Si te interesa ahondar en ciertos temas, dar tu propia versión, conocer la de otros y debatirlas constructivamente, te invitamos a participar en este blog. Sólo tienes que elegir uno de los temas tratados e introducir tus comentarios para entrar en el debate.
¡¡Atrévete!!

¿Qué es la conciencia?

De todas las facultades que poseemos, la conciencia y la autoconciencia es, sin duda, la más valiosa, aunque también la más difícil de definir y comprender.

¿Quién tendría interés en vivir sin conciencia de sí mismo, convertido en una especie de robot sin alma? En tal caso, la existencia perdería todo su sentido y la vida no merecería ser vivida.
Por otro lado, cuando caemos en un sufrimiento insoportable, desearíamos desconectar nuestra conciencia transitoriamente, sumergiéndonos en un profundo sueño o definitivamente, con la muerte, si no atisbamos una posible redención en el futuro.
Así que, sea lo que sea la conciencia, es a un tiempo, el origen y la razón de ser de nuestra existencia humana.
En esta tertulia trataremos de profundizar, hasta donde nos sea posible, en su esquiva naturaleza.
____________________________

Yack

El conciencia humana es, probablemente, el enigma más difícil de resolver con el que se ha enfrentado el pensamiento humano. Y ello se debe a que la conciencia representa al observador mismo, a la última instancia en la que acaba todo conocimiento o especulación. Podríamos representarla como un misterioso observador repantigando en la última butaca de la sala donde se proyecta la película de la Realidad.
Trataremos, pues, de avanzar unos pasos en la oscuridad de la sala, y alumbrar fugazmente, con la linterna de la especulación, a ese extraña entidad que llamamos conciencia, a un tiempo tan cercana a nuestras emociones y tan alejada de nuestra comprensión.
La primera idea que pondremos sobre la mesa es que tal vez la razón por la que no podemos comprender la naturaleza de nuestra propia consciencia haya que buscarla en el hecho de que no está diseñada para observarse a sí misma, y por lo tanto, todo lo observado ha de ser interpretado por la propia conciencia. Una consecuencia que se deriva de la imposibilidad de observar nuestra propia conciencia, es que nos resulta imposible asegurar que nuestros pensamientos no forman parte de un sueño o forman parte de un programa de ordenador, dado que no podemos separarnos de la conciencia y observarla desde afuera. Un ejemplo de esta situación lo constituye la imposibilidad de ver los propios ojos, si no es con la ayuda de un espejo. Ni que decir tiene que en el caso de la conciencia, no existe un espejo donde podamos examinarla.
Pero para seguir avanzando hacia nuestro objetivo, utilizaremos el experimento mental de la conservación de la identidad en la teletransportación:  Supongamos que se ha inventado una máquina de teletransportación capaz de hacernos viajar a la velocidad de la luz de un lugar a otro. La pregunta que habrá que contestar es si en el viaje se conserva la identidad del viajero.
El funcionamiento del sistema de teletransportación es conceptualmente simple:
En la estación de partida existe un escaner 3D que puede escanearnos de arriba abajo, y extraer la información digital de la posición y naturaleza de cada uno de nuestros átomos.
En la siguiente fase, la información digital es convertida en ondas de radio y transmitida a la estación de llegada.
En la estación de llegada disponen de una especie de impresora 3D que puede imprimir, átomo a átomo, una réplica exacta de nuestro cuerpo.
En la tercera fase, después de confirmar que la recomposición ha sido perfecta en la estación de llegada, se dará el OK para destruir nuestro cuerpo original, que quedó en la estación de salida como backup de seguridad. Para evitarle al viajero original el mal trago de pasar por una ejecución, podríamos suponer que lo mantenemos en suspensión temporal con bloqueo de la conciencia
Bien, hasta aquí una descripción del sistema que nos servirá de base para especular. Supongamos que la empresa propietaria del revolucionario método de viaje instantáneo nos pide un informe documentado que demuestre que el viajero no sufrirá daño ni menoscabo alguno en su identidad. Se trataría de acallar las maledicencias de aquellos que afirman que el nuevo sistema de teletransportación mata al viajero que paga el viaje en origen y la copia que se recompone en destino no tiene más vinculación con su original que el que puedan tener dos hermanos gemelos.
En otras palabras, la pregunta que trataremos de contestar es: ¿Moriremos en la cabina del teletransportador y nacerá a la vida otro ser diferente, aunque igual que nosotros, o seremos nosotros mismos los que realmente hagamos el viaje?
Esta es una pregunta muy relevante para la agencia de viajes y para sus potenciales clientes. Dependiendo de la respuesta, la empresa se arruinará o se convertirá en un gran negocio.
Nos encontramos pues ante uno de esos experimentos mentales que nos conduce directamente al núcleo del gran misterio de la conciencia.
De entrada avanzaremos que nuestro informe será positivo, en el sentido de asegurar que la teletransportación es una forma tan válida como viajar en tren, en automóvil, en avión o andando. Veamos ahora la argumentación:
Hagamos uso de la imaginación y visualicemos el tiempo como una sucesión de instantes estáticos, como los fotogramas de una película.
Dentro de cada fotograma tendremos un instante estático del viajero, incomunicado del siguiente fotograma (futuro) y del anterior fotograma (pasado) dado que la información no fluye hacia el pasado ni hacia el futuro. Pero, ¿qué queremos decir cuando afirmamos que la información no fluye hacia el pasado ni el futuro?
Analicemos la siguiente cadena de acontecimientos que suceden en los instantes (t), (t+1), (t+2)...
(t) Estamos en la parada del autobús, absortos en nuestros pensamientos.
(t+1) Observamos que un camión se nos viene encima y no hay tiempo de evitarlo.
(t+2) Morimos aplastados y perdemos la conciencia para siempre.
Cuando se ha dicho que la información no fluye hacia el pasado ni hacia el futuro, hemos querido señalar que nuestro Yo en (t+1) no puede avisar a nuestro Yo pasado (t) para que se aparte antes de que sea demasiado tarde. Y tampoco nuestro Yo pasado (t) sentirá dolor o miedo cuando se produzca el mortal accidente en (t+2).
Pero, se podría objetar, la información sí fluye del pasado hacia el futuro. Mi Yo en (t+1) sabe (o supone) que sufrirá un accidente en (t+2) y por eso le pasa esa información de alerta a (t+2) para que se aparte y evite el accidente.
Sí, es cierto que la información fluye hacia el futuro, pero no directamente entre (t+1) y (t+2), sino codificada en la memoria del sujeto. De hecho, tal vez en (t-1) podría haber observado el camión acercándose, pero casualmente estaba mirando en otra dirección. Mi sistema perceptivo no captó la información y por tanto no la codificó en la memoria y por eso no pudo pasarla a mi Yo en (t). Conocemos el pasado sólo en la medida en que está codificado en nuestra memoria presente. Nuestra conciencia sólo puede observar el presente, aunque puede "recordar" el pasado observando los datos que están almacenados en la memoria o imaginar el futuro observando lo que la imaginación ha concebido.
En realidad, nuestra mente sólo es un sistema de supervivencia guiado por el instinto de conservación. Sentimos dolor en (t) cuando nuestra imaginación, basándose en nuestra memoria, prevé que vamos a sufrir daño en (t+n). La función de ese dolor anticipado es obligarnos a cambiar la cadena de sucesos para que en (t+n) nos hayamos situado en una posición ventajosa y no experimentemos el daño que nuestra imaginación ha anticipado.
Si en (t) no nos preocupara lo que puede ocurrirnos en (t+n) no sobreviviríamos. Cuando un individuo en el instante (t) previese que se le viene encima un tren, podría pensar que a él no le va a alcanzar, sino a su Yo en (t+n) y dado que el dolor no fluye hacia el pasado, el está a salvo de ese dolor. Sin embargo el mecanismo de supervivencia bloquea ese razonamiento generando dolor anticipado en (t) para mover a la acción y preservar nuestra versión futura (t+n).
El instinto de supervivencia nos obliga a ser solidarios con nuestros Yos futuros, y tanto más solidarios cuanto más próximos están en el futuro.
Este altruismo forzado está sostenido en la capacidad de la mente para volver dolorosa, en el presente, la creencia de que tu Yo futuro (t+n) sufrirá una experiencia dolorosa o la muerte, aun cuando la suposición fuese errónea y el accidente no llegara a producirse nunca. Por ejemplo, si un médico, por error, informa a su paciente de que sólo le quedan dos semanas de vida, éste comenzará a sufrir desde ese mismo instante, y para aliviar ese sufrimiento sólo le queda la vía de buscar la forma de evitar que muera su Yo de las próximas dos semanas.
Desde esta perspectiva, regresemos al problema de la teletransportación y centremos nuestra atención en el último fotograma consciente antes de la desintegración (t) y en el primero consciente de la reintegración (t+10). Entra ambos han transcurrido diez minutos.
Supongamos ahora que podemos desplazarnos en el tiempo y dialogar con los diferentes fotogramas que configuran la cadena temporal de acontecimientos.
Si preguntamos al viajero del fotograma (t), nos dirá que se dispone a iniciar su viaje y que recuerda toda su vida anterior hasta el momento de entrar en el desintegrador y que al no haber experimentado ninguna sensación incomoda, estaría dispuesto a repetir el viaje, al menos en lo que se refiere a los prolegómenos hasta ese instante.
En buena lógica, al viajero en (t) no debería preocuparle si en el instante (t+1) el teletransportador generase o no una réplica de él mismo, puesto que su estado actual en (t) no va a cambiar ocurra lo que ocurra, puesto que lo que tenga lugar en su futuro (t+n) no puede afectarle en (t).
Sin embargo, y este es el punto crucial, sí le afecta emocionalmente en (t) la creencia de lo que ocurrirá en (t+1), (t+2)... Por ejemplo, si su Yo en (t) cree que la máquina fallará y su Yo no sobrevivirá en (t+n) estará preso de la angustia en el instante (t), pero si está convencido de que todo irá según lo deseado, se sentirá cómodo e ilusionado.
Resulta incuestionable que cada instante de la existencia de nuestro viajero es estático y autosuficiente a nivel de conciencia y el futuro siempre es una suposición que el viajero en (t) nunca podrá confirmar, porque está atrapado en un instante. La sensación de continuidad temporal que experimentamos y la preocupación por lo que nos ocurrirá en el futuro es sólo la manifestación del mecanismo de supervivencia. Este mecanismo se encarga de que nos preocupemos por asegurar la existencia de nuestros fotogramas futuros, aunque nunca tendremos acceso a ellos, si bien la conciencia nos proporciona una sensación subjetiva de unidad responsable, partiendo de una discontinuidad real e irresponsable.
A todos los efectos prácticos, vivimos multitud de vidas infinitesimales y desconectadas entre sí, que sin embargo percibimos como una única vida continua.
Esta discontinuidad esencial, y la forma en que la gestionamos, se ve con mayor claridad cuando nos dejamos arrastrar, sin temor, a la pérdida de conciencia durante las horas que dura un sueño. Si no nos produce terror la idea de desvanecernos en la nada, que es el equivalente de morir, se debe a que nuestra experiencia (memoria) nos asegura que siempre que nos hemos dormido, hemos despertado y reanudado la vida normalmente.
En un sueño el individuo pierde la conciencia en (t) y en (t+n) renace un nuevo individuo que recuerda ser el mismo que se durmió en el instante (t). Pero, supongamos que durante el sueño, han hecho una copia idéntica y han incinerado al original. En tal caso ¿serían las cosas distintas para el individuo que se durmió? Obviamente no. Por un lado el individuo en (t) cuando entró en la inconsciencia, no puede saber lo que ha ocurrido en el instante de la incineración y por tanto es ajeno a su futuro. Tampoco al individuo que renace en (t+n) le importa si es una copia o el original porque la experiencia es la misma en ambos casos.
Nuestro sistema de supervivencia se basa en que en (t) disponemos de una suposición sobre (t+1) que nos preocupa hasta el punto de vernos obligados a trabajar en favor de (t+1), incluso en contra de nuestros intereses en (t), en una especie de altruismo futurista obligatorio. Como ejemplo, consideremos la situación en la que hacemos dieta para que nuestro Yo futuro se beneficie de nuestro sufrimiento presente.
Volviendo al tema de la teletransportación, si mi Yo en (t) puede deducir, con la ayuda de la memoria, la suposición de que el Yo en (t+1) no sufrirá daño, se someterá al viaje. Pero en un sentido profundo y existencial, los diferentes (t-n), (t) y (t+n), al estar confinados en un instante hermético, no deberían preocuparse por nada pasado ni futuro. Si lo hacen es porque existe un mecanismo de supervivencia que se encarga de esa función, es decir, de convencer al Yo en (t) que debe sacrificarse por el Yo en (t+n) y lo hace por el sencillo y efectivo procedimiento de producirle dolor y sufrimiento (angustia y miedo) en (t). Los individuos muy valientes carecen de este mecanismo y como consecuencia viven muy poco, aunque 0ueden ser útil a una comunidad de cobardes previsores.
En la película El truco final (de Nolan) se plantea dramáticamente esta situación. El protagonista puede duplicarse mediante una máquina. Una copia aparece en el escenario por arte de magia, la otra cae a un tanque de agua hermético donde se ahoga inexorablemente.
Cada vez que aprieta el botón, se pregunta si esta vez caerá en el tanque o en el escenario.
En realidad, siempre caerá en el escenario porque la otra copia morirá y con ella su recuerdo de una muerte espantosa. Si la copia condenada consiguiera salvarse, nunca más repetiría el ejercicio porque su memoria le dice que su Yo en (t+1) corre peligro. En cambio la copia que aparece en el escenario contiene la experiencia de que (t+1) no sufre daño y por eso repetirá una y otra vez el ejercicio, como lo haría el viajero teletransportado.
En resumen, dada la naturaleza secuencial y hermética de la conciencia, el viaje por teletransportación es viable y no supone ningún menoscabo para el viajero, puesto que la existencia de los seres conscientes es una especie de teletransportación permanente hacia el futuro en el que nos volvemos a materializar infinidad de veces.
 

4 Comentarios Pulse aquí para comentar:

Miquel dijo...

En mi blog tengo una breve reflexión sobre mi opinión al respecto. "La conciencia es el espectador de tu historia a la que asistes sin intervenir en el desenlace. Solo queda recordar y, esperar………
Puedes, no obstante, disfrutar con tu aventura, y cohesionar la colección de recuerdos que forman tu trayectoria vital reconstruyendo tu biografía para hacerla más soportable.
Cada uno es, en esencia, el relato cronológico que ha sido capaz de elaborar sobre uno mismo y las circunstancias que le ha tocado vivir. Pretendemos conocer los detalles que nos han hecho llegar hasta aquí. En eso consiste la memoria, y sin esa vinculación con el pasado estamos perdidos."

YACK dijo...

Puede ser una buena definición de la conciencia. No obstante habría que aclarar muchos puntos sobre ella porque, al menos para mí, es el mayor misterio con el que nos enfrentamos.

Dado que es el ojo a través del cual percibimos la realidad, tenemos que creer ciegamente en lo que nos cuenta, sin opción de comprobarlo.

Por eso no sabemos, ni podremos saber, si es un ojo o el objetivo de un proyector que genera nuestras experiencias, tal vez controlado desde otro nivel, desde otra simulación de mayor rango.

Saludos.

writkas dijo...

No me acuerdo donde vi, leí o escuche que: la conciencia es una sensación ("soy consciente"), que además dirige la atención. (Que uno elija a que poner atención)



Muchas veces se habla de: "la conciencia del yo", "la conciencia del bien", "el ser consciente de la vida", "el ser consciente del dolor de otra persona", etc. Pero me doy cuenta que lo que dicen de la conciencia tiene muchas máscaras. Al final parece ser que es un atributo "supuestamente humano" que nos identifica del resto de la sociedad. Puede que sea algo así como la identidad de uno.

Pareciera que fuera el "supuesto libre albedrío". Pero se sabe que eso no es muy cierto.

Saludos

YACK dijo...

Tienes razón en que hay muchas definiciones de la conciencia y muchos aspectos diferentes. Tal vez se deba a que está presente en todo aquello que es relevante para nosotros.

Yo diría que la conciencia es el puente de mando de esa gran máquina que es nuestro cerebro. Ahí se toman todas las decisiones importantes y los acuerdos definitivos. Se imparten las ordenes para actuar sobre el mundo real. En ella se experimentan las emociones junto con el sufrimiento y el placer asociados a ellas. La conciencia lleva un registro indexado de todo lo que acontece en el mundo real y dentro de nosotros mismos, para que podemos acceder a esos datos siempre que lo necesitemos. En la conciencia podemos recrear el pasado, y también el futuro, imaginar lo que ocurrirá y lo que no ocurrió, visualizar nuestros deseos y nuestros temores.

Parece lógico y necesario que exista esta instancia superior, esa sala de control que decida en última instancia y que soporte todas esas funciones portentosas, pero sigue sin aclararse una última cuestión de naturaleza filosófica: ¿por qué "sentimos" todo eso? y lo más importante ¿qué órgano o dispositivo puede "sentir" todo eso y recrear la sensación subjetiva de que aquello nos está ocurriendo precisamente a nosotros?

Un tema tan interesante como difícil.

Saludos.