la contraria. Y puesto que de lo que se trata es de ganar votos, antes que decir verdades incómodas, todas las organizaciones democráticas han optado por sostener, con carácter axiomático, la teoría de la igualdad.
Pero dado que esta tertulia está más interesada en descubrir la verdad que en conseguir los votos y el apoyo de la mayoría democrática, trataremos de ser objetivos, aunque eso nos obligue a ser políticamente incorrectos.