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La política y el ciudadano medio

La política es el arte de gobernar a los seres humanos y suele ejercerse por parte de los líderes políticos. En esta tertulia nos plantearemos la política desde el punto de vista del gobernado, tratando de contestar a cuestiones como estas:

¿A quién se debe votar en las elecciones?
¿Qué puede hacerse cuando estamos en desacuerdo con la actuación del gobierno?
¿Cuál es la esencia de la democracia?
¿Qué es más decisivo en el bienestar de una comunidad: sus políticos o su ciudadanía?
Tal vez, y esa sería nuestra esperanza, en la búsqueda de respuestas a estas preguntas, consigamos revisar nuestras creencias y tomar conciencia de los cambios que tendríamos que realizar para ejercer con mayor eficiencia nuestro papel de ciudadanos.
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Yack:
Aunque existe unanimidad en la creencia de que la democracia requiere una ciudadanía bien formada, las opiniones divergen a la hora de describir qué se entiende por una ciudadanía bien formada.
En lugar de caer en el tópico de recomendar la formación en valores de un electorado asilvestrado por la televisión basura, voy a tratar de aportar algunas sencillas recomendaciones para el votante bien intencionado que sólo aspira a utilizar su voto para mejorar su país y hacerlo más habitable.
Veamos, en primer lugar, los tres errores conceptuales que hacen que un país democrático funcione mal.
  • No se respeta al gobierno electo.
  • No se vota al mejor programa político, sino al partido menos malo que puede ganar las elecciones.
  •  Se sigue votando a un partido que ha sido incapaz de mejorar la situación, por el simple hecho de que nos cae simpático o coincide con nuestras teorías políticas.

A continuación profundizaremos en la descripción de estos tres errores al tiempo que planteamos la actuación correcta para escapar de sus nefastas influencias sobre nuestro país:
Respetar al gobierno electo
La democracia es un sistema de gobierno que consiste en dejar que sea el pueblo quien elija, mediante elecciones libres, a sus gobernantes cada cierto tiempo. Pero esta prerrogativa implica el necesario acatamiento de las decisiones que tome el gobierno electo durante el periodo que dura la legislatura.
El error en el que incurre la mayoría de los ciudadanos y organizaciones políticas es creer que se puede presionar al gobierno electo para que haga o deje de hacer lo que a cada uno interesa. Es decir, que las elecciones sólo son una oportunidad para conquistar el poder, pero si no se gana en las elecciones, se puede seguir haciendo política activa mediante actos de sabotaje tales como huelgas, manifestaciones, bloqueo de carreteras, etc.
El problema es que este tipo de extorsiones, protagonizadas principalmente por los sindicatos, que son organizaciones mafiosas al servicio de las ideologías de izquierdas, impiden al gobierno poner en práctica su programa, que es el que ha sido elegido mayoritariamente. La extorsión no sólo se produce contra el gobierno, sino contra los ciudadanos que han elegido democráticamente un programa determinado y a unos gestores políticos para llevarlo a cabo.
Si queremos una democracia y no una dictadura del proletariado, lo primero que tenemos que tener claro es que hay que dejar al gobierno las manos libres, con la única restricción que impone la Constitución y la legislación vigente, y de eso debe encargarse el poder judicial y no el ciudadano convertido en juez y parte.
El ciudadano, una vez terminadas las elecciones, debe concentrarse en hacer bien su trabajo y respetar escrupulosamente las leyes. Si considera necesario denunciar alguna situación que él juzga injusta, debe hacerlo a través de los cauces legítimos y no recurrir en ningún caso a acciones basadas en la coacción.
En este sentido, los sindicatos se creen en el derecho y hasta en el deber de extorsionar a los ciudadanos y al gobierno mediante huelgas estratégicas que pongan en peligro el funcionamiento del país. Los sindicatos son la principal estructura de extorsión y sabotaje contra los gobiernos elegidos democráticamente (especialmente de derechas) y el ciudadano honesto, debería ignorar sus consignas y no contribuir a su mantenimiento o apoyo.
Votar al programa político más acorde con nuestras aspiraciones
Un error muy común del votante es dirigir su voto a alguno de los partidos que tienen opciones de ganar, pensando que así conjura el peligro de que gane el partido mayoritario que menos le gusta. Es decir, elije la opción menos mala que tiene posibilidades de ganar.
Teniendo en cuenta que un voto no va a cambiar el resultado electoral, el votante debe considerarse libre para votar la mejor opción para él, con independencia de que tenga o no opciones de ganar. Concretamente debe votar el programa que considere más eficaz para mejorar la situación de su país.
Si vota al partido menos malo, está validando su política y no habrá cambios porque los dirigentes políticos cuentan los votos y de ahí deducen qué es lo que quiere su electorado.
En el caso de España, por ejemplo, los únicos partidos que pueden ganar las elecciones son el PP y el PSOE. Si votamos a alguno de estos dos partidos como mal menor, estamos enviándoles el mensaje de que lo están haciendo bien y de que persistan en su línea actual.
Si consideramos que el programa político del PP o del PSOE no va a solucionar, ni de lejos, la problemática de nuestro país, deberíamos leer los programas políticos de todos los partidos que concurren a las elecciones, sin importar lo minoritarios que puedan ser, y votar al programa que nos parezca mejor.
Con este método no malgastamos el voto, sino todo lo contrario. Votando un programa estamos enviando a los políticos, a todos los políticos, un mensaje claro de lo que deseamos para que, en las próximas elecciones, se desplacen en la dirección de los votos. Los políticos son, por encima, sensibles a los votos, porque son lo que necesitan para llegar al poder.
El poder del elector está precisamente en votar el programa que él quiere y no en elegir entre la exigua oferta que le hacen los partidos con posibilidades de ganar.
Si afirmamos con nuestro voto lo que queremos, podemos estar seguros de que los políticos, migrarán hacia ese lugar. Es como si estuviésemos en un estanque lleno de pirañas. Si echamos la comida donde están las pirañas no se moverán, pero si la arrojamos en un lugar diferente, las pirañas de desplazarán allí guiadas por el aroma de la comida.
Votemos a los programas, haciendo abstracción de todo lo demás. Ignoremos circunstancias tales como que los partidos minoritarios carecen de equipos solventes y eficaces. En la medida que un partido se acerque al poder, los cerebros más brillantes del país acudirán a él para ofrecerles sus servicios y cuando finalmente accedan al poder, tendrán el nivel requerido para hacer una buena gestión.
Así que, votemos programas y cambiaremos la sociedad.
No seguir votando a un partido que ha sido incapaz de mejorar la situación, por el simple hecho de que nos cae simpático o coincide con nuestras teorías políticas
En el mecanismo de la evolución, la selección natural no se preocupa de interpretar por qué una especie o un individuo ha fracaso. Se limita a castigarlo (privándolo de continuidad) si no ha cumplido con las expectativas que se habían depositado en él o en ella.
La naturaleza no juzga las razones por la que un individuo ha fracasado, ya sea por mala suerte, por falta de apoyo, porque el ambiente no ha sido apropiado, etc. Simplemente lo elimina si no ha triunfado, o le renueva su confianza si ha alcanzado la meta.
Esta es la sencilla pero eficaz estrategia que debe seguir un votante en relación con el partido gobernante, en el caso de que fuese el que votó en las anteriores elecciones.
No deben buscarse explicaciones justificativas del fracaso. Siempre podremos hallar razones que exculpen a nuestros políticos favoritos. La oposición, la mala suerte, la acción de los sindicatos, la crisis mundial, etc. pueden convencernos de que el partido gobernante no es el responsable del empeoramiento de la situación.
Lo único que debe decidir nuestro voto es la constatación objetiva de si durante la legislatura ha mejorado o no la situación. Si percibimos mejoras reales en la situación del país (empleo, salarios, seguridad, justicia, etc.) volvamos a votarlo. Si el partido en el gobierno no ha conseguido ninguna mejora real, busquemos otro partido al que votar.
Un buen político debe ser capaz de mejorar la situación que encuentra al comenzar su mandato, en cualquier situación posible, porque esa sería su necesaria y mayor virtud: Ser capaz de integrar todos los factores relevantes y encontrar un camino compatible con su programa que lo lleve a una mejora real de la situación. Si no lo consigue es que no es un buen político o que su programa es incompatible con la realidad social.
En este sentido hay que tener en cuenta que un programa puede funcionar en un país y no en otro. El votante debe plantearse también la posibilidad de que el programa que él ha elegido, no pueda funcionar en su país y ser realista en cuanto a lo que se puede conseguir.
Si, por ejemplo, el elector profesa un marxismo extremo, vota a un partido marxista y comprueba que el país se empobrece, se pierden libertades y se produce un hundimiento generalizado, debería cambiar de opción política. Tal vez podría votar a un partido de izquierda moderada, si sigue creyendo que la ideología de izquierdas es compatible con la prosperidad de un país en el siglo XXI.
En resumen, el votante debe votar de nuevo al partido en el poder, sólo si objetivamente ha mejorado la situación del país. En otro caso debería cambiar de opción política. La clave está en considerar que los programas políticos, por encima de todo, deben funcionar bien en el país donde se intentan implantar. Hay que votar los resultados y no las intenciones, que siempre son buenas.
Y eso es todo. Añadiré que lo bueno de estas sencillas normas es que pueden aplicarse sin ser un experto en política o economía.
Sólo es necesario comprender que hay que respetar el resultado de las elecciones y votar programa en primera instancia y resultados en segunda.

16 comentarios:

  1. Teniendo en cuenta que estoy convencida que el mayor y más grave problema que tiene España actualmente es el alto nivel de corrupción política, pues… ¡qué puedo decir! Soy muy pesimista, porque creo que esta situación no va a cambiar.

    Es obvio que cualquier Sociedad será capaz de alcanzar mayor nivel de desarrollo, cuanto más formados sean sus ciudadanos. A los políticos no les interesa esto. A los políticos les favorece mantener el sistema actual de partidos, ya que les aporta multitud de privilegios y beneficios…

    ¿Qué puede hacer el ciudadano? Poca cosa. Más que vivir en democracia, sufrimos una “políticocracia”.

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  2. Tal vez tengas razón Dulcinea, pero yo en estos casos suelo acierme a la profunda máxima de “Prefiero haberlas con villanos que con necios”.

    ¿Qué quiero decir con esto? Que estoy dispuesto a aceptar políticos corruptos, siempre que solucionen los problemas de los ciudadanos que los han elegido.

    La honradez en los políticos es más un peligro que una virtud (por eso es tan escasa), porque el político toma decisiones que afectan a millones de personas, a veces, a sus vidas, al decidir o no, entrar en una guerra.

    Así que si ser honrado significa empecinarse en alguna idea estúpida o utópica, prefiero la flexibilidad pragmática de los villanos que se adaptan a las circunstancias y obran siempre para alcanzar el mayor beneficio posible.

    Y, afortunadamente, la mayor virtud de un político para su electorado es, o debería ser, que les solucione sus problemas, sin importar demasiado el método, si el resultado es bueno.

    Y como el político adora el poder, debería esforzarse en ser eficaz, aunque sólo fuese para salir reelegido y así ser inmensamente feliz. Y ese sería el sencillo mecanismo en el que se basa toda democracia sana y vigorosa.

    Supongamos que un político nos dice: He considerado que moralmente deberíamos evitar que el país X arrase al país Y, así que he decidido que vamos a entrar en guerra, aunque las posibilidades de ganar sean mínimas.

    En tal caso, a pesar de su honradez y honestidad, o precisamente por ella, habría que quitarlo inmediatamente del poder por inepto al no haber comprendido que sólo es un gestor y se le ha puesto en ese lugar para solucionar problemas y no para crearlos. El cómo es cosa suya y si para ello tiene que violentar sus propios principios (cualesquiera que estos sean), tiene que estar preparado para ello, si es que es un auténtico político.

    Los políticos sólo son resolvedores de problemas gigantes que afectan a millones de seres humanos y, puesto que sus decisiones pueden tener consecuencias catastróficas, si fuese necesario debe dejar la honradez y la ética a un lado y concentrarse en conseguir la mejor solución posible para la comunidad que los ha elegido.

    Naturalmente deben hacerlo con elegancia y discreción, porque esa es otra de las habilidades que se les exigen.

    Por otro lado, hay que considerar que las cantidades que puede sustraer un político, o diez mil políticos, son insignificantes comparadas con el costo que puede tener una decisión estúpida aunque sea éticamente aceptable. Así, por ejemplo, si para solucionar el paro decide prolongar las subvenciones, en lugar de liberalizar el mercado laboral, tal vez está actuando moralmente, pero probablemente está generando las condiciones macroeconómicas necesarias para que se produzca aún más paro.

    La estrategia de repartir migajas de pan entre las palomas hambrientas no funciona en macroeconomía, aunque pueda resultar elogiable en la meliflua e inconsistente teoría moral cristiana, en las que nos han educado.

    Así que, a un político debería juzgársele por su eficacia, más que por su honradez, aunque evidentemente, debe someterse a la ley como cualquier otro ciudadano, si bien su honradez personal no tendría ninguna importancia en comparación con su eficacia en el mejoramiento del estatus de la sociedad que gobierna .

    Lamentablemente, al carecer la población de formación económica, sólo puede juzgar las infracciones morales, cuando lo que realmente debería evaluar sería la gestión.

    Si la democracia no es perfecta, no se debe a los políticos sino a la gente que los elige, es decir, al pueblo, como tu bien dices.

    Pero el pueblo está más interesado en ver programas del corazón que de economía, ciencia o teoría política. Así que, los cambios sólo pueden venir desde una evolución del pueblo llano hacia un pensamiento más profundo y comprensivo de la realidad social, económica, tecnológica, política, etc.

    Saludos.

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  3. Básicamente, de acuerdo contigo Yack. Las utopías "solidarias" de unos pocos terminan convirtiéndose en las pesadillas de millones. Cuando voy a votar, descuento la parte corrupta de cada partido, analizo su programa (tratando de depurar las "exageraciones electorales") y voto a quién percibo será un buen gestor (no necesariamente carismático, aunque en el 2004 me confundió el "talante"). Ningún partido tiene garantizado mi voto, pero los extremos utópicos tienen garantizado mi rechazo. Por cierto, sería conveniente debatir por qué en España padecemos el llamado "voto genético", o la correlación que existe entre lo que muchos votantes eligieron en el 2008 y sus abuelos en 1936.

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  4. Tienes razón Plutarco, hay que dejarse de utopías irrealizables y elegir buenos gestores y programas compatibles con la realidad, capaces de solucionar los problemas que tenemos y que tendremos en el futuro.

    El problema es que los partidos mayoritarios en España son incapaces, por convicciones ideológicas o por cobardía ontológica de afrontar la solución de los problemas reales que crecen día a día y que algún día van a estallarnos en la cara.

    Si votamos programas, que incluyan entre sus prioridades, la solución de esos problemas, tendremos una oportunidad de evitar el desastre.

    En cuanto al voto genético no sabría que decirte, si no es que todo lo malo (y lo bueno) se hereda. En España no hay electores, sino hinchas y en política no vale ser hincha como en el futbol. Los españoles no tenemos muy claro la diferencia entre ser seguidor de un equipo de futbol y de un partido político, y así nos va.

    Si ves discutir a dos energúmenos a través de un cristal, no puedes saber si hablan de política o de futbol porque la política y el futbol deben de ocupar la misma región cerebral. Ese debe ser el efecto perverso de alguna mutación deletérea que arrastran algunos pueblos, como sería el caso, por ejemplo, del gen que impide digerir la lactosa o el que produce la anemia falciforme.

    Saludos.

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  5. Trataré de ser breve, ya que me vienen muchas ideas a la cabeza.

    YACK: Reconozco que me has convencido en algunos de tus argumentos. Efectivamente, parece muy cierto que si cada elector introdujese en la urna la papeleta de aquella formación o grupo político que le merece más confianza (aún estando convencid@ que no ganará), es posible que las directrices políticas del ganador se decanten (al menos un poco) hacia opciones ideológicas que obtuvieron votos.

    Lo que no me parece posible es que un político corrupto pueda llegar a ser eficaz. Por su trabajo, un político recibe la correspondiente remuneración. En bastantes casos ésta es muy, pero que muy alta. Un político goza de muchos privilegios y tiene mucho poder. Si, además, trata de meter mano en arcas que no son de su propiedad, ¿cómo voy yo a creer que va a trabajar y luchar por el bien común? No me cabe en la cabeza. Los corruptos ¡a la cárcel! Ese es su lugar.

    Cierto que es curioso (y hasta me atrevería a calificar de “lamentable”) que muchos ciudadanos voten a aquellas formaciones que más puedan parecerse a lo que preferían sus abuelos.

    Un cordial saludo

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  6. Yack a Dulcinea:

    Estoy de acuerdo contigo en que los políticos corruptos deben ir a la cárcel como cualquier otro ciudadano. Lo que he querido poner de manifiesto es que se puede ser muy honrado y al mismo tiempo incompetentemente letal y también corrupto y providencialmente eficaz.

    Lo que yo sostengo es que, si bien en el trato personal, es muy importante la honradez, en los políticos es mucho más importante la eficiencia, aunque lo ideal sería un político honesto y al mismo tiempo eficaz, si es que eso puede darse. Y lo digo porque en política se suelen plantear problemas que afectan a millones de personas cuya solución “honesta” puede ser mucho peor que la oportunista. Y aquí habría que recordar a Maquiavelo, cuyo idea esencial es la de “actúa bajo el imperativo de favorecer a las personas que están bajo tu mando, y deja a un lado todos los obstáculos, divinos o humanos, que se opongan a ese proyecto.

    Hasta los dictadores más poderosos tienen claro que la forma más segura de permanecer en el poder es tener bien alimentados a sus súbditos y de ahí que, por puro egoísmo, hagan lo posible por hacer prosperar a sus gobernados.

    Por otro lado, en el plano económico, donde la honradez o la corrupción pueden manifestarse más claramente, considero que hay dos formas de influir sobre la riqueza disponible.

    1 Desviando fondos hacia amigos, conocidos, familiares o a uno mismo. El resultado es que el gobernante corrupto ostentaría la propiedad de cierta porción de riqueza (terrenos, fábricas, capital, etc.) pero los terrenos, las fábricas, etc. seguirían ahí, realizando su cometido y su contribución al bienestar general.
    El título de propiedad de un recurso es una cuestión irrelevante para la ciudadanía.

    ¿Cuándo vas a comprar un televisor, te importa de quién es la empresa que lo ha fabricado o la relación precio/calidad?

    2 Tomando decisiones inadecuadas, que destruyen recursos y contribuyen al empobrecimiento real de la población. Por ejemplo, tener diez veces más funcionarios de los que hacen falta es como poner a una cuadrilla de peones escavando zanjas y a otra que vaya detrás tapándolas. Hay quien dice que esto es crear empleo, pero en realidad, se está destruyendo la riqueza que esos peones podrían generar construyendo, por ejemplo, edificios. Aunque lamentablemente, tanto los peones que hacen las zanjas como las que las cierran no ven más allá de las nominas que perciben y mientras cobren, no se harán preguntas complicadas sobre la relevancia económica que tiene su actividad.

    Así que yo prefiero un político que fabrique casas donde puede vivir la gente, aunque se las ingenie para quedarse con su propiedad nominal, que otro que impida que se lleguen a construir esas casas porque los recursos necesarios para ello los ha empleado en otras tareas inútiles. Por ejemplo, en permitir que se creen administraciones innecesarias, en mutua competencia que a veces trabajan en contra de los intereses generales, aunque eso le proporcione el voto del odio tribal fomentado por los políticos de tercera fila atrincherados en sus feudos de poder.

    La incompetencia es el peor y más grave delito de un político, pero también el que menos se castiga, si su autor es lo suficiente astuto para convencernos de que nos está ayudando (subsidio de desempleo) a salir del pozo (paro masivo) que ha generado su incompetencia.

    Saludos cordiales.

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  7. Lo que he observado es que los líderes, fundamentalmente políticos, que más grandilocuencia exhiben en sus propósitos (solidaridad, paz, igualdad, fraternidad), más corrupción moral exhiben. Esa corrupción moral, con el tiempo o de manera casi simultánea, lleva a manifestarse en corrupción material/económica. Y termina degenerando en el orwelliano “todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”.

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  8. Puede que tengas razón Plutarco. A mí se me ocurre esta posible explicación: Tal vez se deba a que el que cree en grandes ideas transformadoras de la realidad es que no ha comprendido aún que a lo único que podemos aspirar es a optimizar nuestro entorno con pequeños y progresivos cambios sujetos a validación y no a enmendarle la plana a la naturaleza desde una ocurrencia genial.

    Los lideres ideológicos o bien mienten descaradamente a sus incautos votantes porque ellos mismos no se creen lo que dicen (y por tanto son deshonestos) o -y esto es aún más grave- se creen sus propios despropósitos (y son honestos) pero están tan ocupados en sus visiones proféticas que no consideran relevante prestar atención a las terrenas maniobras de sus colaboradores que de esta guisa quedan libres para hacer tropelías de todo tipo.

    Al final, lo que importa es que los gobernantes solucionen los problemas de la gente y las ideologías sólo sirven para dar satisfacción moral a los incautos.

    La única estrategia que funciona es comprender la realidad, tener claro que es lo que debe y puede hacerse para mejorarla y ponerse a la tarea partiendo de lo que funciona.

    Saludos cordiales.

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  9. Antonio16:05

    ESTE ES UN ESCRITO QUE CONTIENE GRANDES VERDADES, PERO MISTERIOSAMENTE PARECE QUE LE FALTA ALGO.
    ME RECUERDA A UNO DE LOS DICHOS MAS DEMAGOGICOS DE FELIPE GONZALEZ QUE DECIA QUE "LO IMPORTANTE NO ES QUE EL GATO SEA BLANCO O NEGRO SINO QUE CACE RATONES". YO PARTICULARMENTE ESTOY EN DESACUERDO PORQUE ES IGUAL DE IMPORTANTE EL COMO LOS CAZA, Y LOS EFECTOS COLATERALES DE ESAS CAPTURAS.

    EXIJAMOS TODO EFICIENCIA Y HONESTIDAD. DE PRIMERAS NO LO VAMOS A CONSEGUIR, PERO CADA VEZ ESTAREMOS MAS CERCA.
    SALUDOS A TODOS

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  10. Antonio, llevas razón en lo que dices pero ten en cuenta que el GALTO de Felipe González, no acabó con los ratones, se comió al canario y al loro y dejó la casa patas arriba.

    Los efectos colaterales forman parte del costo de la solución y quien pone en marcha la solución tiene que evaluar esos efectos colaterales y además responsabilizarse de ellos.

    Lo único que yo sostengo es que un político no debe bloquearse cuando se encuentra ante una solución que implique violentar alguna convicción ideológica o moral suya. Un gobernante no puede permanecer cruzado de brazos ante una crisis económica porque sus creencias ideológicas no le permitan, por ejemplo, flexibilizar el mercado de trabajo. O permitir una invasión de inmigrantes ilegales porque cree que todo el mundo merece una oportunidad.

    Para mí, el político ideal debe poseer estas virtudes en orden de importancia:

    - Eficaz, para mejorar la situación de SU país. Y aquí no valen las intenciones, sino los resultados.

    - Flexible para saltarse sus propias convicciones éticas si no hay otra alternativa para cumplir con su obligación de mejorar la situación de su país. Las convicciones éticas o ideológicas son un lujo que sólo se pueden permitir los pobres, pero no los políticos más allá del periodo electoral.

    - Honrado, en el sentido de que no se aproveche de su situación para beneficiarse como individuo.

    Pero si no hay otro remedio, estoy dispuesto a renunciar a la tercera, en beneficio de las dos primeras.


    Saludos cordiales.

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  11. Yack, totalmente de acuerdo con tu último comentario, salvo que lo que llamas "convicciones éticas" en algunos políticos, y sobre todo en el que tú y yo tenemos en mente, es mera ideología, mero sectarismo y rencor heredado de una guerra que no vivida pero que se ha heredado escuchando historias alrededor de la mesa camilla.

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  12. Creo, como tú Plutarco, que ya ha pasado el tiempo de las ideologías, que son formas sesgadas y apriorísticas de interpretar la realidad, para que coincida con nuestras expectativas emocionales.

    La ciencia es el único camino que nos puede ayudar a avanzar, precisamente porque se basa en modelos objetivos y verificables de la realidad.

    El problema viene de que la democracia consiste en pedir opinión a un grupo de personas que no suele estar a la altura de las decisiones que tiene que tomar, y los políticos lo saben.

    El resultado es que le venden modelos simples y falsos de la realidad, que responden a sus expectativas emocionales, aunque son irrealizables. Y son tan irrealizables que cuando ganan las elecciones, no pueden cumplirlos y entonces recurren a hábiles explicaciones para justificar por qué no cumplen sus promesas. ¡Y gracias al cielo que no las cumplen!

    Por ejemplo, los partidos de izquierda te prometen que vas a trabajar menos y ganar más y además, afirman, le vamos a quitar el dinero a los ricos (que son los malos) y te lo vamos a dar a ti (que perteneces al bando de los buenos). Y, puesto que la mayoría de los electores no entienden de economía (porque nadie se la enseñó en el colegio), les suena muy bien ese programa de reparto en el que ellos son los beneficiados y, naturalmente, votan a sus patrocinadores.

    Sencillamente no son conscientes de que existen leyes invisibles, para ellos, que no pueden violentarse por la simple voluntad de un político, por muy convincente que sea en sus arengas y promesas.

    Cualquier programa político tiene que ser 100% coherente con la realidad y sólo desde esa condición pueden hacerse promesas.

    Saludos.

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  13. Excelente post, como siempre.
    Lo que expones es 'lo que debería ser', pero la realidad nos muestra algo muy distinto.

    En el caso de Argentina (por ejemplo), la mayoría de los votos se deciden por el partido al que pertenece un político. No importa si sus lineamientos de gobierno son buenos o creíbles, mucho menos si el candidato es confiable o no. Imagínate que un país que elige por 'sus amores' (como si de fútbol se tratase), no puede tener buenas conducciones.

    Creo que el caso argentino es de estudio. Lo que sucede aquí es una muestra perfecta de por qué no se puede votar en base al 'menos malo', o hacerlo pasionalmente sin desmenuzar lo que tal o cual partido vaya a hacer en el futuro.

    Yo desde hace años vengo ejerciendo otro tipo de acción: voto en blanco. Eso muestra mi desaprobación expresa para con todos los otros partidos, y de paso prohíbe que mi voto sea transformado en dinero por un partido al que no apoyo (aquí cada partido es subvencionado con una cifra variable dependiendo la cantidad de votos recibidos).
    Cabe destacar que (aunque sea habitualmente tapado por los medios y se considere como un impugnado) en las últimas elecciones, en muchas provincias fue elegido como tercer fuerza. Un claro reto hacia toda la política.

    Saludos y nos leemos
    PLPLE

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  14. Amigo PLPE, aunque no conozco, como tú, la política argentina, imagino que debe ser muy parecida a la española.

    Tal vez el problema que tenéis se deba a estos puntos:

    - Se elige a un gobierno y no se respeta sus decisiones al tiempo que se intenta llevarlo por el buen camino (existen muchos “buenos caminos” simultáneos e incompatibles) mediante diferentes modalidades de extorsión (huelgas, manifestaciones, sabotaje, etc.). Se piensa que la solución está siempre en cambiar al gobierno y nunca en ponerse a trabajar duro, cada uno en su puesto. Es como si en mitad de una tormenta, todos se empeñaran en decirle al capitán, que ha sido elegido por la tripulación, qué es lo que debería hacer, y para obligarlo, la tripulación se cruza de brazos o sabotea la estabilidad del barco. Mientras que la ciudadanía (y grupos de presión) no deje de sabotear al gobierno electo y se esfuerce en hacer bien su trabajo, no habrá opciones de mejora.

    - Se vota al partido menos malo que pueda ganar y, al hacerlo así, lo confirman en sus posicionamientos (que luego no se respetan).

    - Se vota por ideología y afinidad emocional, olvidándose y disculpando la catastrófica gestión que ha realizado en legislaturas precedentes.

    - Se persiste en el error, volviéndolo a votar por el simple hecho de ser "nuestro partido favorito".

    Y mientras eso no cambie, y habría que formatear la mente de los electores para conseguirlo, tendremos que sufrir el gobierno que nos merecemos (estadísticamente hablando).

    Sólo me queda recomendarte paciencia y templanza, que no hay mal ni bien que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.

    Saludo cordiales.

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  15. Hola Yack.

    En realidad te faltó la opción que corresponde, y es "todas las anteriores".
    Todo lo que detallas es lo que pasa en el país. Somos un rejunte de errores metidos en un solo país. Por eso decía que el caso es de estudio, más teniendo en cuenta que España está transitando la misma senda.

    El mal, aquí, ha durado más de 100 años. Creo que en ese lapso no se ha votado correctamente ni una sola vez. Eso sí, el cuerpo ya no lo resiste, pero como no sabe dónde está la enfermedad, produce malestar de pies a cabeza.

    Saludos y suerte
    PLPLE

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  16. Cameleonx, sólo puedo recomendarte paciencia y templanza.

    Y el único consuelo al que puedes acogerte, como hago yo con mi país, es pensar que hay lugares aún peores.


    Saludos.

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