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Los límites del poder del Estado

El ser humano necesita, para prosperar, vivir en grupos cada vez más numerosos y eso implica la creación de un sistema de control y poder que imponga por la fuerza las normas de convivencia. En otro caso, el egoísmo individual rompería el necessario consenso social y haría imposible la convivencia colaborativa.

En esta tertulia se tratará de determinar los límites óptimos del poder del Estado sobre el individuo y también qué criterios se deberían tener en cuenta para determinar ese límite.
  
Yack:
Como animales sociales y jerárquicos, necesitamos un poder central que actúe como árbitro supremo para establecer las normas de convivencia y hacerlas cumplir por la fuerza.

Sin embargo, este modelo de poder y organización basado en el fuerte impulso genético que siente el ser humano para ascender en la escala jerárquica, contiene dentro de sí el germen de la inestabilidad. Por esta razón resulta tan difícil para el macho dominante, rey, emperador, presidente o primer ministro mantenerse durante mucho tiempo en la cima del poder, debido a que su puesto es el más codiciado.

Lo que suele ocurrir es que los subordinados más cercanos conspiran contra el jefe hasta derrocarlo o bien se forman facciones en la periferia del poder que se organizan en torno a un líder y asaltan el centro de mando. Pero está dinámica, por razón de la naturaleza de la agresividad humana, tiene un elevado coste para la comunidad, que se ve sumergida en continuas y sangrientas guerras internas que absorben buena parte de los recursos disponibles.

Para evitar o reducir esta costosa sangría, se idearon los sistemas de gobierno “legítimos” basados en criterios objetivos que no dependían de la fuerza, como fueron el derecho al poder por razón de parentesco (monarquía hereditaria) y en los últimos dos siglos, el sistema democrático basado en la elección del presidente o primer ministro por sufragio universal.

El sistema democrático consiste en dejar en manos del grupo la elección del líder a través de un complejo y estricto proceso en el que se descarta cualquier coacción. En lo sucesivo, me referiré a los gobiernos basados en el sistema democrático por ser los que se han impuesto con carácter general en los países más avanzados.

La cuestión que trataré de resolver en primer lugar es la razón por la que, hace tan sólo un siglo, el incumplimiento de las leyes era castigada con mucho más rigor y severidad que en la actualidad. Sirvan estos dos ejemplos para ilustrar el hecho:

  • Las manifestaciones que en la actualidad muchos políticos hacen en público, hubiesen sido calificadas de alta traición o sedición y castigadas con la muerte ignominiosa.
  • Las penas irrisorias o inexistentes que ahora se aplican a los delitos contra la propiedad, eran castigados en la antigüedad con muchos años de dura prisión, la amputación de las manos y, en no pocos casos, con la pena capital en la plaza pública.

En la actualidad, existe en el Estado una deriva continua hacia una reducción progresiva y continuada de los castigos que se imponen a los ciudadanos que infringen las leyes. Y esta característica se manifiesta en tres aspectos relacionados entre sí:

  • Las leyes son, en lo que respecta a la cuantía de la pena, tan generosas con el infractor que la pena no llega a resultar disuasoria.

  • El sistema judicial resulta excesivamente benévolo a la hora de valorar la responsabilidad del infractor. Se ha llegado a considerar como “democrática” la actitud de ponerse siempre del lado del delincuente, ignorando, al hacerlo, las consecuencias negativas que esta actitud supone para el resto de los ciudadanos en su calidad de potenciales víctimas.

  • El sistema policial hace dejación de sus funciones y permite sistemáticamente la infracción de las leyes, en parte condicionado por las circunstancias de impunidad que el sistema judicial respalda, en parte mimetizándose con la ideología "democrática",  sinónimo de tolerancia y permisibidad.

Quizá la explicación a este estado de cosas, podemos encontrarla más fácilmente imaginando lo que ocurriría si los hijos pagaran el sueldo a sus padres y, además, pudieran elegir democráticamente a sus padres cada año, en función de su comportamiento con ellos. Resulta obvio que los padres sería cada vez más tolerantes, permisivos y comprensivos, aunque esta actitud tuviese un alto costo para el futuro a medio y largo plazo de sus hijos.

Por la misma razón, un gobierno que es pagado generosamente y elegido periódicamente por los ciudadanos, se ve obligado a ofrecer una imagen comprensiva, tolerante y generosa para con sus electores, aunque esto suponga un deterioro real de la sociedad que administra y gobierna.

Sin embargo, el ciudadano, al igual que el adolescente indisciplinado y rebelde, está más interesado emocionalmente en “que lo dejen en paz” que en “asegurar su futuro” y sus intereses a corto plazo prima sobre el medio y largo plazo. El resultado es una deriva continua hacia gobiernos “más democráticos” en los que el calificativo “democrático” se entiende como sinónimo de permisibilidad, tolerancia y comprensión para los infractores.

Conviene señalar ahora que esta actitud irresponsable de los gobiernos que, antes que el bien de los ciudadanos, están interesados en satisfacer sus deseos, para permanecer en el poder, sólo es viable en sociedades muy ricas y desarrolladas.

Esta tolerancia llevada hasta los límites de la ineficacia, genera un gasto desorbitado que sólo los pueblos ricos pueden pagar, aunque serían mucho más ricos si no entrasen en esta dinámica. Por ejemplo, se opta por aumentar la plantilla de barrenderos en lugar de dictar una ley disuasoria contra los que ensucian la ciudad. Se aumenta continuamente la plantilla de policía en lugar de retener durante más tiempo a los delincuentes en la cárcel. Se permite la aparición de nuevos y costosos gobiernos autonómicos en lugar de imponer por la fuerza una ley que garantice el mayor beneficio para el conjunto de los ciudadanos.

Lamentablemente no es posible detener la continua deriva hacia gobiernos cada vez más blandos y tolerantes en los países ricos. Pero al margen de esa circunstancia, trataré de delimitar cuales deberían ser los objetivos y los límites del poder del Estado frente a la libertad de los individuos que gobierna.

Un Estado eficaz debe buscar el máximo bien común a corto, medio y largo plazo, ocupándose del bienestar de los ciudadanos aún a pesar de su oposición irresponsable. Por decirlo de una forma simple, un Estado debería hacer lo necesario para procurar la mayor dosis de felicidad posible a la mayor parte de sus ciudadanos a lo largo de sus vidas.

Ciertamente se trata de un objetivo muy ambicioso y es fácil caer en errores a la hora de materializar el proyecto, aunque será parte de su trabajo rectificar continuamente sus errores en base a los resultados que se obtienen en su aplicación. Pero lo que no debe hacer el gobierno es sustituir ese ambicioso proyecto por el más modesto y egoísta de conseguir ganar las siguientes elecciones, supeditando todo lo demás a este, como de hecho ocurre en todas las democracias.

Para la consecución del proyecto del bien común, yo propondría dos líneas de actuación complementarias:

  • Legislar para conseguir una sociedad en la que todos y cada uno de sus miembros se viera forzado a ser un buen ciudadano, es decir, a respetar a los demás y a aportar su trabajo y esfuerzo para el bien de los demás. Por ejemplo, obligar a los jóvenes a estudiar, a los vagos a trabajar y a los delincuentes a reformarse.

  • Mediante un sistema de impuestos progresivos, reducir o erradicar de la sociedad hábitos perniciosos tales como fumar, juegos de azar, consumo suntuario y despilfarrador, etc.
Si este modelo nos parece excesivamente coactivo, es necesario tener muy presente que un exceso de libertad y de tolerancia suele producir mayor grado de insatisfacción y menor libertad real. Y esto es así porque el hombre alcanza su máxima felicidad cuando consigue vencer con su esfuerzo los mayores retos de que es capaz y no cuando se le concede el dudoso privilegio de no tener que afrontarlos.

Lamentablemente, no parece haber en un horizonte cercano solución alguna para detener la deriva general de los gobiernos hacia la irresponsabilidad y la tolerancia perniciosa. La solución, si es que algún día llega, será, como siempre, de la tecnología.

Aunque parezca utópico, pienso que a finales de este siglo acabará imponiéndose un gobierno basado en la inteligencia artificial, en el que los ciudadanos confían las decisiones políticas y económicas a un sofisticado sistema experto con el mandato de hacerlos tan felices como sea posible a lo largo de sus vidas. La ventaja de este sistema son muchas:

  • Tendría como único objetivo el bien común y no el suyo propio, al no participar de la naturaleza humana, genéticamente egoísta, diseñado para sobrevivir en un mundo competitivo y hostil.

  • Nadie dudaría de la eficacia y ecuanimidad de un sistema informático, que además, quedaría refrendado por una época de prosperidad creciente en la que el ciudadano vería mejorar su existencia día a día.

  • Desaparecerían las guerras definitivamente, al disponerse de un árbitro inapelable y ecuánime que decidiese en cada caso lo mejor para la comunidad nacional y mundial.

  • Se podría liberar muchos recursos e ineficiencias asimiladas a la actividad política que se ve más por el afán de poder y de egoísmo que de generosidad y ecuanimidad.

  • La juventud que ha tenido a los ordenadores como compañeros de juego, conocen por propia experiencia su imparcialidad, eficiencia y objetividad. Preferirán a no dudar entregar la responsabilidad de gobernarlos a inteligencias artificiales que a políticos que buscan más su interés personal que el de la comunidad, y cuya inteligencia está al servicio de sus instintos, como la historia ha dejado bien a las claras.

En resumen, la democracia, la forma de gobierno más evolucionada, sólo puede funcionar en los países más ricos y además posee un talón de Aquiles: la tolerancia y la permisividad con el infractor o con el ciudadano que no colabora en la tarea común.

El gobierno del futuro acabará recayendo en sistemas de inteligencia artificial, más capaces y ecuánimes que cualquier sistema basado en seres humanos. Entonces podremos olvidarnos definitivamente de la política y dejar nuestro destino en buenas manos por primera vez en la historia.

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