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¿Hasta dónde debe llegar la solidaridad?

Uno de los términos más empleadas en la jerga de los políticos es el de “solidaridad”, que junto con el de “libertad” poseen la dudosa virtud de blindar moralmente cualquier propuesta que se promulgue bajo su advocación.

Los políticos, verdaderos maestros en el arte de convencer,  emplean con profusión estas ideas-fuerza para conferir a su discurso la doble virtud del altruismo desinteresado y la obligación moral de cumplirla en nombre del bien general.

Pero sería bueno, para no caer en esta vieja trampa dialéctica, proceder a trinchar y diseccionar esta hermosa palabra, hasta poner al descubierto la ponzoñosa carga que puede transportar en su interior.

Yack: 

En cierta ocasión asistí a una manifestación multitudinaria, en la que la ciudadanía protestaba “solidariamente” por un grave atentado terrorista que había tenido lugar en la capital.

Los políticos, como es costumbre en ellos, habían visto en este trágico acontecimiento una oportunidad para recaudar votos y, naturalmente, no desaprovecharon la oportunidad.

Pero esto, por sabido y previsible, no es algo que merezca mencionarse aquí. Lo que sí me llamó la atención, fue  que estando yo, junto con otros asistentes, presenciando desde una plataforma elevada la marea humana que discurría a mis pies, comenzó a llover. 

En ese momento los que habíamos tomado la precaución de traer paraguas lo abrimos para protegernos de la lluvia, pero cuál no sería  mi sorpresa, ver que un grupo de manifestantes comenzó a increparnos, exigiéndonos que cerráramos los paraguas como muestra de solidaridad. En principio lo tome por una broma impropia de la ocasión, pero en vista de que las amenazas y los insultos arreciaban, opte, junto con los demás, por cerrar el paraguas en evitación de males mayores.

Lo que acababa de ocurrir sólo era una manifestación de la envidia que los manifestantes expuestos a la lluvia sintieron hacia los que, por casualidad, nos encontrábamos en mejor situación y, dado el ambiente de “solidaridad” que se respiraba, tuvieron la inspiración de que podrían usarlo para darse la satisfacción de fastidiarnos por el procedimiento de bajarnos a su nivel.

Esta pequeña anécdota puede servirnos para ejemplarizar el doble filo del concepto de solidaridad. La solidaridad suele entenderse como un compromiso tácito que deben suscribir todos y cada uno de los miembros de un grupo, relativo a un determinado comportamiento que el grupo considera necesario o conveniente.

Si un grupo de personas se queda atrapado en un ascensor durante varias horas, la solidaridad dicta que deben compartirse los alimentos disponibles. Pero, ¿qué debes hacer si vives en la Alemania Nazi y la sociedad te exige que “por solidaridad” delates a judíos inocentes?

Con este último ejemplo vemos claro que cuando la solidaridad deja de ser una opción para convertirse en una obligación, priva al individuo de su libertad moral y eso puede llegar a ser peligroso, tanto para el individuo como para la sociedad misma.

Desde un punto de vista estrictamente práctico, debemos admitir que es comprensible que la solidaridad se vuelva obligatoria en situaciones críticas, porque la especie humana basa una buena parte de su poder en la coordinación necesaria de sus miembros en torno a una idea o a un proyecto, pero, ¿qué ocurre con el individuo?

Los políticos y los ideólogos en general son muy hábiles manejando estos conceptos-trampa para enredar al mayor número de personas y arrastrarlos a la consecución de sus fines personales, que no siempre son los más adecuados para el grupo.

Para no dejarnos embaucar por ideologías dañinas ni arriesgarnos a ser reclutados por grupos con propósitos destructivos e interesados, conviene seguir estar normas generales:

  • No adscribirse a grupos organizados de sesgo ideológico (sectas, partidos políticos radicales, grupos religiosos, etc.) pues sin apenas darnos cuenta caeremos en sus redes emocionales que a través de las relaciones interpersonales, nos obligarán a cambiar nuestra conducta y nuestra percepción ética en la dirección que interesa a sus dirigentes.

  • No leer ni escuchar discursos ideológicos de dudosa fiabilidad. La mayor parte de las personas carecen de una formación suficiente para detectar las falacias que se esconden en discursos y proclamas hábilmente diseñadas para convencer. Esto es válido para religiones, grupos políticos extremistas, teorías económicas o filosóficas.

  • Una vez más, recomendamos la lectura de libros de ciencia, de fecha reciente, y si nos salimos del campo científico, limitarnos a autores recientes y de reconocido y general prestigio.

  • No confundir la habilidad dialéctica o literaria con la veracidad de los contenidos. A menos que se sea un experto en el tema, solemos dejarnos llevar por la calidad formal de un mensaje, así como por la notoriedad mediática, que no meritoria, de su autor. Por desgracia, los seres humanos medimos la fiabilidad de una información por la confianza que nos inspira quien emite el mensaje.

  • El único criterio de fiabilidad, en aquello que desconocemos, debe sostenerse en la confiabilidad acreditada del medio o la persona que lo respalda. Por ejemplo, una noticia o una información que es respaldada por un premio Nobel y refrendada por la comunidad científica, o por los principales periódicos de un país, puede considerarse fiable. Pero no así, si sólo es patrocinada por un personaje conocido por sus excentricidades o sostenida por un científico en solitario, sin el apoyo de la comunidad científica. Tampoco vale que sea publicado por la prensa sensacionalista o marginal, cuando el grueso de la prensa seria la ignora o la rechaza.Y aún en el caso de que se cumplieran los mejores augurios, si se trata de una información potencialmente peligrosa, conviene diferir nuestra decisión en espera de confirmaciones posteriores para protegernos de las modas que sólo a posteriori puede saberse si son perjudiciales.

  • Tener siempre presente que todos los seres humanos son, en el fondo, egoístas aunque los más hábiles sepan revestir sus intereses personales con el ropaje de la solidaridad para ocultar sus auténticas intenciones. Conviene preguntarse siempre, qué es lo que busca el patrocinador de un mensaje y una vez determinado este punto, pasar a reconsiderar el mensaje a la luz de esta primera reflexión. De todas maneras, no basta con la buena intención. Además, los proyectos deben ser viables y capaces de alcanzar el objetivo que se proponen, lo que suele ser muy difícil de determinar a priori.

En resumen, evitar caer en las redes sociales de grupos ideológicos y reservarse siempre la libertad para decidir si se quiere o no ser solidario con una causa. La solidaridad, no pocas veces, es la estrategia de los farsantes y manipuladores y nunca debemos dejar que sean los demás los que decidan cuando debemos ser solidarios.

2 comentarios:

  1. Toda la razón del mundo te doy por estos comentarios. La solidaridad, el altruismo, son manifestaciones de cooperación social basadas en el principio de reciprocidad: yo te ayudo, te ofrezco, para que mañana tú me ayudes, me ofrezcas. En las sociedades primitivas con un modelo de producción basado en el autoabastecimiento, esta cooperación resultó necesaria para la supervivencia del grupo, pero en muchas de las modernas manifestaciones de solidaridad los intereses de unos pocos son los que se esconden detrás de ese aparente altruismo.

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  2. Valga como ejemplo el nacionalismo, que mediante la explotación del sentimiento tribal, que en otros tiempos y en otras circunstancias pudo tener sentido, ahora supone un alto coste para los ciudadanos carentes de criterio propio y un beneficio en votos para los políticos sin escrúpulos.

    Este problema se solucionaría en buenamedida enseñando en las escuelas un modelo de la realidad más coherente y consistente en lugar de materias de nula utilidad que se olvidan al mismo ritmo al que se aprenden.

    Saludos.

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