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En qué se diferencia el hombre de la mujer

Todos aceptamos como algo incuestionable que el aspecto físico de la mujer y del hombre son netamente diferente.s Además de las drásticas diferencias en los sistemas relacionados con el sexo y la gestación, existen diferencias en la altura, el peso, la estructura ósea y muscular y hasta en el tamaño y forma del cerebro.

La cuestión que trataremos en esta tertulia es si las características mentales, que por su naturaleza no pueden observarse ni medirse con la misma facilidad que las físicas, son también diferentes y si así fuera, en qué se parece la mente femenina a la masculina y en qué se diferencia. También se tratará de aportar alguna receta de orden práctico para que esas diferencias no se conviertan en un obstáculo para una convivencia pacífica y enriquecedora.

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Yack:
El debate sobre las diferencias entre hombres y mujeres ya hace tiempo que entró en la vía muerta de lo políticamente correcto y, por lo tanto, sólo se pueden hace afirmaciones que cumplan, al menos, alguna de estas dos condiciones:

  1. Que hombres y mujeres somos iguales en todo.
  2. Que la mujer supera al hombre en todas y cada una de las características que pueden considerarse positivas, desde cualquier punto de vista.

Cualquier opinión que no se atenga a esta condición será calificada inmediatamente de machista y con ella la persona que la ha proferido. Sin embargo, no es conveniente ni deseable plegarse a estas imposiciones irracionales si no queremos acabar atrapados en una sociedad regida por el Ministerio de la Verdad y controlada por la policía del pensamiento.

En nuestra opinión el hombre y la mujer, como el resto de los las parejas de animales machos y hembras, han sufrido un largo proceso evolutivo que ha modelado sus aptitudes físicas y mentales, en función del diferente rol que ambos sexos han desempeñado.

Si bien las diferencias físicas surgidas de esta evolución diferencial no son objeto de polémica, por su evidencia constatable, no ha ocurrido lo mismo con las diferencias psíquicas, que al no resultar tan evidentes han desatado una ágria polémica, más política que científica, que se ha zanjado con la victoria aplastante del bando feminista.

Aunque la mente de la mujer y la mente del hombre comparten los mecanismos fundamentales del pensamiento humano, el desarrollo diferencial de algunas habilidades en detrimento de otras ha configurado un mapa de aptitudes característico de cada sexo.

Nuestro cráneo tiene una capacidad limitada, y las neuronas disponibles deben reclutarse para atender las misiones y habilidades más urgentes y críticas. Como ejemplo de los efectos que produce la escases de recursos, consideremos el caso del niño que crece en ausencia de otros seres humanos que le hablen. En tal caso, las neuronas destinadas al lenguaje, por razón de no ser utilizadas, son reclutadas para otras funciones y cuando ha transcurrido cierto tiempo, pierden la capacidad de retornar al quehacer para el que estaban predestinadas genéticamente.

Es natural e inevitable, por lo tanto, que cada actividad o situación vital que se repite a lo largo de cientos de miles de años, induzca un reacondicionamiento genético, además del educativo. En el caso del lenguaje humano, por ejemplo, las neuronas dedicadas al lenguaje están preconfiguradas para asumir esa compleja función y si no existiese esa preparación previa, proporcionada por la experiencia evolutiva y plasmada en la configuración genética, la educación sería insuficiente para conseguir el milagro del lenguaje.

La mujer, al ser la elegida por la Naturaleza para llevar a buen término la gestación del bebé, se ve obligada a dedicarse al cuidado y educación de los hijos, al cuidado y limpieza del hogar donde ella y su familia se guarecen del frio y se protegen de los enemigos. El hombre debe atender a la obtención de alimentos, a la protección de su hogar frente a la codicia de sus semejantes, debe encontrar soluciones tecnológicas para afrontar los crecientes retos que le plantea la competencia con sus enemigos y con la Naturaleza, etc.

Por otro lado, el hombre se ve impelido por su instinto sexual a practicar sexo con el mayor número de mujeres diferentes que sea posible para diseminar sus genes, sin tener que pagar un precio por ello, mientras que las mujeres deben hacer una fuerte inversión en cada intento de diseminar sus propios genes. Además, el hecho de que el ser humano requiera una educación muy larga, exige la formación de parejas estables, porque sólo el padre genético está dispuesto a invertir su esfuerzo en la educación de sus propios hijos, que son los que garantizarán la supervivencia de sus genes.

Veremos ahora que el diferente papel que hombre y la mujer han jugado en la sociedad humana, ha configurado la manera en que cada uno de ellos afronta y resuelve sus peculiares problemas. Y aunque en el último siglo se están produciendo cambios sustanciales en los roles de la pareja, por razón del control de la natalidad y del avance tecnológico, los viejos mecanismos genéticos siguen ejerciendo su efecto por debajo de los condicionamientos educativos impuestos por la nueva configuración social.

La mujer, debido a su limitado campo de acción al estar atada a su hogar, se ha especializado más en el control emocional del hombre que le aseguraba su supervivencia y la de su prole. Ha dedicado más neuronas a las estrategias relacionadas con el control emocional que a la búsqueda de soluciones tecnológicas o científicas. Su estrategia, más genética que consciente, expresada en palabras, podría formularse así: "Si tengo control sobre mi pareja, me beneficiaré de su trabajo tanto como él y, además, dispondré de tiempo para mis hijos y mi hogar que es lo más urgente para mí".

Tal vez sea por eso que las mujeres suelen ser superiores en las distancias cortas y en el difícil juego de la convivencia diaria, mientras que el varón se mueve mejor en los espacios abiertos de las interacciones de poder jerárquico y en la creación de modelos útiles para solucionar problemas de carácter técnico.

No obstante lo dicho, la diferencias en rendimiento intelectual entre hombre y mujer no son tan acusadas como para que no puedan intercambiar sus roles, si las circunstancias así lo requieren. Con el control de la natalidad y el desarrollo tecnológico, la liberación de la mujer de su rol de ama de casa le ha permitido invadir buena parte del terreno tradicionalmente de competencia masculina.

Pero todo tiene un límite y el condicionamiento genético impone sus fronteras estadísticas que no es posible traspasar. Se sabe por rigurosos estudios, que la mujer no supera, en términos estadísticos al hombre en las actividades intelectuales típicamente masculinas, como, por ejemplo la capacidad técnica e inventiva, el desarrollo tecnológico, las manifestaciones artísticas, el liderazgo político y la capacidad para crear modelos complejos de la realidad.

Por otro lado, se aduce como contraargumento, que las mujeres han invadido las universidades y los puestos de trabajo típicamente masculinos y compiten exitosamente con ellos. Esto puede explicarse si consideramos que la mujer cuenta con características positivas para este desempeño, tales como el tesón, la persistencia, la concentración, el autocontrol, etc. que aunque fueron adquiridos en su antiguo rol, son puestas al servicio de sus nuevos objetivos en competencia directa con el varón. Sin embargo, la mayor parte de los directivos, políticos, escritores, científicos y técnicos siguen siendo hombres y eso no puede atribuirse a ninguna causa que no sea su mayor capacidad para el desempeño de estos cargos.

Curiosamente, y esto sí que da que pensar, la mujer a través de su control emocional ha sido capaz de convencer al varón de que sus aparentes méritos sólo son el resultado de injusticias pasadas y que ella (la mujer) lo supera en todo. Y el hombre, sumiso, ha acabado proclamando esta falsa verdad para complacer las exigencias de sus compañeras, que les superan ampliamente en el control emocional. La razón de este cambio en la balanza de poder se explica porque al liberarse la mujer de sus responsabilidades genéticas hacia su prole, el antiguo equilibrio entre hombre y mujer se ha roto a favor de esta.

Pero pasando al terreno práctico, observamos que se está generando un problema severo que afecta a la convivencia y que se manifiesta en la destrucción a ritmo creciente de parejas. Este fenómeno, relativamente reciente, es motivado por dos causas:

  • Los campos de actuación, que antes estaban claramente diferenciados y definidos en razón de la eficacia de la especialización, ahora se están solapando (crianza, trabajo, cuidado del hogar, etc.), en la medida que la mujer se libera e invade el terreno del varón y exige a éste atender al suyo (crianza, limpieza, etc.). Esto provoca una lucha encarnizada por el control de la repartición de tareas agradables/desagradables y una interminable disputa a la hora de evaluar subjetivamente los méritos y deméritos del partenaire.
  • La jerarquía natural, que antes situaba al varón como "cabeza de familia" con poder y autoridad para decidir en última instancia, conflictos familiares, se ha disuelto y el nuevo paradigma es que en el hogar no manda nadie. Y puesto que esto es técnicamente imposible, lo que suele ocurrir es que la mujer, que es más hábil en proyectar ilusiones emocionales, convence al hombre de que ella no es la que manda, aunque de facto suele ser así.

A la hora de buscar soluciones, hemos de admitir que no es fácil. Estamos ante un problema de enjundia genética generado por la aniquilación, en tan solo medio siglo, de patrones de conducta gestados durante millones de años. Aunque la mente humana es muy flexible, hasta esa misma flexibilidad tiene un límite que se manifiesta en las, cada vez más frecuentes, rupturas matrimoniales y en el malestar emocional que ello trae consigo, en especial cuando la pareja comparten hijos comunes.

Tal vez la única solución pase por definir nítidamente las nuevas responsabilidades de cada miembro en los nuevos roles de igualdad, siguiendo la estrategia que se ha aplicado en el ámbito político al sustituir los sistemas de poder tradicionales por los democráticos. Nos referimos a la elaboración de un acuerdo consensuado de derechos y deberes que sirva de guía para la resolución automática de conflictos de competencias.

La resolución de conflictos mediante la lucha jerárquica pemanente, es un método extenuante que acumula tensión y deteriora la convivencia a largo plazo. El establecimiento de protocolos y normas claras para dirimir conflictos mejora considerablemente la convivencia, aunque no siempre resulta fácil de aplicar y, sobre todo, de elaborar consensuadamente. Tal vez aquí habría que pensar en incorporar a la enseñanza una asignatura dedicada a este menester, en el que se planteara una especie de constitución para la convivencia y una serie de normas para resolver conflictos de intereses.
Mientras esta constitución familiar llega, daremos algunas recetas que pueden ayudar a mejorar la convivencia a nuestros lectores:

  • Reunirse semanalmente y plantear los problemas de convivencia que se han detectado y proponer fórmulas generales para afrontarlos, terminando en un compromiso firme de respetar los acuerdos. Como complemento evitar cualquier crítica a la conducta de la pareja.
  • Dejar claramente determinadas por escrito las obligaciones de cada miembro de la pareja. Si alguno las incumple sistemáticamente, buscar una solución alternativa como externalizarla (ir a comer a un restaurante o contratar un servicio de limpieza) o sustituir la tarea por otra para la que esté más motivado/a.
  • Dirigirse siempre a la pareja en un tono calmado y amable, ocurra lo que ocurra. No utilizar nunca ironía ni sarcasmo. Antes de hablar, dedicar cinco segundos a plantear la cuestión de una forma amable y divertida.
  • No responder a una crítica con otra critica, ni a una mala palabra con otra mala palabra para evitar escaladas de violencia. Dejar todos los conflictos para resolverlos el día de la semana que se haya acordado (sábado o domingo, por ejemplo) en un ambiente distendido y siguiendo un protocolo que excluya discusiones acaloradas, reproches o planteamientos amenazadores.
  • En las conversaciones concentrarse en los argumentos, evitar las descalificaciones de las ideas y los ataques personales.
Naturalmente no basta con estar nomas para una buena convivencia. Es necesario que los dos miembros de la pareja quieran llevarse bien y que tengan personalidades e intereses compatibles.
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Warrior:

Las mujeres se diferencian de los hombres por dos condicionantes: biológicos y psicológicos Las diferencias biológicas vienen producidas por el hecho de ser el sexo que puede tener hijos. Esta circunstancia ha determinado que la mujer haya tenido un rol social muy específico: el de la crianza de los hijos y cuidado del hogar.
Este condicionamiento físico puede que también conlleve una adecuación psicológica para aceptar ese rol. No obstante, hay también estudios que consideran que puede que sea una imposición social, dicho esto en el sentido de que la mujer que decide no tener hijos es mal vista o se le considera un ser incompleto. Pero quizá lo que hace más distintas a las mujeres de los hombres son genéticos.
El cerebro de la mujer y el del hombre son completamente distintos. Físicamente, el cerebro de una mujer es más pequeño que el de un hombre -incluso después de la corrección por tamaño corporal-, y eso hizo pensar durante siglos que las mujeres eran inferiores o menos inteligentes que sus congéneres machos. Hoy ya se sabe que, pese al menor tamaño, todos poseen el mismo número de células. Por tanto, en ellas las células están más apretadas. Y además se distribuyen de forma diferente. Si nos atenemos a una observación puramente física, veremos que en los centros del cerebro para el lenguaje y el oído las mujeres tienen un 11% más de neuronas que los hombres, y que también es mayor su hipocampo -el lugar donde se forman la emoción y la memoria-. Además tienen más circuitos cerebrales para el lenguaje y la observación de las emociones de los demás. Con todo ello muchos investigadores explican que esa configuración del cerebro femenino es lo que hace que las mujeres sean más dialogantes, sepan leer con más facilidad las caras del interlocutor y recuerden mejor los detalles que tienen que ver con el aspecto sentimental. Por eso muchos deducen que el lenguaje y la conversación son muy importantes para las mujeres.
Las mujeres procesan de manera diferente la realidad. Esto se ha podido comprobar objetivamente mediante la tomografía de emisión de positrones (PET) y las imágenes de resonancia magnética funcional (IRMf), que permiten ver cómo funciona un cerebro en vivo. Ante una conversación, por ejemplo, se ha comprobado que las mujeres utilizan diversas áreas del cerebro, y que hombres y mujeres resuelven los problemas con células diferentes del cerebro. Estas pruebas también han demostrado que las mujeres poseen más interconexión entre ambos hemisferios de sus cerebros. Las investigaciones demuestran que los hombres tienen más lateralidad, es decir, que utilizan uno de los dos hemisferios, como si cada uno de ellos estuviese más especializado. Por su parte las mujeres utilizan los dos hemisferios a la vez para razonar, e incluso las fibras nerviosas que enlazan ambos hemisferios son más gruesas en las féminas. No se trata de ser más inteligente que sus congéneres machos, sino de que la información se procesa de manera diferente. A todo ello hay que añadir el ingrediente hormonal, ya que son las hormonas las que pueden decidir qué le interesa hacer al cerebro. Así que como si se tratase de un laboratorio químico sumamente preciso se entremezclan en las mujeres unas u otras cantidades de estrógeno, progesterona, testosterona, oxitocina, cortisol... dando lugar a unas preferencias u otras, a un estado de ánimo u otro. Los cambios hormonales de una mujer se producen no sólo en el feto, la niñez, la adolescencia o la madurez sexual, sino que son enormes durante el embarazo, la lactancia y la crianza. En la vejez también sufren grandes altibajos antes, durante y después de la menopausia. Si sumamos a este proceso que los niveles de hormonas femeninas sufren grandes cambios una vez al mes como consecuencia de la menstruación, nos encontramos ante un tiovivo que precisa mucho control personal.
El cerebro de un hombre y de una mujer es diferente. La desigualdad está en cómo funciona y se procesa la información. Muchos investigadores aseguran que mientras ellas son más multifuncionales y poseen visión de conjunto, ellos son más lineales y apuestan por la especialización cerebral. Paralelamente, las hormonas de las féminas viajan disparadas por su cuerpo, poniendo a prueba sus estados de ánimo como una montaña rusa que muchas intentan controlar mediante los fármacos. Pero el autoconocimiento del propio cerebro y de cómo influyen en él las hormonas puede ayudar a coger las riendas de la vida y dirigirla. Por ejemplo, el que una mujer sepa que el ciclo menstrual refresca y recarga ciertas partes del cerebro porque el estrógeno actúa como fertilizante de las células, puede ser aprovechado conscientemente. No en vano es real que durante las dos semanas que el cuerpo produce esta hormona se incrementan en un 25% las conexiones del hipocampo. Y consecuentemente, las mujeres se vuelven más agudas en esas fechas. Vivimos en un mundo donde la balanza social se ha inclinado hacia el lado masculino. Ese ha sido el modelo a seguir. En la carrera por la igualdad la mujer ha adquirido en muchas ocasiones un arquetipo viril que no se corresponde con lo que habita dentro de ella. Eso ha provocado una desconexión con su propia naturaleza femenina. Estos últimos descubrimientos sobre su cerebro dan la razón a lo que algunas ya presentían. La mujer tiene ante sí la oportunidad de experimentarse a sí misma de una forma renovada, fuera de los esquemas sociales y culturales vividos hasta ahora y fuera de la comparación con un modelo que no es el suyo..
Tanto el hombre y la mujer, condenados a vivir juntos, pueden hacerse la vida más llevadera conociéndose. Deben saber que son distintos, ni más inteligentes ni más tontos, cada sexo ha desarrollado unas determinadas facultades y que se complementan. Lo que es un error y fuente de muchos problemas en las relaciones entre hombres y mujeres, es pretender hacer de un hombre una mujer o viceversa, y por lo tanto, lo que debe hacerse es conocer como es el respectivo sexo, respetarlo tal como es y tratar de entenderlo y procurar acercar posiciones, pero no cambiarlo.