Si te interesa ahondar en ciertos temas, dar tu propia versión, conocer la de otros y debatirlas constructivamente, te invitamos a participar en este blog. Sólo tienes que elegir uno de los temas tratados e introducir tus comentarios para entrar en el debate.
¡¡Atrévete!!

¿Nos ayuda la inteligencia a ser felices?

Si consideramos el hecho de que  somos la única especie que posee la inteligencia suficiente para saber la inevitabilidad de su propia muerte, estaremos de acuerdo en que, al menos en este caso, la inteligencia contribuye a nuestra infelicidad.

Por otro lado, resulta evidente que gracias a la inteligencia, disponemos de deliciosos alimentos con sólo alargar la mano, hemos triplicado nuestra esperanza de vida y desarrollado la tecnología que nos salvaguarda de muchos de los peligros que acechan a las demás especies.

Estos dos ejemplos demuestran que la inteligencia puede ponerse de nuestro lado o en nuestra contra según qué casos.
En esta tertulia trataremos de establecer con mayor fundamento cómo afecta la inteligencia a nuestras expectativas de ser felices.
____________



"El sistema escolar es anacrónico" Ken Robinson from Claudio Alvarez Terán on Vimeo.




Yack:

Si la inteligencia tiene como fin la resolución de problemas complejos, cuanto más inteligente se es, más cantidad de problemas difíciles se está en condiciones de resolver.
Pero, ¿resolver problemas difíciles ayuda a ser feliz?

Sin ningún género de dudas la respuesta a esta pregunta no puede ser otra que un rotundo sí.  Y la prueba más concluyente de la afirmación precedente es que muchas personas compran libros de crucigramas y sopa de letras para divertirse resolviendo problemas. Y si este no fuese argumento suficiente, todos conocemos por propia experiencia la satisfacción que experimentamos al resolver problemas, y tanto más, cuanto más difícil era el problema y mayor el sufrimiento que nos ocasionaba.

Pero antes de seguir adelante, mencionaremos una excepción a esta regla: Imaginemos una persona de tan escasa inteligencia (un niño por ejemplo) que no llega a comprender la inevitabilidad de la muerte y al mismo tiempo pertenece a una familia pudiente que le asegura una vida confortable y feliz, hasta donde esto es posible. Este caso sería la excepción a la regla, y sólo podría darse en individuos poco inteligentes que tuvieran la suerte de contar con alguien lo suficientemente inteligente como para cuidar de él mismo y de la persona a su cuidado.

Y siguiendo con el caso más habitual, y encontrada ya la solución al primer problema que nos planteamos, podemos pasar a considerar la cuestión subsiguiente:  Si resolver problemas nos ayuda a ser felices, y cuanto más inteligentes seamos, más problemas podremos resolver, surge la inevitable pregunta: ¿Se puede mejorar la propia inteligencia? Y si así fuera, ¿cómo?

Como vimos anteriormente, la inteligencia no es otra cosa que la facultad o habilidad para resolver problemas. Cada ser humano nace con una determinada inteligencia, o más exactamente, con una determinada panoplia de inteligencias sectoriales que le permitirán resolver, con mayor o menor facilidad, determinados tipos de problemas.

Afortunadamente, la inteligencia genética con la que nacemos puede mejorarse mediante el aprendizaje y el entrenamiento intensivo. Y de lo anterior se sigue que, si queremos ser más felices, deberíamos entrenar la inteligencia para mejorar nuestras expectativas.

El ejemplo de lo que proponemos podría ser el de un joven que aspira a convertirse en un gran jugador de futbol y que no tendría otro camino para conseguirlo que entrenar intensivamente siguiendo un buen plan que optimizara su esfuerzo.

Pero, ¿qué tipo de inteligencia debemos mejorar?, ¿la que poseemos en mayor grado o aquella otra en la que somos deficitarios?

Esta es una pregunta tan importante como difícil de responder. Encontramos personas que se han especializadlo en mejorar el tipo de inteligencia que mejor rendimiento les ofrecía (Einstein y la física, Mozart y la música) y han tenido mucho éxito.

Otras, como Demóstenes, se empeñaron en elevar el nivel de una facultad en la que eran deficitarios y consiguieron también el éxito que los catapultó a la fama.

Entonces, ¿qué hacer?

La decisión depende del entorno en que nos desenvolvemos. Por lo general, lo más práctico es invertir en la habilidad que más desarrollada tenemos, porque si así lo hacemos, contaremos con una ventaja  en la salida y, por lo tanto, más posibilidades de llegar a la meta en buena posición. Sin embargo, a veces el entorno en que vivimos nos exige la mejora de una habilidad en la que somos deficitarios, y a menos que podamos demostrar genialidad en otra, y salvarnos con ella, es preferible dedicar toda la energía a mejorar la facultad crucial, en la que somos deficitarios.

Por ejemplo, supongamos que un individuo es deficitario en sus habilidades sociales y eso le priva de importantes satisfacciones y oportunidades en el campo de la amistad, el sexo, el trabajo,  el ocio, etc., pero como compensación posee una buena inteligencia matemática.

La cuestión que nuestro sujeto de estudio tendría que dilucidar es si debería dedicar su mayor esfuerzo a mejorar en matemáticas, que es su única apuesta ventajosa o, por el contrario, sería preferible dedicar sus mejores esfuerzos a potenciar su escasa habilidad social.

Lo que solemos hacer en estos casos es volcarnos en las actividades que nos reportan mayor satisfacción, que suelen ser aquellas en las que obtenemos mejores resultados, dejando a las demás reducidas a su mínima expresión. Si imaginamos que nuestro cerebro es una huerta, dirigiremos el caudal de nuestra energía a las plantas que mejor crecen y dejaremos que se angosten las más depauperadas.

Pero, ¿es buena esta política si lo que buscamos es ser tan felices como sea posible?
Considerado el asunto desde el punto de vista omnisciente de la Naturaleza, es obvio que sería una buena estrategia general la de exhortarnos a explotar intensivamente nuestros talentos naturales o genéticos. La sociedad necesita especialistas para avanzar en cada uno de los diferentes campos en que se divide la actividad humana: buenos fontaneros, buenos escritores, buenos científicos, buenos músicos, etc. Y esa es la razón por la que sentimos mayor placer cuando nos entregamos a actividades que ya sabemos hacer y que ejercemos con mayo destreza que nuestros semejantes.  Esa recompensa extra, que nuestro cerebro nos concede, representa a la mano invisible de la Naturaleza, mostrándonos el camino a seguir.

Pero aquí  y ahora no estamos interesados en complacer a la Naturaleza, y con ella a los intereses de la especie, sino en encontrar el camino que haga más feliz al individuo, con independencia de que sea el más conveniente para el conjunto de la sociedad.
Consideremos el caso del gran matemático Gauss. ¿Quién conocería a Gauss si no hubiera desarrollado su gran talento matemático? Sabemos que Gauss carecía de habilidades sociales y que cuando tenía que dirigirse a un auditorio sufría mucho por causa de su timidez y tartamudez.

Pero a Gauss esta estrategia le funcionó, porque su talento matemático le salvó de la indigencia y elevó su estatus social hasta un nivel en el que era respetado por los demás, aunque sólo fuese por su enorme talento matemático y la fama que éste le deparó. Pero, si imaginamos que Gauss sólo hubiera poseído un talento matemático excepcional  pero sin llegar a la genialidad, o que no hubiese tenido la suerte de toparse con un maestro que descubriera y promocionara su talento, las cosas hubieran sido muy distintas para él.

De todo lo anterior se deduce que cada individuo debe considerar con cuidado su situación vital, en el contexto social dónde le ha tocado vivir y en base a eso, decidir dónde dirigir su mayor esfuerzo y cómo distribuir la energía sobrante.

Una vez decidido este punto, debe invertir su energía en la mejora de las facultades que considera cruciales para conseguir la mayor dosis de felicidad que le sea posible.
Por ejemplo, un inmigrante que llega a un país en el que se habla otra lengua, con independencia del talento natural que posea, debe dedicar la mayor parte de su energía a aprender bien el idioma del país receptor, por muy poca habilidad que tenga para los idiomas.

En resumen, en cada momento hay que decidir racionalmente, en qué nos conviene más invertir nuestra energía, y a continuación poner a contribución la propia voluntad para evitar que la energía se desvíe hacia las actividades más placenteras y motivadoras que no estén contempladas en el plan.

En cuanto a la cuestión de cómo mejorar nuestras habilidades, veamos algunas recomendaciones:

  • Planificar el tiempo diario que dedicaremos a cada una las actividades, en función de su importancia y dificultad.

  • Diseñar un método para hacer más eficientes y agradables el aprendizaje de las actividades cruciales, partiendo de la información que poseemos. Más adelante, iremos readaptando el método en función de la experiencia acumulada y de los resultados obtenidos.

  • Aprovechar el tiempo improductivo para realizar los ejercicios y prácticas que se adapten a esas ocasiones. Por ejemplo, si aprendemos idiomas podemos grabar en el teléfono móvil las lecciones y aprovechar el tiempo de desplazamiento para aprender.

  • Alternar temas difíciles con temas fáciles/divertidos para evitar el cansancio y la pérdida de concentración.

  • Ajustar los tiempos de trabajo a la capacidad de atención. Si sólo podemos concentrarnos en una tarea durante 10 minutos, dividamos el tiempo en bloques de 10 minutos separados por 2 minutos de descanso, o intercalemos otras actividades diferentes. Esta planificación, debe ajustarse a las características personales de cada uno.

En resumen, de lo que se trata es de decidir con claridad que habilidades debemos aprender o mejorar, planificar y dosificar con inteligencia nuestra energía mental para conseguir los objetivos que nos hemos propuesto  y aplicar la fuerza de voluntad para atenernos a lo ya decidido, en tanto no haya razones objetivas para cambiarlo.
Disponer de un plan escrito donde se recoja las decisiones y las estrategias, así como el cumplimiento diario, es casi imprescindible, pues este servirá de refuerzo y recordatorio día a día.

4 Comentarios Pulse aquí para comentar:

camaleonx dijo...

Muy interesante el concepto, y muy complejo también.
Todavía no estoy seguro si la inteligencia está ligada a la resolución de problemas, porque creo que hay al menos dos tipos de inteligencia (los dos que marcas en el post) y una es totalmente opuesta a la otra.

Como bien dices, todo depende del entorno y la forma de ser de cada humano que aplique tal o cual inteligencia. Pero a veces una persona puede demostrar inteligencia aunque falle en la resolución. Por ello no creo que vaya estrictamente ligada a ese asunto.

De todas formas, es un excelente punto de discusión y razonamiento. Gracias por seguir posteando estas cosas que nos hacen reflexionar! (leo todo, aunque no siempre comento).

Saludos
PLPLE

YACK dijo...

Tal vez habría que añadir que la inteligencia no sólo sirve para resolver problemas, sino para crearlos.

Podríamos verlo así:

Nuestro cerebro es una máquina dedicada a repetir ciclos cerrados desde que nacemos hasta que morimos. Los ciclos se componen de tres etapas consecutivas:

- Imaginar cómo será el futuro (Futuro-previsible).

- Decidir cómo nos gustaría que fuese ese futuro (Futuro-deseable).

- Idear un plan para cambiar el Futuro-previsible a fin de hacerlo tan parecido al Futuro-deseable como sea posible.

A la situación en la que ambos futuros se hacen excluyentes se le suele llamar “problema” e “inteligencia” a la capacidad para acercar ambos modelos y resolver el problema.

Por ejemplo, estoy conduciendo mi auto hacia una reunión crucial para mi carrera. Imagino mi actuación brillante y un ascenso casi seguro (Futuro-previsible).

El automóvil se detiene sin motivo conocido y mi cerebro visualiza un nuevo Futuro-previsible en el que no asisto a la reunión, mis jefes me consideran un irresponsable y pierdo la oportunidad de mi vida.

Naturalmente el Futuro-previsible anterior a la avería ha pasado a ser el Futuro-deseable, pero ahora ambos futuros están separados por un problema (llegar puntual a la cita) que hay que resolver para hacer coincidir el Futuro-deseable con el Futuro-previsible.

Mi mente se pone en actividad frenética buscando todo tipo de soluciones, utilizando para ello la inteligencia. Unas veces la inteligencia consigue resolver el problema, otras no, y la mayoría de las veces, lo resuelve a medias: llego media hora tarde y tal vez evito el desastre.

Pero lo que sí es cierto es que cuanto más inteligencia se tenga mayor será la probabilidad de cambiar el Futuro-previsible para acercarlo al Futuro-deseado.

Como bien dices, a veces se puede tener mala suerte y a pesar de tener una buena inteligencia, no conseguir el objetivo. Sin embargo, la inteligencia es tan buena como la cantidad y complejidad de problemas que es capaz de resolver en relación con la de nuestros semejantes.

También conviene recordar aquí que se puede ser inteligente de muchas maneras diferentes: contando una historia, jugando a los bolos o resolviendo problemas de matemáticas. Todo aquello que sirva para cambiar el futuro en la dirección deseada es inteligencia.
Y para eso sirve la inteligencia, para cambiar el futuro y hacerlo más adecuado a nuestros intereses individuales y colectivos.

Y gracias por tu interés en los temas que se exponen en este blog.

Saludos cordiales.

writkas dijo...

También hay algo de la inteligencia que debemos considerar.

A veces las cualidades que consideramos de personas inteligentes las tienen, a veces, personas que no tienen habilidades sociales o incluso prácticamente ninguna capacidad para comunicarse con los demás.

Lo que pasó con el cociente intelectual. Muchos pensaron que ese método era el mejor para medir la inteligencia de las personas pero resulta que hay personan que no tienen prácticamente ninguna capacidad para socializar y sacan los máximos puntajes.

Al fina pienso que la inteligencia solo se puede medir por pequeñas áreas. También deberá depender de los patrones de las redes neuronales si son eficaces o no, tal vez ciertos químicos, que se yo.

Y otra observación, es que a veces se saca en cara ciertas habilidades de los humanos que no tienen otros animales y dicen que nosotros somos únicos. Lo más probable es que sea verdad, que la diferencia es tanta con el resto de los animales que se puede decir que somos únicos.

Pero todavía no se sabe quien es consiente y quien no lo es, entre nosotros los humanos lo sabemos pero en los animales es diferente. Por ejemplo, puedo decir "mi perro me mordió despacio por que sabe que si me muerde fuerte me hará daño", etc. Así que por eso puedo decir que mi perro es consiente de que yo siento dolor, por ejemplo. ¿Pero mi perro tendrá la misma sensación de conciencia que yo? Por que al final pareciera que la conciencia es una sensación, que sirve para dirigir la atención. ¿o algo más?

Si invertimos esta ficción humana de creernos superiores. Valdría decir que nosotros los murciélagos somos consientes por que vemos por ultra sonido.

Me refiero a que no podemos sacar en cara habilidades diferentes, y creer que somos especiales, por que prácticamente todos los animales tendrán habilidades diferentes.

Y también hay muchas habilidades que popularmente son destacadas como únicas del humano, pero no es siempre así.

YACK dijo...

Writkas, tal vez la única diferencia importante de la que podemos enorgullecernos los seres humanos sea la inteligencia. En lo demás, como bien dices, no tenemos ventajas decisivas con el resto de las especies.

La pregunta que muchos se hacen es: ¿Y qué criterio habría que considerar para decidir que somos superiores al resto de los animales?

Si elegimos la longitud del cuello, nos ganan las jirafas por goleada y si es la de evitar obstáculos de noche, los murciélagos se llevan la palma.

Parecería que establecer la inteligencia como medida de superioridad es hacer trampas, puesto que es en la que nosotros destacamos.

Pero sin entrar en disquisiciones filosóficas, yo pienso que una propiedad como la inteligencia es algo más que una visión nocturna o un cuello descomunal.

La inteligencia nos ha permitido prosperar sin límites, librarnos de los depredadores más temibles y someterlos a nuestra voluntad, extraer energía fósil y nuclear para nuestro uso particular, comprender la estructura fina de la realidad y cómo llegamos hasta aquí, decidir cómo nos gustará ser en el futuro, detectar un supermeteorito que puede impactar sobre el planeta y desviarlo, fabricar seres artificiales que piensen, tal vez mejor que nosotros, quizás liberar algún día nuestra consciencia de su viejo soporte orgánico y romper para siempre con el modelo evolutivo de la selección natural para sustituirlo por otro de evolución consciente, de la mano del diseño genético, y tantas otras cosas que no he de enumerar.

Y todo ello por obra y gracia de nuestra excepcional inteligencia, que creo es la facultad más valiosa que puede ostentar un ser vivo.

Para mí, el homo sapiens ha demostrado sobradamente ser la especie capacitada para iniciar una nueva etapa en la historia del universo y eso nos permite mirar a las demás especies por encima del hombro sin que ellas puedan molestarse por ello, dado que su inteligencia no llega ni siquiera al nivel de intuir su abismal inferioridad.

Pero no quiero decir con esto que sea mérito nuestro esta superioridad, sino el resultado final de un proceso de complejización ascendente que ha culminado, por pura casualidad, en nuestra especie, aunque podría haber sido otra la afortunada.

¡Felicitémonos, pues, por haber sido los agraciados con el premio gordo de la lotería genética!

Saludos cordiales.