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¿Nos ayuda la inteligencia a ser felices?

Si consideramos el hecho de que  somos la única especie que posee la inteligencia suficiente para saber la inevitabilidad de su propia muerte, estaremos de acuerdo en que, al menos en este caso, la inteligencia contribuye a nuestra infelicidad.

Por otro lado, resulta evidente que gracias a la inteligencia, disponemos de deliciosos alimentos con sólo alargar la mano, hemos triplicado nuestra esperanza de vida y desarrollado la tecnología que nos salvaguarda de muchos de los peligros que acechan a las demás especies.

Estos dos ejemplos demuestran que la inteligencia puede ponerse de nuestro lado o en nuestra contra según qué casos.
En esta tertulia trataremos de establecer con mayor fundamento cómo afecta la inteligencia a nuestras expectativas de ser felices.
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"El sistema escolar es anacrónico" Ken Robinson from Claudio Alvarez Terán on Vimeo.




Yack:

Si la inteligencia tiene como fin la resolución de problemas complejos, cuanto más inteligente se es, más cantidad de problemas difíciles se está en condiciones de resolver.
Pero, ¿resolver problemas difíciles ayuda a ser feliz?

Sin ningún género de dudas la respuesta a esta pregunta no puede ser otra que un rotundo sí.  Y la prueba más concluyente de la afirmación precedente es que muchas personas compran libros de crucigramas y sopa de letras para divertirse resolviendo problemas. Y si este no fuese argumento suficiente, todos conocemos por propia experiencia la satisfacción que experimentamos al resolver problemas, y tanto más, cuanto más difícil era el problema y mayor el sufrimiento que nos ocasionaba.

Pero antes de seguir adelante, mencionaremos una excepción a esta regla: Imaginemos una persona de tan escasa inteligencia (un niño por ejemplo) que no llega a comprender la inevitabilidad de la muerte y al mismo tiempo pertenece a una familia pudiente que le asegura una vida confortable y feliz, hasta donde esto es posible. Este caso sería la excepción a la regla, y sólo podría darse en individuos poco inteligentes que tuvieran la suerte de contar con alguien lo suficientemente inteligente como para cuidar de él mismo y de la persona a su cuidado.

Y siguiendo con el caso más habitual, y encontrada ya la solución al primer problema que nos planteamos, podemos pasar a considerar la cuestión subsiguiente:  Si resolver problemas nos ayuda a ser felices, y cuanto más inteligentes seamos, más problemas podremos resolver, surge la inevitable pregunta: ¿Se puede mejorar la propia inteligencia? Y si así fuera, ¿cómo?

Como vimos anteriormente, la inteligencia no es otra cosa que la facultad o habilidad para resolver problemas. Cada ser humano nace con una determinada inteligencia, o más exactamente, con una determinada panoplia de inteligencias sectoriales que le permitirán resolver, con mayor o menor facilidad, determinados tipos de problemas.

Afortunadamente, la inteligencia genética con la que nacemos puede mejorarse mediante el aprendizaje y el entrenamiento intensivo. Y de lo anterior se sigue que, si queremos ser más felices, deberíamos entrenar la inteligencia para mejorar nuestras expectativas.

El ejemplo de lo que proponemos podría ser el de un joven que aspira a convertirse en un gran jugador de futbol y que no tendría otro camino para conseguirlo que entrenar intensivamente siguiendo un buen plan que optimizara su esfuerzo.

Pero, ¿qué tipo de inteligencia debemos mejorar?, ¿la que poseemos en mayor grado o aquella otra en la que somos deficitarios?

Esta es una pregunta tan importante como difícil de responder. Encontramos personas que se han especializadlo en mejorar el tipo de inteligencia que mejor rendimiento les ofrecía (Einstein y la física, Mozart y la música) y han tenido mucho éxito.

Otras, como Demóstenes, se empeñaron en elevar el nivel de una facultad en la que eran deficitarios y consiguieron también el éxito que los catapultó a la fama.

Entonces, ¿qué hacer?

La decisión depende del entorno en que nos desenvolvemos. Por lo general, lo más práctico es invertir en la habilidad que más desarrollada tenemos, porque si así lo hacemos, contaremos con una ventaja  en la salida y, por lo tanto, más posibilidades de llegar a la meta en buena posición. Sin embargo, a veces el entorno en que vivimos nos exige la mejora de una habilidad en la que somos deficitarios, y a menos que podamos demostrar genialidad en otra, y salvarnos con ella, es preferible dedicar toda la energía a mejorar la facultad crucial, en la que somos deficitarios.

Por ejemplo, supongamos que un individuo es deficitario en sus habilidades sociales y eso le priva de importantes satisfacciones y oportunidades en el campo de la amistad, el sexo, el trabajo,  el ocio, etc., pero como compensación posee una buena inteligencia matemática.

La cuestión que nuestro sujeto de estudio tendría que dilucidar es si debería dedicar su mayor esfuerzo a mejorar en matemáticas, que es su única apuesta ventajosa o, por el contrario, sería preferible dedicar sus mejores esfuerzos a potenciar su escasa habilidad social.

Lo que solemos hacer en estos casos es volcarnos en las actividades que nos reportan mayor satisfacción, que suelen ser aquellas en las que obtenemos mejores resultados, dejando a las demás reducidas a su mínima expresión. Si imaginamos que nuestro cerebro es una huerta, dirigiremos el caudal de nuestra energía a las plantas que mejor crecen y dejaremos que se angosten las más depauperadas.

Pero, ¿es buena esta política si lo que buscamos es ser tan felices como sea posible?
Considerado el asunto desde el punto de vista omnisciente de la Naturaleza, es obvio que sería una buena estrategia general la de exhortarnos a explotar intensivamente nuestros talentos naturales o genéticos. La sociedad necesita especialistas para avanzar en cada uno de los diferentes campos en que se divide la actividad humana: buenos fontaneros, buenos escritores, buenos científicos, buenos músicos, etc. Y esa es la razón por la que sentimos mayor placer cuando nos entregamos a actividades que ya sabemos hacer y que ejercemos con mayo destreza que nuestros semejantes.  Esa recompensa extra, que nuestro cerebro nos concede, representa a la mano invisible de la Naturaleza, mostrándonos el camino a seguir.

Pero aquí  y ahora no estamos interesados en complacer a la Naturaleza, y con ella a los intereses de la especie, sino en encontrar el camino que haga más feliz al individuo, con independencia de que sea el más conveniente para el conjunto de la sociedad.
Consideremos el caso del gran matemático Gauss. ¿Quién conocería a Gauss si no hubiera desarrollado su gran talento matemático? Sabemos que Gauss carecía de habilidades sociales y que cuando tenía que dirigirse a un auditorio sufría mucho por causa de su timidez y tartamudez.

Pero a Gauss esta estrategia le funcionó, porque su talento matemático le salvó de la indigencia y elevó su estatus social hasta un nivel en el que era respetado por los demás, aunque sólo fuese por su enorme talento matemático y la fama que éste le deparó. Pero, si imaginamos que Gauss sólo hubiera poseído un talento matemático excepcional  pero sin llegar a la genialidad, o que no hubiese tenido la suerte de toparse con un maestro que descubriera y promocionara su talento, las cosas hubieran sido muy distintas para él.

De todo lo anterior se deduce que cada individuo debe considerar con cuidado su situación vital, en el contexto social dónde le ha tocado vivir y en base a eso, decidir dónde dirigir su mayor esfuerzo y cómo distribuir la energía sobrante.

Una vez decidido este punto, debe invertir su energía en la mejora de las facultades que considera cruciales para conseguir la mayor dosis de felicidad que le sea posible.
Por ejemplo, un inmigrante que llega a un país en el que se habla otra lengua, con independencia del talento natural que posea, debe dedicar la mayor parte de su energía a aprender bien el idioma del país receptor, por muy poca habilidad que tenga para los idiomas.

En resumen, en cada momento hay que decidir racionalmente, en qué nos conviene más invertir nuestra energía, y a continuación poner a contribución la propia voluntad para evitar que la energía se desvíe hacia las actividades más placenteras y motivadoras que no estén contempladas en el plan.

En cuanto a la cuestión de cómo mejorar nuestras habilidades, veamos algunas recomendaciones:

  • Planificar el tiempo diario que dedicaremos a cada una las actividades, en función de su importancia y dificultad.

  • Diseñar un método para hacer más eficientes y agradables el aprendizaje de las actividades cruciales, partiendo de la información que poseemos. Más adelante, iremos readaptando el método en función de la experiencia acumulada y de los resultados obtenidos.

  • Aprovechar el tiempo improductivo para realizar los ejercicios y prácticas que se adapten a esas ocasiones. Por ejemplo, si aprendemos idiomas podemos grabar en el teléfono móvil las lecciones y aprovechar el tiempo de desplazamiento para aprender.

  • Alternar temas difíciles con temas fáciles/divertidos para evitar el cansancio y la pérdida de concentración.

  • Ajustar los tiempos de trabajo a la capacidad de atención. Si sólo podemos concentrarnos en una tarea durante 10 minutos, dividamos el tiempo en bloques de 10 minutos separados por 2 minutos de descanso, o intercalemos otras actividades diferentes. Esta planificación, debe ajustarse a las características personales de cada uno.

En resumen, de lo que se trata es de decidir con claridad que habilidades debemos aprender o mejorar, planificar y dosificar con inteligencia nuestra energía mental para conseguir los objetivos que nos hemos propuesto  y aplicar la fuerza de voluntad para atenernos a lo ya decidido, en tanto no haya razones objetivas para cambiarlo.
Disponer de un plan escrito donde se recoja las decisiones y las estrategias, así como el cumplimiento diario, es casi imprescindible, pues este servirá de refuerzo y recordatorio día a día.

17 comentarios:

  1. Muy interesante el concepto, y muy complejo también.
    Todavía no estoy seguro si la inteligencia está ligada a la resolución de problemas, porque creo que hay al menos dos tipos de inteligencia (los dos que marcas en el post) y una es totalmente opuesta a la otra.

    Como bien dices, todo depende del entorno y la forma de ser de cada humano que aplique tal o cual inteligencia. Pero a veces una persona puede demostrar inteligencia aunque falle en la resolución. Por ello no creo que vaya estrictamente ligada a ese asunto.

    De todas formas, es un excelente punto de discusión y razonamiento. Gracias por seguir posteando estas cosas que nos hacen reflexionar! (leo todo, aunque no siempre comento).

    Saludos
    PLPLE

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  2. Tal vez habría que añadir que la inteligencia no sólo sirve para resolver problemas, sino para crearlos.

    Podríamos verlo así:

    Nuestro cerebro es una máquina dedicada a repetir ciclos cerrados desde que nacemos hasta que morimos. Los ciclos se componen de tres etapas consecutivas:

    - Imaginar cómo será el futuro (Futuro-previsible).

    - Decidir cómo nos gustaría que fuese ese futuro (Futuro-deseable).

    - Idear un plan para cambiar el Futuro-previsible a fin de hacerlo tan parecido al Futuro-deseable como sea posible.

    A la situación en la que ambos futuros se hacen excluyentes se le suele llamar “problema” e “inteligencia” a la capacidad para acercar ambos modelos y resolver el problema.

    Por ejemplo, estoy conduciendo mi auto hacia una reunión crucial para mi carrera. Imagino mi actuación brillante y un ascenso casi seguro (Futuro-previsible).

    El automóvil se detiene sin motivo conocido y mi cerebro visualiza un nuevo Futuro-previsible en el que no asisto a la reunión, mis jefes me consideran un irresponsable y pierdo la oportunidad de mi vida.

    Naturalmente el Futuro-previsible anterior a la avería ha pasado a ser el Futuro-deseable, pero ahora ambos futuros están separados por un problema (llegar puntual a la cita) que hay que resolver para hacer coincidir el Futuro-deseable con el Futuro-previsible.

    Mi mente se pone en actividad frenética buscando todo tipo de soluciones, utilizando para ello la inteligencia. Unas veces la inteligencia consigue resolver el problema, otras no, y la mayoría de las veces, lo resuelve a medias: llego media hora tarde y tal vez evito el desastre.

    Pero lo que sí es cierto es que cuanto más inteligencia se tenga mayor será la probabilidad de cambiar el Futuro-previsible para acercarlo al Futuro-deseado.

    Como bien dices, a veces se puede tener mala suerte y a pesar de tener una buena inteligencia, no conseguir el objetivo. Sin embargo, la inteligencia es tan buena como la cantidad y complejidad de problemas que es capaz de resolver en relación con la de nuestros semejantes.

    También conviene recordar aquí que se puede ser inteligente de muchas maneras diferentes: contando una historia, jugando a los bolos o resolviendo problemas de matemáticas. Todo aquello que sirva para cambiar el futuro en la dirección deseada es inteligencia.
    Y para eso sirve la inteligencia, para cambiar el futuro y hacerlo más adecuado a nuestros intereses individuales y colectivos.

    Y gracias por tu interés en los temas que se exponen en este blog.

    Saludos cordiales.

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  3. También hay algo de la inteligencia que debemos considerar.

    A veces las cualidades que consideramos de personas inteligentes las tienen, a veces, personas que no tienen habilidades sociales o incluso prácticamente ninguna capacidad para comunicarse con los demás.

    Lo que pasó con el cociente intelectual. Muchos pensaron que ese método era el mejor para medir la inteligencia de las personas pero resulta que hay personan que no tienen prácticamente ninguna capacidad para socializar y sacan los máximos puntajes.

    Al fina pienso que la inteligencia solo se puede medir por pequeñas áreas. También deberá depender de los patrones de las redes neuronales si son eficaces o no, tal vez ciertos químicos, que se yo.

    Y otra observación, es que a veces se saca en cara ciertas habilidades de los humanos que no tienen otros animales y dicen que nosotros somos únicos. Lo más probable es que sea verdad, que la diferencia es tanta con el resto de los animales que se puede decir que somos únicos.

    Pero todavía no se sabe quien es consiente y quien no lo es, entre nosotros los humanos lo sabemos pero en los animales es diferente. Por ejemplo, puedo decir "mi perro me mordió despacio por que sabe que si me muerde fuerte me hará daño", etc. Así que por eso puedo decir que mi perro es consiente de que yo siento dolor, por ejemplo. ¿Pero mi perro tendrá la misma sensación de conciencia que yo? Por que al final pareciera que la conciencia es una sensación, que sirve para dirigir la atención. ¿o algo más?

    Si invertimos esta ficción humana de creernos superiores. Valdría decir que nosotros los murciélagos somos consientes por que vemos por ultra sonido.

    Me refiero a que no podemos sacar en cara habilidades diferentes, y creer que somos especiales, por que prácticamente todos los animales tendrán habilidades diferentes.

    Y también hay muchas habilidades que popularmente son destacadas como únicas del humano, pero no es siempre así.

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  4. Writkas, tal vez la única diferencia importante de la que podemos enorgullecernos los seres humanos sea la inteligencia. En lo demás, como bien dices, no tenemos ventajas decisivas con el resto de las especies.

    La pregunta que muchos se hacen es: ¿Y qué criterio habría que considerar para decidir que somos superiores al resto de los animales?

    Si elegimos la longitud del cuello, nos ganan las jirafas por goleada y si es la de evitar obstáculos de noche, los murciélagos se llevan la palma.

    Parecería que establecer la inteligencia como medida de superioridad es hacer trampas, puesto que es en la que nosotros destacamos.

    Pero sin entrar en disquisiciones filosóficas, yo pienso que una propiedad como la inteligencia es algo más que una visión nocturna o un cuello descomunal.

    La inteligencia nos ha permitido prosperar sin límites, librarnos de los depredadores más temibles y someterlos a nuestra voluntad, extraer energía fósil y nuclear para nuestro uso particular, comprender la estructura fina de la realidad y cómo llegamos hasta aquí, decidir cómo nos gustará ser en el futuro, detectar un supermeteorito que puede impactar sobre el planeta y desviarlo, fabricar seres artificiales que piensen, tal vez mejor que nosotros, quizás liberar algún día nuestra consciencia de su viejo soporte orgánico y romper para siempre con el modelo evolutivo de la selección natural para sustituirlo por otro de evolución consciente, de la mano del diseño genético, y tantas otras cosas que no he de enumerar.

    Y todo ello por obra y gracia de nuestra excepcional inteligencia, que creo es la facultad más valiosa que puede ostentar un ser vivo.

    Para mí, el homo sapiens ha demostrado sobradamente ser la especie capacitada para iniciar una nueva etapa en la historia del universo y eso nos permite mirar a las demás especies por encima del hombro sin que ellas puedan molestarse por ello, dado que su inteligencia no llega ni siquiera al nivel de intuir su abismal inferioridad.

    Pero no quiero decir con esto que sea mérito nuestro esta superioridad, sino el resultado final de un proceso de complejización ascendente que ha culminado, por pura casualidad, en nuestra especie, aunque podría haber sido otra la afortunada.

    ¡Felicitémonos, pues, por haber sido los agraciados con el premio gordo de la lotería genética!

    Saludos cordiales.

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  5. Juan Bautista3:27

    Cuando hablamos de felicidad me parece más adecuado traer a colación el concepto de sabiduría que el concepto de inteligencia. La inteligencia la usamos muchas veces para referirnos a destrezas y habilidades (por ejemplo las matemáticas, la biología, la música, la poesía, etc.) que en mi opinión pueden ayudar a enfrentar problemas en ámbitos acotados de nuestra existencia, pero no necesariamente son un aporte importante a nuestra felicidad. Más aún, gente considerada extremadamente inteligente muchas veces la consideramos desadaptada, concepto como veremos más adelante vinculado a la infelicidad o falta de felicidad.

    Si consideramos que la sabiduría es más bien una habilidad que se desarrolla con la aplicación de la inteligencia en la experiencia, obteniendo conclusiones que nos dan un mayor entendimiento respecto al discernimiento de la verdad, lo bueno y lo malo, podemos relacionarla más fácilmente con la felicidad. La sabiduría también se entiende como una forma especialmente bien desarrollada del “sentido común”. Más que ser una persona con extraordinaria destreza en cierto quehacer o ámbito del conocimiento o de ejecución de habilidades particulares, es tener sentido común. Si pudiéramos medir los niveles de felicidad (no tengo claro que sea posible hoy hacerlo con altos niveles de objetividad), probablemente no se relacionen ni con el nivel de inteligencia ni con el nivel de ingreso de las personas, sino más bien con esta característica de “sentido común” o sabiduría ya señalado. Es lamentablemente común saber de personas con grandes destrezas y habilidades que no son o no fueron felices. Grandes filósofos, matemáticos, deportistas, poetas, literatos, músicos, ingenieros, entre otros, no han logrado alcanzar grados “promedio” de felicidad. Incluso muchos han optado por el suicidio. Esto mismo puede observarse en el caso de personas con el tema material resuelto. Así, mi conclusión es que la inteligencia no ayuda a la felicidad; es la sabiduría, el “sentido común”, lo que debemos desarrollar para alcanzarla.

    ¿Pero qué es la felicidad?¿Qué es ser feliz? ¿Estamos hablando de un mismo concepto?.Se hace necesario intentar tener una descripción o algunas características de la felicidad de manera de dirigir nuestra atención y nuestros esfuerzos para lograr los mayores niveles que sea posible alcanzar, dadas nuestras características y limitaciones; intentar aplicar toda nuestra sabiduría con ese fin.

    En general uno podría intuir que la felicidad es un estado más bien continuo, de cierta permanencia en el tiempo. Lo otro sería la alegría que viene y se va. Me parece que esta diferencia es importante. Yo podría ser feliz y estar apenado porque murió un amigo. La felicidad es un estado intelectual, no es un sentimiento.

    ¿Qué hace al hombre feliz?. En mi opinión son muchos los factores que intervienen. Sin embargo hay uno que sobresale al resto y siempre está presente en este estado; tiene que ver con nuestra característica de seres sociales. La aceptación, admiración, amistad de los demás es uno de los factores que más felicidad nos provoca y la variable excelsa es el amor; el amor de pareja, el amor filial, el amor de un amigo, etc.

    Cuando amamos y somos amados sentimos la plenitud de la vida; somos inmensamente felices. Si logro un éxito y no tengo con quién compartirlo ¿de qué me sirve?. En mi opinión, nuestra sabiduría debería orientarnos a tener relaciones plenas con nuestro prójimo; es ahí dónde debemos enfocar principalmente nuestra atención y esfuerzos.

    Lindo tema que siempre estará abierto y al que debiéramos dedicarle mayor tiempo.

    Saludos

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  6. Juan, creo que has hecho un buen análisis del tema y de él deduzco que disfrutas de altos niveles de sentido común. Pero el sentido común es, en definitiva, inteligencia de tipo general.

    Y como bien dices la sabiduría es la suma de la experiencia y de la inteligencia necesaria para interpretarla y usarla correctamente. No basta con tener experiencia sino que además se necesita inteligencia para conferirle su máximo valor.

    Naturalmente que estoy de acuerdo contigo en que la felicidad depende de otras muchas circunstancias: predisposición genética, situación personal, salud, suerte, etc. etc. Pero el tema era si, en general, ser inteligente nos ayuda a ser felices y sigo creyendo que sí.

    Y pienso, después de leer lo que has escrito, que tú también lo crees, aunque has matizado “inteligentemente” tu creencia.

    Concuerdo contigo en la importancia de la aceptación social para ser feliz, pero el éxito en este terreno también es una consecuencia directa de contar con una buena “inteligencia” social. Y la prueba de ello es que si una persona bien integrada socialmente, sufre un ictus que merme ligeramente su agudeza mental, experimenta un progresivo e inevitable aislamiento social que le conduce a la soledad. ¿Por qué? Porque ha disminuido su “inteligencia” social, que no es sino la capacidad para resolver problemas de relación social, que es uno de los problemas más complejos y difíciles de resolver, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

    De hecho algunos antropólogos afirman que la evolución de nuestro gran cerebro se debió principalmente a la necesidad de formar grupos sociales cada vez más numerosos y complejos.

    Si hay un tipo de inteligencia realmente crítica para la prosperidad y la felicidad del ser humano esa es la inteligencia social.

    Saludos cordiales.

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  7. Juan Bautista20:13

    Estimado Yack, comparto plenamente contigo que la inteligencia social es realmente crítica para el ser humano. Sin embargo otro tipo de inteligencias pueden no ayudarme demasiado para ser feliz e incluso en un extremo constituir un obstaculo para alcanzar mi felicidad, en parte porque tendemos a enfocarnos en aquello que los demás dicen que hacemos bien y porque el "éxito" en alguna actividad producto de nuestras habilidades y destrezas nos hace destinar nuestro tiempo y esfuerzos incorrectamente a ellas para lograr el reconocimiento de los demás, olvidándonos de ser felices.

    Pero más importante que lo anterior, es que la sabiduría tiene más que ver con la elección de las metas. Es una habilidad más sutil, completa e integrada: supone capacidad introspectiva para saber lo que quiero y conciliarlo con lo deseable. También supone un conocimiento externo amplio, más allá de la tarea y actividad concreta; un conocimiento sistémico sobre las relaciones entre las cosas en el esquema general del mundo. Necesita de un conocimiento del funcionamiento del mundo dirigido por valores personales y colectivos. La inteligencia tiene más que ver con el conocimiento, con el cómo. La sabiduría tiene que ver más con los valores, con el porqué.

    Algunas frases que encontré para graficar la diferencia:

    - La inteligencia se consigue con esfuerzos; la sabiduría con generosidad
    - La inteligencia es como un árbol de muchos y grandes frutos; la sabiduría en cambio es como las raíces más profundas de la paz y la comprensión
    - El inteligente pregunta por el futuro; el sabio por su parte, pregunta por el presente
    - El inteligente cuestiona la muerte; el sabio da gracias por la vida
    - El inteligente busca hacer las cosas correctamente; el sabio por su parte busca elegir las metas que valen la pena; es decir hacer las cosas correctas
    - El inteligente convive con problemas para darle solución; el sabio por su parte convive con el mundo y sus semejantes para amarlos

    Saludos

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  8. Juan, has hecho una interesante apología de la sabiduría frente a la inteligencia, que invita a una reflexión profunda.

    En base a todas las interesantes cuestiones que has expuesto, yo he sacado la siguiente conclusión:

    La inteligencia es la facultad para resolver problemas (capacidad resolutiva) y para imaginar el futuro (capacidad predictiva).

    A medida que acumulamos experiencia con el paso del tiempo, descubrimos que nuestros actos, dictados por la inteligencia, tienen efectos a largo plazo que no podemos prever por muy inteligentes que seamos.

    Por ejemplo, la educación que damos a nuestros hijos tiene, pasados 30 años, unas consecuencias que no pudimos imaginar por mucha inteligencia y buena voluntad que pusiéramos en ella.

    Aplicando la inteligencia a la experiencia acumulada durante varias décadas, surge eso que llamamos sabiduría, que es la capacidad de ver más allá de lo que nos permite la inteligencia por sí misma, gracias al feed back que nos reporta nuestra larga experiencia vital.

    Así llegamos a la conclusión de que la sabiduría es la sinergia entre una buena inteligencia y una larga experiencia vital correctamente reinterpretada por esa buena inteligencia.

    En cuanto a la conveniencia o no de explotar el tipo de inteligencia que más desarrollada tenemos, no es fácil de decidir.

    Ya comenté este tema en la tesis inicial, por lo que sólo añadiré que, dado que la aprobación y respeto de los demás es tan importante para nuestra felicidad, resulta más fácil obtenerlo si nos dedicamos a hacer lo que mejor sabemos hacer.

    Aunque, como bien dices, no siempre es eso lo que mejor fresultados ofrece. Una vez más tenemos que utilizar la inteligencia (y la sabiduría si es que somos lo suficientemente mayores) para decidir qué es lo que más nos conviene hacer con nuestra vida.

    Saludos cordiales.

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  9. Juan Bautista15:21

    Gracias Yack por tus expresiones. La verdad es que yo tengo 54 años y me ha tocado ver muchos casos cercanos de personas que estimo mucho y que se han dedicado con mucha fuerza y tiempo a su trabajo, solucionando problemas y siendo "exitosos". Sin embargo cuando llegan a una edad como la mía y ya son muy caros para las empresas, que pueden contratar a una personas más actualizada, con más energía y a la mitad de precio, aún cuando pierdan la experincia y "know how" del más experimentado,son despedidos y parte importante de esa admiración que creían poseer queda en el olvido en unos pocos meses.

    Lamentablemente nos dejamos guiar por la admiración de terceros lejanos (jefes, clientes, subalternos, etc), que además muchas veces no es honesta sino solamente aduladora, y olvidamos a nuestros seres más cercanos, a quienes les hemos dejado por largo tiempo sólo las migajas, porque consideramos que la relación la tenemos asegurada (mi familia me pertenece y mis amigos siempre estarán ahí).

    Al final, a la personas más incondicionales, porque me quieren, les he dado menos y las he descuidado.

    He visto muchos casos lamentables; hijos con problemas; malas relaciones al interior de la familia; he visto desintegrarse familias; he visto perder amigos. Y al final de los días me doy cuenta que lo más importante que tenía lo desperdicié y le dedique tiempo a algo que no era verdadera felicidad.

    Me encantaría que esta situación nunca se diera, ya que son muchos los perdedores.

    De alguna forma esto es sabiduría, ya que finalmente la experiencia me muestra cuál es el camino a la felicidad. Ojalá que bastara con sólo un caso leído en algún libro para que tome conciencia y no tener que vivirla en carne para aprender.

    Un abrazo

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  10. Juan Bautista20:13

    Yack, no quiero alargarme pero se me quedó un comentario importante. La relación entre la intelegencia y la sabiduría es en mi opinión la que tu planteas, pero hay una sutileza que es relevante para las conclusiones. Estoy convencido que sólo por tener un mayor nivel de inteligencia, aún cuando la apliquemos, no nos mejorará en forma relevante nuestras posibilidades de felicidad. Podremos ser más productivos pero no necesariamente más felices. En este sentido la felicidad es como la democracia; un hombre un voto. Es decir, en mi opinión y dentro de circunstancias razonables, todos tenemos la misma potencialidad y posibilidad de ser felices. Esta es una linda y humanista conclusión que siempre me ha tranquilizado. A esta conclusión llegamos con sabiduría. Es decir con un análisis correcto de lo que la experiencia a nuestro alrededor nos enseña. Sin embargo, cuando tenemos la sabiduría bastante más madura, ya hemos jugado gran parte del partido. ¡Qué dilema!

    En mi opinión existen otros factores que tienen más correlación con mis posibilidades de felicidad, por ejemplo los siguientes: el efectivo traspaso de experiencia y aprendizaje (en parte importante hoy a través de la familia, sin perjuicio que debiera ser un tema que se imparta en el colegio); las características de sociabilidad de la persona, características y apoyo de sus principales amigos, la cultura y principales características de la sociedad donde vive, etc.

    Siempre he creído que la felicidad debiera ser un tema de enseñanza y reflexión en los últimos cursos del colegio. Hoy nos enseñan a ser productivos y no se preocupan de enseñarnos lo más importante; cómo mejorar nuestras posibilidades de felicidad. Somos criaturas de grandes contrastes.

    Saludos

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  11. Dos únicos inconvenientes, que tú ya has apuntado, veo yo en la experiencia/sabiduría.

    Uno es que se refiere al conocimiento de tiempos pasados y por tanto puede perder su vigencia con la rápida evolución social y tecnológica que se da en nuestro tiempo. La inteligencia, una vez más viene en nuestra ayuda, y nos permite reinterpretar la experiencia y adaptarla a la situación actual.

    La otra es que llega tarde y en no pocas ocasiones aprendemos lecciones importantes cuando ya no tenemos ocasión de aplicarlas o ya no tienen el mismo efecto que si las hubiéramos aplicado antes.

    Dices que "Al final, a la personas más incondicionales, porque me quieren, les he dado menos y las he descuidado."

    He aquí un buen ejemplo de las oportunidades perdidas por culpa del tiempo que nos lleva adquirir la sabiduría, es decir, el feed back de largo plazo.

    Respecto a tu reflexión final, estoy de acuerdo al 100%. En último término, la felicidad depende de nuestra predisposición genética para ser felices.

    Al final la felicidad no es otra cosa que la concentración de endorfinas en la sangre, y la diferencia entre los pobres y los ricos, es que a los ricos les cuestan más caras, pero la cantidad de endorfinas, por pura fisiología, es siempre la misma, con los altibajos propios de los avatares que se suceden a lo largo de nuestras vidas.

    Y tal vez la conclusión final a la que nos lleva la sabiduría es a no poner en peligro las fuentes de felicidad estables y duraderas (una familia bien avenida)por conseguir otras más intensas y efímeras que se agotarán mucho antes de lo que imaginamos.

    La optimización de la felicidad, tal como yo lo veo, consiste en hacer lo necesario para asegurarse una dosis de endorfinas continua en sangre.

    Si intentamos elevar esas dosis a cualquier precio, sólo conseguiremos convertirnos en adictos al placer y estaremos condenados al síndrome de abstinencia que es la antítesis de la felicidad.

    Y creo como tú, que habría que enseñar a los estudiantes el funcionamiento de la felicidad en vez de las leyes de Kirchhoff o de Avogadro.

    Saludos cordiales.

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  12. Esta vez si que estoy en total desacuerdo con vosotros. Sin ánimo de exhaustividad (porque estoy con todas las prisas del mundo), la capacidad de comprender relaciones complejas --que es como entendéis a grandes rasgos la inteligencia-- poco tiene que ver con la felicidad que uno obtiene. Es más, casi se percibe una correlación inversa: cuanto más inteligente más desgraciado tiende a ser una persona. Existen múltiples ejemplos que aseveran este presupuesto, desde los genios en cualquier rama del saber, que se ha demostrado su incapacidad para ser felices, hasta ejemplos singulares como Borges, Marcel Proust etc. Lo cual se entiende, pues siempre se observa que el buen cableado neuronal que actúa favorablemente para la inteligencia, va acompañado de déficits en otras áreas del cerebro, sobre todo aquellas que intervienen con solvencia en la interacción social (como si una cosa compensase a la otra). Y en todo caso, la felicidad depende de otros factores más relacionados con funcionalidades más primitivas del cerebro, sobre todo las regidas por las emociones y los instintos.
    En otro momento me alargaré mas.
    Saludos

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  13. Fernando, creo que el desacuerdo se debe más al hecho de que hablamos sobre un tema complejo y con muchos matices. Creo que después de que leas mis puntualizaciones estarás menos en desacuerdo conmigo.

    En resumen, mi posición se resume en estos puntos:

    - La inteligencia es la capacidad para resolver problemas y esa propiedad es lo mejor a lo que podemos aspirar como seres vivos.
    Y eso lo saben muy bien las personas con inteligencia límite. Debido a ello, sus vidas pueden convertirse en un infierno (ejemplo, el bullying para los jóvenes que posen una inteligencia social/emocional por debajo de la media).

    - Normalmente se considera "muy inteligentes" a individuos que destacan en un área determinada como las matemáticas, la física o la música. En tales casos puede darse el caso, como tú señalas, de que ese exceso de inteligencia sectorial se traduzca en una inteligencia social deficiente (el típico niño prodigio, incapaz de relacionarse con sus compañeros).

    Entonces, yo diría que ser inteligente ayuda a ser feliz siempre que no existan deficiencias en el funcionamiento de la mente.

    - Es difícil saber qué inteligencia sectorial es más importante para ser feliz porque eso depende del entorno y de cada individuo. Tener talento para las matemáticas puede ayudar a ser feliz si consigues una cátedra de matemáticas, pero si eres pastor en un pueblo tercermundista, no ayuda mucho.

    En general, la inteligencia que más contribuye a la felicidad es la emocional y la social y estoy convencido de que ser capaz de tener buenas relaciones con los demás y consigo mismo se suele traducir, en términos estadísticos, en mayor felicidad.

    - Al margen de lo anterior, está demostrado que lo que más incide sobre nuestra felicidad es nuestra configuración neuronal innata. Hay gente que ha nacido para ser felices y otros para ser desgraciados, con independencia de los acontecimientos que sucedan en sus vidas. Y la otra gran fuente de felicidad es la suerte (buena salud, no ser judío en la Alemania nazi, etc.).

    Pero la cuestión no era si el factor más importante para ser feliz es la inteligencia (que no lo es) sino qué incidencia podía tener la inteligencia en la felicidad.

    Y en resumen, creo que si la inteligencia no implica deficiencias graves, y si es de un tipo que se cotiza bien en el entorno, ayuda a ser feliz.

    Y también creo que la inteligencia emocional y social son las que, en términos estadísticos, más aportan a la felicidad del individuo.

    Saludos.

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  14. Creo que el título de «Inteligencia emocional», tan en boga por el éxito de Goolman, o de Inteligencia multifuncional promovido por Gadner, cuando los analizas hay algo que patina, que chirría, que no se ajusta bien al entorno. De hecho, esas nuevas formulaciones de la inteligencia miden capacidades pero también habilidades, aptitudes, facultades, en fin, cuyos poseedores se ha observado que son proclives a obtener éxito social, es decir, es decir, que esas cualidades se hallan bastante correlacionadas con el éxito social (ya sabemos que los americanos cifran todas las cosas en el éxito social). Pero, por una parte, el concepto inteligencia está bien asentado en acervo cultural humano como «capacidad de captar relaciones complejas acerca de la realidad», mientras que esas otras capacidades o «disposiciones» como la facilidad para relacionarse socialmente o para la empatía u otras, poco tienen que ver con ese concepto de inteligencia que digo que está tan extendido. De hecho, no creo que se observe ninguna correlación entre la inteligencia en ese sentido clásico antedicho y los otros tipos de «inteligencia» emocional, multifuncional u otras. Por otro lado, el defecto de estos tipos de «inteligencia» es que se conciben o definen en relación a la finalidad del éxito social. Claro, el éxito social es importante, pero más lo es, por el ejemplo, la felicidad, y en ese caso, si algo de estas reformulaciones de la inteligencia tuviera sentido, debería serlo en cuanto a finalidad para ser feliz. Ahora bien, el término «felicidad» es ambiguo, indefinido, sin objetividad…, así que yo propondría ―si ha de ser propuesta una nueva definición de inteligencia―como aquel conjunto de capacidades que facilitan la obtención de satisfacción en los individuos que las poseen respecto a los que carecen de ellas.
    Dicho lo dicho, creo que resulta adecuada la siguiente definición de inteligencia (en sentido de capacidades, aptitudes o habilidades): «Es la capacidad de captar relaciones complejas, de percibir la conveniencia personal adecuada a una situación, contexto o problema, y de conseguir resolver provechosamente las acciones encaminadas a la consecución de la conveniencia percibida». Esto es, entender los problemas, percibir la respuesta conveniente, y tener la capacidad de resolución, de llevar adelante la respuesta.
    Como se puede entrever, la definición remite a tres tipos de procesamientos distintos, y en estos no participa solamente lo cognitivo, sino que en todos ellos toman parte, además, lo emocional y lo instintivo; lo cual concuerda con el funcionamiento cerebral, en cada uno de cuyos mecanismos se solapan e imbrican redes que gobiernan principalmente lo irracional, y redes cuya acción principal se desarrolla en el teatro de la conciencia.
    Estoy empezando a desarrollar estas conjeturas en el blog que he empezado a dar forma y que os invito muy gustosamente a visitar y a que me dejéis vuestras opiniones. www.moralydeseo.wordpress.com
    Un saludo

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  15. Estoy de acuerdo en tu definición de inteligencia y sin duda la inteligencia tiene que ver con la memoria a corto y largo plazo, con la experiencia y con todo aquello que contiene nuestro cerebro, aunque para entendernos usamos definiciones ad hoc que pueden basarse en el entrecruzamiento de múltiples capacidades y objetivos diferentes.

    Por ejemplo, la experiencia, la memoria y la capacidad de cálculo combinadas pueden traducirse en eso que llamamos "inteligencia matemática".

    Pero cuando defines la inteligencia incluyendo "..y tener la capacidad de resolución" entiendo que esa facultad nos va a inducir felicidad o placer y, en esa medida, va a ayudarnos a ser felices.

    En definitiva la Naturaleza nos ha impuesto una serie de tareas (sobrevivir y reproducirnos, por ejemplo) y para motivarnos ha asociado placer y dolor a su consecución o elusión.

    Pero no basta con eso. Además debe proporcionarnos una herramienta para superar los obstáculos que se interpongan y a eso se le llama "inteligencia". Entonces, si la inteligencia nos ayuda a alcanzar objetivos y al hacerlo recibimos recompensas, la inteligencia, en términos generales, sirve para ser felices.

    Creo que en lo fundamental estamos de acuerdo.

    Saludos.

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  16. La conclusión a la que mis reflexiones me han llevado es que sólo hay un tipo de inteligencia. Las diferentes manifestaciones de ésta, obedecen a su mayor desarrollo sobre los objetos sobre los que las personas, en los primeros años de su vida, ponen su foco y su atención. Creo que la definición de inteligencia no debe empezar por “Capacidad de …”. Somos entes físicos que recibimos datos (estímulos por los sentidos), los procesamos químicamente (pensamiento) y obtenemos conclusiones (actos). Por tanto, dicha capacidad debe traducirse en una magnitud física y objetiva. La inteligencia es la velocidad a la que el cerebro usa sus propios recursos antes actuar o llegar a una conclusión (sea ésta matemática o social). Todos terminamos aprendiendo a leer, pero los inteligentes lo hacen antes. Evidentemente, una persona que contesta muy rápidamente a una pregunta sólo podrá ser calificada de inteligente si ha usado todos sus recursos antes de responder. De no ser así, la persona sería impulsiva, irreflexiva o simplemente poco inteligente.
    Esto nos lleva a pensar que nuestras conclusiones, que con los años enriquecen nuestra sabiduría, serán las mismas para todas las personas con inteligencia media, es decir, en ausencia de patologías. La diferencia radicará en que los más inteligentes alcanzarán dichas conclusiones antes que los menos inteligentes. Por lo tanto, si la inteligencia influyera favorablemente en la felicidad, los inteligentes la alcanzarían más jóvenes. Y yo no creo que esta sea la realidad.
    De la misma forma, la definición de felicidad es distinta para mí. La felicidad es la ausencia de estrés. Estrés nulo implicaría felicidad plena pero no es posible carecer totalmente de estrés pues éste está incrustado en nuestro ADN. El estrés es el garante de la supervivencia, el que ha posibilitado la evolución de las especies. Los seres vivos que vivían felices, ajenos al acecho del mundo exterior, esos perecieron devorados por sus enemigos. El gen del estrés triunfó en todos nuestros antepasados, pues obligaba a sus poseedores a la alerta perpetua, a la preocupación por la prole, a la conquista de la pareja, a la búsqueda de prados más verdes, de bosques más húmedos, a construir refugios más sólidos. Lo que nos queda a los humanos no son más que residuos arcaicos de esas tendencias obsesivas por sentirnos más seguros, y con menos necesidades vitales. Todos hemos heredado el gen del estrés. Pero cuando, por momentos, ocurre que nos sentimos sanos y carentes de necesidad alguna, cuando tenemos una fantástica casa, un buen trabajo, familia y amigos adorables, gente que amamos y que nos aman, cuando nos sentimos útiles a la sociedad y creemos en la trascendencia de nuestra existencia, sólo entonces, decimos sentirnos felices. Pero al instante siguiente, el gen de la infelicidad se manifiesta y nos plantea ¿no tendría yo de alguna tener que dar continuidad a esta sensación de satisfacción tan agradable y plena? Y volvemos entonces a ese estado de alerta para evitar que amenazas externas nos arrebaten ese momento. Sin darnos cuenta, este pensamiento fue suficiente para acabar con ese instante efímero de felicidad.
    La inteligencia influye en la felicidad sólo si nos ayuda a comprender que la infelicidad es un peaje ineludible de nuestra existencia, que tiene un origen genético y que se manifiesta en nuestra fisiología. La inteligencia nos tiene que convencer de que es imposible alcanzar la felicidad porque ésta no es más que el anhelo de desprenderse de un gen de nuestro ADN que nos obliga a mejorar constantemente (y por ello nos ha traído hasta aquí y ahora). En mi interior yo admito esta situación, reconozco el alcance de este gen y acepto su existencia. Pero ignoro la escalada de deseos que proyecta en mí. Me quedo sólo con aquellas aspiraciones que mi inteligencia identifica como razonables.

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  17. Sin duda, la inteligencia se desarrolla más en los sectores que más utilizamos, pero también es cierto que nacemos con una distribución innata de las capacidades intelectuales. Dos casos paradigmáticos son Mozart en música y Gauss en matemáticas.

    Por otra parte, la inteligencia media no es la que tenemos todos sino la media aritmética de las inteligencias individuales. Cada individuo tiene una inteligencia diferente a la media con significativas desviaciones sectoriales.

    Y por desgracia, hay quien llega a la senectud sin atisbo de inteligencia y otros que la adquieren a muy temprana edad.

    Somos mentalmente diferentes al nacer y a lo largo de la vida incrementamos esas diferencias porque con la mente ocurre lo mismo que con en el resto del organismo. Y lo único que nos iguala es la muerte, que es la pérdida de todas las capacidades.

    Estoy de acuerdo contigo en que el convencimiento de que la felicidad es un estado necesariamente efímero y transitorio nos evita frustraciones innecesarias y por eso nos ayuda, en cierto modo, a ser más felices o menos desgraciados, que viene a ser lo mismo.

    Saludos.

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